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Tan lejos de Mirabeau

15/09/2017
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Al inicio del libro de Ortega y Gasset, titulado Mirabeau o el político, afirma: “Siempre he creído ver en Mirabeau una cima del tipo humano más opuesto al que yo pertenezco, y pocas cosas nos convienen más que informarnos sobre nuestro contrario. Es la única manera de complementarnos un poco. Nada capaz para la política, presumo en Mirabeau algo muy próximo al arquetipo del político”[1]. Y pone especial énfasis en el concepto del “arquetipo”, del cual dice: “Arquetipo, no ideal. No deberíamos confundir lo uno con lo otro. Tal vez el grande y morboso desvarío que Europa está ahora pagando, proviene de haberse obstinado en no distinguir los arquetipos de los ideales”.

El arquetipo o ejemplo del político que utiliza Ortega, se encarna en la figura de Mirabeau; político de la Revolución Francesa que representa una cima de dicho arquetipo[2]. El abordaje que se da en Mirabeau o el político no se centra en la vocación más íntima del personaje, no se enfoca en sus circunstancias ni en la relación de su pensamiento con los avatares históricos. Lo que verdaderamente le interesa es adentrarse en las características internas que componen ese caso tan particular, ejemplar e intenso del arquetipo del político.

No le interesa que el arquetipo lleve una vida cotidiana apegada a las buenas costumbres, o que sea un símbolo de buen comportamiento, sino que está interesado en que su vida sea ejemplar en sentido vital, y para poder identificarlo, es necesario estudiarlo en sus acciones, es decir, verlo actuar vitalmente.

En las primeras páginas del ensayo sobre Mirabeau, Ortega puntualiza a fin de evitar las equivocaciones, que el arquetipo es opuesto al ideal, concepto que prácticamente hermana con el de utopía, entendido como lo que no está en ningún lugar, y sostiene que la actitud utópica olvida que su conocimiento siempre está condicionado a ser interpretado a partir de un punto de vista, y que sólo logra una verdad parcial, lo cual se opone radicalmente al circunstancialismo.

Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Si nos habituásemos a buscar de cada cosa su arquetipo, la estructura esencial que la naturaleza, por lo visto, ha querido darles, evitaríamos formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo que contradice sus condiciones más elementales[3].

Cabría preguntarnos si ¿El proyecto orteguiano de la España Vital no tenía una buena dosis de utopía? ¿El paradigma del político que utiliza el método circunstancialista para dirigir las fuerzas del Estado con el objetivo de revitalizar a la nación no tenía una buena dosis de ideal? Si bien estos ideales no corresponden a la forma de “deseo un triángulo cuadrado”, sí corresponden a algo que no existe en el momento presente, pero que su grado de realización hace que las podamos fijar en el horizonte como un punto al cual se desea llegar.

Para Ortega era necesario definir el arquetipo como una condicionante que la realidad impone a cualquier cosa que intente ser ejemplar, es un puente en donde se tiende una necesaria relación de compatibilidad entre la ejemplaridad y lo posible. “Así, suele pensarse que el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona. Pero, ¿es que esto es posible? Los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo –son desiderata-. Pero, ¿qué derecho tenemos a desear lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo?”[4].

El arquetipo identifica la posibilidad concreta de la realización de un proyecto, no sólo a partir de las contingencias de las circunstancias por las que atraviesa o atravesará, sino primordialmente en lo que respecta a la real posibilidad de la estructuración de sus elementos vitales básicos. En otras palabras, si tenemos una idea sobre lo deseable y ésta no se apega a las condiciones impuestas por la realidad, la idea que teníamos no puede ser deseable en el sentido de que no puede ser deseada ni obtenida realmente, así, las cosas que tienen un alto grado de abstracción son poco apetecibles, y por el contrario, las que tienen cierto grado realización son atractivas.

Para Ortega los imperativos ideales sí existen en la vida individual de cada persona, pero no componen un bloque monolítico, sino diversos esquemas que varían dependiendo de los arquetipos. Esto significa que lo que unos desean, pueden y son, otros no, mientras sigan siendo lo que son. Por tal motivo se esfuerza en mostrar que las virtudes de un hombre común y de un político arquetípico son diferentes, esto a manera de apología hacia Mirabeau quien fue enjuiciado post mortem y expulsado del Panteón de Grandes Hombres debido a que Joseph Chénier lo acusó por algunas inmoralidades en su vida privada, bajo la sentencia de que “no hay grande hombre sin virtud”[5] . A lo cual, Ortega afirma que “la humanidad es como una mujer que se casa con un artista porque es artista y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado”[6].

Ortega dedica varias cuartillas a hablar de que las virtudes de un gran hombre no son las mismas que las de los millones de hombres que no roban, no mienten, no estupran, lo cual considera que son pequeñas virtudes o “virtudes de la pusilanimidad”, que ante el sistema de virtudes de un gran hombre o un político arquetípico, tienen un papel subordinado, y afirma:

(…) frente a ellas encuentro las virtudes creadoras, de grandes dimensiones, las virtudes magnánimas. Chénier no quiere reconocer el valor sustantivo de éstas cuando faltan aquéllas, y esto es lo que me parece una inmoral parcialidad a favor de lo pequeño. Pues no sólo es moral preferir el mal al bien, sino igualmente preferir un bien inferior a un bien superior. Hay perversión dondequiera que haya subversión de lo que vale menos contra lo que vale más. Y es, sin disputa, más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau. Ni fuera exagerado afirmar que la inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo, porque la adopción del mal suele decidirse sin pretensiones de moralidad y, en cambio, aquella subversión se encarece casi siempre en nombre de una moral, falsa, claro está, y repugnante (…). En vez de censurar al grande hombre porque le faltan las virtudes menores y padece menudos vicios, en vez de decir que ‘no hay grande hombre sin virtud’, en vez de coincidir con su ayuda de cámara, fuera oportuno meditar sobre el hecho, casi universal, de que ‘no hay grande hombre con virtud’; se entiende con pequeña virtud[7].

Si bien, no se está afirmando que el gran político esté completamente desposeído de virtudes pequeñas, sin duda, no se puede ser reflexivo e impulsivo al mismo tiempo, se pueden poseer ambas características en distinto grado, pero no se puede ser ambas a la vez. Para Ortega, la impulsividad domina en el político que es un hombre de acción, el político actúa y luego piensa en sus acciones, es decir, la reflexión se da posteriormente, por tal motivo “el acto moral por excelencia de este tipo de caracteres es el arrepentimiento, no la abstención del mal; sólo se puede reclamar de ellos una bondad homogénea con su temperamento, una bondad impulsiva, que no resulta de una deliberación, como la escrupulosidad, sino de la sanidad nativa de los instintos. El hombre de acción se ocupa; el intelectual se preocupa”[8].

A lo largo del texto sobre Mirabeau, Ortega identifica algunas características del gran hombre de acción, tales como que es poco escrupuloso con la verdad, es decir, no se interesa por la precisión y la veracidad, y puede poseer cierta inclinación a la farsa y el histrionismo; carece de vida propia y en consecuencia, vive volcado al exterior y puede interpretar e identificar los conflictos de su circunstancia.

El hombre de acción, en cambio, no existe para sí mismo, no se ve a sí mismo. El ruido de fuera, hacia el cual su alma está por naturaleza proyectada, no le deja oír el rumor de su intimidad. Falta ésta de atención y cultivo, anda desmedrada. Sorprende notar que todos los grandes hombres políticos carecen de vida interior. No es paradoja decir que no tienen personalidad. La tienen sus actos, sus obras; pero no ellos. Por esta razón –el fenómeno es muy curioso- no son interesantes. (…) ¡Bueno fuera que, obligado a resolver conflictos exteriores, llevase también en su interior conflictos! Por fortuna, existe lo que yo llamo un cutis de grande hombre, una piel de paquidermo humano, dura y sin poros, que impide la transmisión al interior de heridas desconcertantes. También habría incongruencia en exigir al político una epidermis de princesa de Westfalia o de monja clarisa[9].

Pero además de los rasgos del carácter que menciona Ortega, propios del gran hombre de acción, son necesarios otros elementos o cualidades específicamente políticas, tales como que debe ser astuto y persuasivo, debe tener cierto sentido y afición nativa a la justicia, debe poder interpretar y administrar los intereses materiales y morales de la Nación. El arquetipo del político es como “un alto edificio, en que cada piso sostiene al que le sigue en la vertical. La política es la arquitectura completa, incluso los sótanos. (…) las cualidades extrañas, algunas de ellas en apariencia viciosa, y aún no sólo en apariencia son los cimientos subterráneos, las oscuras raíces que sustentan el gigantesco organismo de un gran político”[10].

El gran político se encuentra muy alejado del hombre común, de la vida cotidiana y de los deseos más inmediatos y vulgares. Su lugar es la política, entendida en su más alta acepción como “la dote suprema que califica al genio de ella, separándolo del hombre público vulgar. Si fuese forzoso quedarse en la definición de la política con un solo atributo, yo no vacilaría en preferir éste: política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una Nación”[11]. Por otro lado, ni los arquetipos están exentos de los vicios, sin embargo, éste sabe ponerlas en el sitio indicado, es decir, los coloca en función del proyecto. Recordemos que se le ha reclamado a Mirabeau el haberse vendido, pero lo que hace que esta acción no sea interpretada por Ortega como una vulgar falla, sino como un magnífico ejemplo del político es que no hizo su política en función de esa deshonestidad, sino que por el contrario, la corrupción estuvo en función de su elevada visión política. “Si era inevitable venderse a alguien, lo hizo con suma elegancia”.

A pesar de que recurrentemente Ortega afirma que el gran político es muy distinto del intelectual, intenta matizar dicha afirmación en algunos puntos, y llega a decir que el verdadero político debe tener una nota de intelectualidad que le ayude a tener claridad para lograr completar su misión.

A través de Mirabeau, Ortega expone algunos rasgos y características que el gran político debería tener, y se puede leer entre líneas que la estructura empírica que constituye el político es circunstancial, y al mismo tiempo, como dijera Unamuno, intrahistórico. En otras palabras, el gran político obedece y responde a circunstancias históricas concretas, pero tiene al mismo tiempo una dosis de fatalidad, es decir, subyacen las generaciones, son necesarios y aparecen en cada lugar en donde hay una sociedad.

 

Christian Eduardo Díaz Sosa

Coordinador de Cultura de la Legalidad

Observatorio Nacional Ciudadano

@ChristianDazSos @ObsNalCiudadano

 

[1] Ortega y Gasset, José,  y Reyes Heroles, Jesús,  Dos ensayos sobre Mirabeau: Mirabeau o el político, Mirabeau o la política, México, FCE, 1993, p. 27.

[2] Juan Padilla Moreno realiza un recuento de algunas de las biografías más destacadas de las que Ortega fue autor, y las diferentes perspectivas desde donde fueron abordadas; entre ellas destacan: “Goethe desde adentro” en donde se intenta desvelar la vocación más íntima del personaje mediante el análisis de la fidelidad hacia sí mismo; en “Velázquez” se intenta algo parecido; en “Kant”, el interés se enfoca en el entendimiento de la circunstancia histórica que origina y sustenta la obra del filósofo alemán. Es conocido el gusto de Ortega por la lectura de biografías, ya que según éste, sólo así se podía tener un mejor entendimiento de la relación del pensamiento con su circunstancia histórica.

[3] Ibídem, pp. 27-28.

[4] Ibídem,  p. 28.

[5] Ibídem, p. 34.

[6] Ibídem, p. 29.

[7] Ibídem,  p. 38.

[8] Padilla Moreno, Juan, “La función biográfica de los arquetipos. A propósito de Mirabeau o el político”, Circunstancia, Año III, Enero  2005, Número 6, URL: http://www.ortegaygasset.edu/fog/ver/357/circunstancia/ano-iii---numero-..., consultado el 23 de noviembre de 2012.

[9] Ortega y Gasset, José, y Reyes Heroles, Jesús, op. cit., pp. 56-57.

[10] Ibídem,  p. 59.

[11] Ibídem, pp. 61-62.

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.

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