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DF, tianguis más grande del mundo

Almacenes, restaurantes y vía pública devoran el aguinaldo; conviven poder adquisitivo y miseria
DF, tianguis más grande del mundo

. (Foto: VICENTE ARTEAGA/El Universal )

Viernes 24 de diciembre de 1999 Humberto Ríos Navarrete | El Universal

Comprar, que el mundo se va a acabar, parece ser el grito de consumidores, salidos de sus casas con apuros, confluencia y zonas de partida la de ellos en los cuatro puntos cardinales de esta ciudad ?centro que explota?, cuyos comercios, almacenes, venta callejera, restaurantes y demás espacios de locura consumista exprimen bolsillos con restos de aguinaldos, piñata que fenece destrozada, olores a perfumes, sudores rancios, atropello de menesterosos y bolsas de marcas y otras del mercado que arrastran la fatiga. Tráfago de invierno sobre el asfalto.

Los regalos.

Eso, habrá que arreglarlos, sacar el acordeón de tarjetas de crédito, como ese que presume en restaurante zonarrosero ??otra clase??, aunque el sur también tiene lo suyo, el surponiente también, Santa Fe, oh, y sin rubor firmar eso que llaman voucher ?of course? para luego eructar con discreción, eso sí, el marisco de primera con vino traído de allá de donde ya sabes, ¿eh?, Chile, España o París, que para México también hubo peticiones de reservas especiales en esto que llaman fin de milenio o preludio de fantasías y pirotecnia. Y salir de alguna estación del Metro y, en medio de una feria de empujones, respirar ?espíritus? de temporada, ver en perspectiva cuerpos que estiran manos, rostros que ruegan en esa línea, donde pedigüeños, ciegos y otros sobrevivientes urbanos conocen bien el laberinto superficial y subterráneo. Este niño con sombrero grande, hermana a la que zangolotea, acompaña a un hombre mayor, su padre, quien ordena a sus vástagos hacer coro, presuntas secuelas de polio en su pequeña diestra que sostiene una armónica.

El sombrero café oscuro del infante, que parece un texano enano, queda guango en esa pequeña cabeza de pelo aplastado. El trío, tal parece que sin tregua, se la pasa todo el día en el canto, de vagón en vagón, y sólo a veces se recarga en alguna pared de Popotla, Tacuba, Normal, Revolución e Hidalgo ?transbordo múltiple este último? donde ligues, citas, contoneos, bisbiseos, roces y guiños se perciben al vuelo. El de las empanadas, desde que es empleado subterráneo, le habla a los usuarios como si los conociera.

?Ey, ey, ey.

La canasta sobre el mostrador.

Casi a la cintura.

?Ey, ey, ey.

Y ofrece quesadillas.

De ahí a la vieja Merced, pasando por la Alameda Central, cuya explanada de merolicos y presuntos curanderos será tomada por gordos barbados en trineos de plástico y supuestos reyes magos, y luego el devaneo de adelitas y soldados que visitan esos rumbos con olores a verdulería y frutas frescas del mercado grande que fue. El aroma a provincia se concentra en manojos de cilantro y cebolla, en el todavía vendible arbolito de adorno en estas fiestas, las esferas, la colación, clandestinas bodegas de cohetes y el apretón.

Brinca el ?espíritu? del consumo sobre San Juan de Letrán ?o Eje Central, como le puso Hank? en cuyas banquetas se agolpan corrientes humanas con destinos a zapaterías apretujadas, El Moro y sus chocolates como remanso, y esa Plaza de la Computación donde el que no sabe de eso, ajá, puede recibir un mal armado aparato, aunque, mire, si no le sirve me la puede regresar, dirá el vendedor que ofrece factura, y ya asemeja el mercado de Mixcalco, ése y otros vecinos en que empleados cargan ?de veras? a los clientes.

En Balderas, escena que se repite en otras estaciones, una pareja de jóvenes ofrece bolsitas de estraza rebosadas de caramelos mientras atajan a esa clientela distraída o que trota en las escaleras.

?Jefe, de a peso, de a peso.

Es poca la atención, pero los adolescentes, mochilas a la espalda, recorren la ciudad a todas horas y ofrecen dulces con una terquedad que obliga, pues torean, insisten. Muchos comprarán para desprenderse de ellos.

Un niño, guitarra cruzada como carrillera, se trepa al microbús y el chofer se ve obligado, aunque lo hace sin disgusto, a bajar el volumen de una rola que hace retumbar la carrocería, y anticipa: ?Voy a cantar un poco de rock callejero...

En ese micro de Ruta 33, sobre Aquiles Serdán, se acomoda el guitarrón y empieza a cantar, mientras el ?espíritu navideño? de algunos pasajeros hace que hurguen sus bolsillos en busca de una moneda perdida.

?Sabes qué quiero yooooo: quieeeerooooo alcanzar la luna y las estrellas?, canta el niño de pelo hirsuto y termina el sonsonete, para luego recitar: ?Señores pasajeros, me vengo ganando la vida con el canto; no les voy a robar nada?.

Algo recibe.

El chofer prende su radio y reinicia un blues de Janis Joplin, voz chillona la de ella que sale del destartalado aparato que el conductor lleva al frente, casi en sus rodillas, mientras mete segunda y cual perdonavidas frota el pequeño volante y acelera sobre la México-Tacuba.

?Gracias, chofer; gracias señores pasajeros, ojalá y les haya gustado la música que traje.

Y salta.

De nueva cuenta el Metro, donde la oferta de la venta crece en cada grito para aquellos que tengan la costumbre del regalo y no les haya alcanzado para comprarlo en algún almacén en que la presunción crece en cada mirada.

Canta una mujer: ?Estuche de maniquiuuuur le cuesta 10 pesos; le contiene un juego completo, de buena calidad... Un estuche de maniquiuuuur para la uñas?.

Un hombre, que espera a que termine el pregón, la secunda: ?Liiiibro de computacióooon para principiantes y avanzaaaadooosss; cuesta cinco peeesosss para principiantes, expertos y avanzaaaadoooossss...?

Canta otra: ?En esta ocasión le traigo veinteeee luces de bengala a peeesoooo... a peeesooo; para que ilumiiiiineeessss tu caaaasaaaaa, veinte luces de bennnngaaaala.?

Y ya en los límites de la fiebre que azota a compradores, un cilindrero, gorra caqui en mano, interroga a viandantes con regalos en el regazo, apretadas sus bolsas, ojos que miran con sospecha: ?¿Gusta cooperar?

Los asistentes a centros comerciales hacen acopio de vinos, carnes, panes, seudoofertas y demás cosas, y forman hileras frente a las cajas registradoras con empleadas sin pago de tiempo extra, mal humor, sonrisas forzadas, aunque sea, pues así lo exigen sus jefes, sin importar que lleguen a sus casas con nervios destrozados y músculos molidos.

Y también ocurre con dependientas de boutiques, almacenes o tiendas departamentales, otro look, que muestran sus semblantes exquisitos, en medio de un tumulto voraz que arroja billetes.

?Allá en las escaleras está el Departamento de Niños ?indica a su hijo una señora.

Y las supuestas rebajas.

Los consumidores hurgan en los montones de ropa, que no usada, pero parece, que no en Tepito, que se asemeja, y alzan alguna prenda, una playera: 400 pesos.

Perfumes y lociones.

?¿Me permite? ?pide una dama.

?A sus órdenes.

El presunto ?cliente? le ofrece la muñeca de la mano derecha.

Flit-flit-flit.

Se extiende el aroma a lima.

?¿Cuánto?

?Cuatrocientos diez pesos los cien mililitros.

El tumulto se arremolina en torno de los montones de ropa y revisa precios. Las vuelve a dejar. Las parejas se consultan. Se comunican con la mirada. Se palpan la billetera. Es un tianguis de primera clase y a uno que otro deprime el precio.

La etiqueta de una camisa, con ?50 por ciento de descuento?, salta a la vista: 990 pesos. Ni más ni menos. Parece no sorprender... sólo a uno.

Pero ahí están ?los consumidores? esos tumultos que se cruzan la calle para ir con la competencia que en poco se diferencian.

?¿En eso sale?

?Sí.

?¿Y ya está rebajado?

?Sí.

?El motivo de Navidad es compartir con otros?, dice el anuncio que tiene afuera un grupo de niños de un ?Ejército? llamado de ?Salvación?, que en estas temporadas sale a ensayar cantos y extender la mano.

?¿Y la Condesa?

?¿Esa?

Esa es otra historia.

Oh, Greenwich Village.



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