Hace medio siglo, en la época que predominaba el marxismo de cátedra en las ciencias sociales, el sociólogo José Nun se atrevió a desafiar el concepto de “ejército industrial de reserva”, fue de los primeros que señaló que el capitalismo no podía emplear a toda la población y formuló los conceptos de “masa marginal” o “población sobrante”. Explicando así a los “marginados”, una población cada vez más numerosa, que nunca encontraría empleo en las condiciones estructurales de esos momentos, planteando una pregunta muy incómoda para economistas y políticos: ¿cómo encontrar espacios económicos y sociales para la masa marginal?

Más recientemente el papa Francisco propuso el rechazo a la “cultura del descarte”, reformulando en términos pastorales la necesidad de aplicar estrategias que incorporaran a todos los sectores sociales a los beneficios económicos, replanteando así el compromiso de los empresarios cristianos. Los postulados de la teología de la prosperidad consideraban que los ricos eran “elegidos de Dios” y que su éxito traería una mejora sustantiva de los más pobres. Nada de eso sucedió y los empresarios católicos se preocuparon por aumentar sus ganancias, incrementando la brecha de los ingresos con el resto de la población.

No es prudente comparar marginados con informales; los sectores informales de la economía pueden tener fuertes ingresos y su estrategia de acumulación consiste en eludir compromisos fiscales y manejarse en la economía gris y/o en negro. Por el contrario, los marginados desarrollan múltiples estrategias de supervivencia para garantizar el cuidado de sus hijos, padres ancianos y familiares con discapacidad, generando así redes de solidaridad muy efectivas.

Si estudiamos la estructura de la población económicamente activa de cualquier país latinoamericano, podemos concluir que alrededor del 55% de la población se encuentra en condiciones de marginalidad. En este terreno complejo se mueven las iglesias, particularmente las opciones pentecostales que han sido muy exitosas en el trabajo pastoral con estos sectores contribuyendo a la construcción de nuevos sistemas de valores que les permitan librar con éxito su difícil situación.

La Iglesia católica tuvo una desgastante confrontación con grupos de sacerdotes, religiosas y laicos que planteaban la “teología de la liberación”, la opción preferencial por los pobres que, era identificada como revolucionaria y vinculada con sectores de izquierda alternativa, el desmantelamiento de este sector que se expresaba en las Comunidades Eclesiales de Base, alejó a los sacerdotes que podían formular propuestas viables para los marginados, dejándole el campo libre a los evangélicos de diferentes tendencias.

En este contexto han sido exitosas las iglesias evangélicas, quienes cuentan con proyectos estratégicos orientados hacia diferentes segmentos del mundo marginal. Desde la construcción de redes de apoyo económico para pequeñísimos empresarios quienes han sido exitosos, desarrollando hábitos de estudio en jóvenes aplicados, estrategias de fortalecimiento de la identidad en las mujeres, hasta apoyos sistemáticos en grupos complejos como sexoservidoras, personas con comportamientos antisociales y pastoral penitenciaria. La elevada segmentación del campo evangélico les permitió actuar con resultados muy importantes en estas poblaciones marginadas. Paradójicamente esta fragmentación ha sido señalada como algo negativo en el mundo católico.

Una de las cuestiones más complicadas es que quienes impulsan comportamientos antisociales han desarrollado sistemas de valores que propician o enaltecen este tipo de comportamientos, como resultado del deterioro de la organización social, ciertos especialistas han reafirmado la necesidad de “restaurar el tejido social” y simultáneamente convocan a incrementar las tensiones sociales.

Viene a mi memoria San Francisco de Asís predicándole al “Hermano Lobo”, un bandolero temible en aquellos tiempos; este relato es un llamado a promover el arrepentimiento de quienes tienen conductas antisociales, para garantizarles su reinserción en la sociedad, sin que por ello dejen de responder por sus deudas con la misma. La construcción de culturas y sociedades incluyentes es el mayor desafío que tienen las sociedades contemporáneas, la construcción de sociedades más justas, olvidando la ira, muchas veces entendible, y los sentimientos de venganzas. Donde tengamos la certeza de que nadie sobra, donde no descartemos a ninguno.

Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH


Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.