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Una breve historia sobre la pérdida de ciudadanía

La acción es la realización de la libertad: los hombres son libres tan pronto como actúan, ni antes ni después, ser libre y actuar es lo mismo. Hannah Arendt
01/02/2018
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La noción de ciudadano como poseedor de derechos civiles y políticos se desarrolló principalmente con la revolución francesa y norteamericana, aunque ya en los años anteriores, con el impulso de la Ilustración, cambiaría la concepción del ser humano. A éste se le reconocería la capacidad racional para desempeñarse de la mejor manera en la búsqueda de su propia felicidad. Con el impulso de estas revoluciones sociales y políticas, tomó fortaleza la noción de individuo, al cual había que dotarlo de fuerza y derechos, que en la comunidad se difuminaba, sobre todo al verse aplastada por la supremacía del Estado. Con la declaración y establecimiento de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se concretó la lucha del individuo ante el Estado y del individuo ante la colectividad.[1]

Ante el temor de caer nuevamente en la noción de pueblo –entendido como una masa sin conciencia y sin derechos-, se fortaleció la noción de ciudadano. El sujeto, ahora está retraído a su esfera privada, se muestra celoso de ésta misma ante el Estado y ante los demás; ante lo cual la noción de comunidad representaba una amenaza a las libertades individuales. Esta concentración del ciudadano en su esfera privada lo fue desplazando poco a poco de su papel como depositario de la representación política, así perdía su carácter de autor hasta llegar a ser un simple espectador. Como lo señala Vermeren, se trataba de un ciudadano escindido; es decir, con la separación del Estado y la sociedad civil, los derechos civiles se diferenciaban de los derechos de acceso a la decisión política. Con lo que se le daría preponderancia a la forma de hacer del gobierno una profesión particular. Asimismo, se hizo depender la participación del ciudadano en el gobierno, de las elecciones a partir del sufragio universal y también se instauró el principio de la ciudadanía sobre la competencia en la cuestión administrativa.[2]

Benjamín Constant[3] y Alexis de Tocqueville,[4] percibieron el retraimiento del ciudadano a su esfera privada así como la concepción única de los individuos como entes aislados, no partícipes de una comunidad, esto –a su juicio-  perjudicaría la preservación de sus libertades. De lo que nos habla Constant es que toda obtención de prerrogativas conlleva una parte de sacrificio que hay que asumir para la preservación de las mismas. Por ello, cuando nos dice que existen dos tipos de libertades, las sociales y las políticas, también menciona que si bien, después de la revolución se consiguen las libertades sociales, ya con éstas es fundamental responsabilizarse de las libertades políticas que permitan hacer prevalecer y resguardar las primeras.[5]

No obstante, la política moderna basada en la construcción racional, se convertía en el referente ideal del liberalismo, que traería consigo la construcción de un orden social basado en la razón: “los primeros Estados constitucionales representaban la razón, lo cual significaba que representaban los derechos e intereses que se correspondían con el ser racional de los hombres, no con sus particularidades y accidentes sociales, eminentemente irracionales”.[6] Esto ocasionó que se desconociera la conflictividad innata de los hombres; aquella que la política liberal se propone contener a través de la representación política, la cual une a la comunidad con sus autoridades pero que, sobre todo, da sustento a la construcción de ambas. De acuerdo con Mouffe, el pensamiento liberal bajo el cual se construyó la idea de ciudadano, como lo conocemos actualmente, al sustentarse en una visión individualista, no sólo ha cegado la esfera política del ciudadano, sino que ha vuelto incapaz a la política misma de comprender la formación de identidades colectivas, que acaben con el ciudadano escindido del Estado y la sociedad.[7]

El proyecto racionalista, que concebía a los ciudadanos como individuos iluminados por la razón cuyo objetivo era llevar a la práctica la racionalidad en la construcción del Estado, se agotó “por la masificación y politización que experimentaron las sociedades y regímenes constitucionales decimonónicos en las condiciones creadas por el propio proyecto liberal, y la consecuente invasión del Estado por nuevas formas de organización y movilización de las subjetividades sociales y políticas”.[8] Debido a que la noción de ciudadano sería sustituida por la de Nación; así, la idea de representación política pasaría a la Nación poseedora de derechos. Así, la idea de Nación estaría asociada a “la fundación de instituciones democráticas, a la acción estatal en pro de la homogeneización de las sociedades y fundamentalmente, a la guerra interestatal”;[9] lo cual hizo que la representación política tuviera como referente a un ente más abstracto, ya que en la idea de nación se dificulta la distinción de intereses y actores sociales particulares. En este sentido, “definir al ciudadano en relación con la pertenencia a una comunidad nacional, y no en referencia a la república universal, conduce entonces a mantenerse entre los dos marcos del ius solis y el del ius sangunis”.[10] El primero hace referencia a un modelo de integración y el segundo a un modelo de inmigración, ambos fundados en la idea de ciudadanos poseedores de derechos, que cobran sentido a partir de su pertenencia a una Nación.

Sin embargo, “la conflictividad creciente de la política interna que siguió a la politización de las masas implicó, a su vez, la pérdida de potencia unificante de la idea de Nación”,[11] lo que a su vez provocaría la neutralización de las ideologías de clase y de partido. Se debilitaron aún más las estructuras de representación de los gobiernos representativos, debido a que ahora lo único que cuenta es el quantum de satisfacciones.

(…) hoy la socialización no se efectúa por intermedio de normas universalizables -el autor refiere la desestructuración del espacio público en el cual el rendimiento y lo expresivo están por encima de lo normativo-, y no hay Estado republicano ni moral laica que puedan ser líneas de contención de ese derrumbe. La “voluntad general” se descompone en una multiplicidad de voluntades sentadas frente a la pantalla privada, haciendo uso de los servicios comerciales o explotando la oferta técnica”.[12]

Así, concebir al ciudadano únicamente como sujeto poseedor de derechos otorgados por la institución o por la constitución, limita la cuestión de si estos derechos se ejercen o no, dejando a la ciudadanía entendida como “la producción de un acto perpetuo de reinvención de un espacio público, donde los actos y las palabras aparecen en disenso y por los cuales nos constituimos en ciudadanos sin instalarnos nunca totalmente en la ciudadanía”.[13] La razón de ser de la representación política cobra sentido al constituirse como el espacio en el cual la ciudadanía puede reinventarse y disentir. Este es el espacio del que todos forman parte; no hay excluidos por cuestiones sociales, políticas o económicas, todos encuentran la posibilidad de reconocimiento. La exigencia de reconocimiento que hoy hace el ciudadano, no está enfocada sólo a los derechos, sino a la paridad de los ciudadanos con las autoridades en la formación y sustento del poder político, cuya relación está determinada en la noción de la representación política, como el eje que los interrelaciona a través de la idea de autoridad y comunidad.  

(…) inventar un espacio público y un espacio político bajo el signo de la isonomía, un vivere civile, un accionar político orientado hacia la creación de un espacio público y la constitución de un pueblo de ciudadanos, transformar el poder en potencia de acción en concierto, pasar del poder sobre al poder con y en los hombres, concibiendo el entre como el lugar en donde se gana la posibilidad de un mundo común.[14]

 

Christian Eduardo Díaz Sosa

Coordinador de Cultura de la Legalidad

Observatorio Nacional Ciudadano

@ObsNalCiudadano @ChristianDazSos

 

[1] El individuo, ahora en su carácter de ciudadano, tendrá a la ley de su lado para la protección de sus libertades; y con la adquisición de prerrogativas y derechos podrá conducir su destino de acuerdo a su razón.

[2] Citado en, Vermeren, Patrice, “El ciudadano como personaje filosófico”, en Quiroga Hugo, Villavicencio Susana y Vermeren, Patrice (compiladores), Filosofías de la ciudadanía. Sujeto político y democracia, Santa Fe, Argentina, Homo Sapiens Ediciones, 2001, pp. 20-21.

[3] Constant, Benjamín, Principios de política, México, Gernika, 2000.

[4] Tocqueville, Alexis de, El antiguo régimen y la revolución, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

[5] Ver, Constant, Benjamín, Sobre la libertad en los antiguos y en los modernos, Madrid, Tecnos, 2002.

[6] Novaro, op. cit., p. 190.

[7] Ver, Mouffe, Chantal, “Política y pasiones: las apuestas de la democracia”, en Artuch, Leonor, Pensar este tiempo. A espacios, afectos y pertenencias, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 81.

[8] Novaro, op. cit., p. 190.

[9] Ibídem, p 191.

[10] Vermeren, op. cit., p. 24.

[11] Novaro, op. cit., p. 191.

[12] Citado en, Quiroga, Hugo, Villavicencio Susana y Vermeren, Patrice (compiladores), Filosofías de la ciudadanía. Sujeto político y democracia, Santa Fe, Argentina, Homo Sapiens Ediciones, 2001, p. 15.

[13] Quiroga, op. cit., p. 10.

[14] Vermeren, op. cit., p. 29.

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.
 

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