¿México en paz?

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11/07/2018
00:29
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La ciudad es evidentemente un hecho cultural, resultado de la vida humana en comunidad, y de todo lo que conlleva, como los procesos económicos derivados de las necesidades de intercambio. La ciudad es el lugar en donde transcurre la vida de los hombres, allí nacen, se reúnen, festejan, tienen discrepancias, construyen una simbología, crean mitos y también allí mueren.

La ciudad es, tal vez, la más alta creación humana, y a lo largo de la historia ha sido objeto de múltiples y variados estudios de las más diversas orientaciones. Allí se ha ubicado el ideal de vida del hombre, allí han ocurrido discrepancias en cuanto al lugar, responsabilidad y derechos de los habitantes, y allí finalmente acontecen los grandes problemas de las sociedades contemporáneas, así como las grandes expectativas, ideales y anhelos que los habitantes colocan en el horizonte.

Sin embargo, la ciudad no ha sido siempre la misma, un breve repaso histórico nos servirá para comprender que ésta ha sido, es y será una multitud de individuos que conviven en un territorio determinado y definido por la heterogeneidad social y la densidad poblacional. Sin embargo, las ciudades históricas (polis, urbs, civitas) distan mucho de las de ahora. Si bien antes era fácil diferenciar el campo de la ciudad, así como las zonas rurales de las urbanas, en nuestros días se vuelve una labor compleja debido a que se superponen realidades diversas, y a que el crecimiento de la ciudad y la expansión de las redes de comunicación provocan que ésta trascienda el límite territorial.

Para hablar de la ciudad necesitamos adentrarnos en la complejidad de sus aristas, y así poder comprender de mejor manera la relación entre los ciudadanos y el lugar en donde se desarrollan. Tenemos pues, ciudades, áreas metropolitanas, regiones transfronterizas y provincias, también hay pueblos, pequeñas comunidades, y municipios autónomos. Cada uno con realidades diferentes, y sin embargo comparten ciertas características comunes que los llevan a formar el cuerpo de un país.

Ante esta complejidad territorial, histórica y funcional relativamente estable, y que sin embargo, se resignifica o se rehace continuamente; ante este entramado en donde convergen ciudades, barrios, regiones urbanas, pueblos pequeños y medianos que pugnan por la afirmación de sus identidades para no perderse en la inmensidad de la “homogeneidad de la gran ciudad”, es inevitable preguntarnos ¿En dónde surge el ciudadano actual? No es fácil la respuesta cuando de antemano sabemos que las ciudades de las que hablamos, los territorios o espacios de convivencia son diversos y huyen, se escurren ante la presión de la homogenización de la ciudad moderna. ¿En dónde nacen y ejercen los ciudadanos su ciudadanía? ¿De qué manera la construyen? Parece claro que no podemos simplemente hablar de un territorio homogéneo, con ciudadanos homogéneos, sino de territorios diversos con múltiples identidades y arraigos territoriales y culturales.

La ciudad es un espacio en donde se crea la ciudadanía y al mismo tiempo, en donde ésta actúa. Ahora bien, entendemos por ciudadanía un status en el cual todos los habitantes de un territorio con una fuerte continuidad física, así como con una gran diversidad de actividades, ejercen, comparten, y reconocen los mismos derechos y obligaciones.

Las diversas relaciones que acontecen entre los ciudadanos, son posibles debido a las múltiples diferencias de actividades y aptitudes entre ellos. Debido a esto, es que pueden interactuar realizando intercambios. Uno de sus pilares depende de garantizar la igualdad (político jurídica) entre los habitantes, así como la posibilidad de que gocen de todos los servicios y actividades que haya en la ciudad, y al mismo tiempo que puedan acceder a aquellas políticas públicas enfocadas en el combate de las desigualdades y a la promoción de la movilidad social.

Las sociedades, a lo largo de la historia moderna han establecido diversos mecanismos que operan en las ciudades con el objetivo de combatir las desigualdades que están imbricadas al propio desarrollo de las sociedades masivas. Sabemos que el Estado benefactor tenía el objetivo de otorgar todos los medios necesarios para que los ciudadanos se desarrollaran, ya que su máximo fundamento radicaba en la expresión de la ciudadanía social, entendida como un conjunto de derechos, así como de medios dispuestos por el Estado para asegurar estándares mínimos a los ciudadanos como parte de sus derechos sociales dirigidos a solventar las desigualdades. Sin embargo, ya a finales del siglo XX, los procesos derivados de la globalización, de los grandes avances tecnológicos, de las sociedades masificadas y del neoliberalismo, provocaron cambios radicales en la misma concepción del Estado mexicano. Con ello, también aparecieron nuevas necesidades y novedosas formas de desigualdad. En la actualidad, el problema sigue siendo complejo, ya que seguimos experimentando un Estado cuya estructura, por lo menos la de mayor raigambre clientelar, sigue funcionando y se encuentra enraizada en lo profundo del régimen político, y al mismo tiempo, experimentamos en la superficie de la estructura, un Estado neoliberal que continúa operando.

Así, en este complejo marco, surge la necesidad de encontrar nuevas formas de intervención social que superen las formas tradicionales derivadas del Estado benefactor y resignifiquen la labor propia científico social, tomando de referencia insoslayable la compleja realidad que evidencia problemas desde la concepción misma de la función del Estado. Problema que, como una avalancha, arrastra a todas las ciencias sociales que aún debaten su pertinencia, vigencia, obligación y futuro. Pensar en la intervención, requiere forzosamente no perder de vista los elementos básicos que son objeto de la intervención, es decir, el ciudadano, la sociedad y la ciudad.

La ciudad se fundamenta en un ideal en donde la ciudadanía convive y tolera sus diferencias, pero comparten ciertos valores básicos, así como ciertas pautas de comportamiento comunes que ayudan a consolidar algunos elementos de la identidad colectiva. La ciudad en donde se construye ciudadanía es aquella que rechaza la promoción de los valores individualistas y familiaristas, expulsa la insolidaridad, los corporativismos y los localismos. La ciudad, además de albergar a poblaciones heterogéneas, es el lugar en donde la política actúa a través de las relaciones entre diversas instituciones político jurídicas y los ciudadanos. En otras palabras, la ciudad es el lugar del poder, de la representación, de la participación y de la toma o conservación del poder.

Sabemos que la política se da en la ciudad, pero cabría preguntarnos ¿de qué manera ésta puede contribuir a facilitar la participación ciudadana y la innovación de las políticas democráticas dentro de la ciudad? Al mismo tiempo, tendremos que adentrarnos en el planteamiento del espacio público y de sus funciones integradoras que combinan la universalización con la función comunitaria o de grupo, que abonan en el proceso de socialización e integración de diversos grupos con múltiples características. Tenemos entonces que la política actúa en el espacio público cuando promueve el acceso de todos los ciudadanos a la participación y movilización política. Así mismo, la política en el espacio público consiste en reconocer al ciudadano como otro agente mediador en las relaciones sociales además de las instituciones del Estado.

El espacio público debe promover la expresión colectiva e individual al mismo tiempo, así como las manifestaciones cívicas, y el respeto a los diversos grupos sociales por pequeños que puedan ser. El espacio público es el lugar en donde los ciudadanos ejercen sus derechos y de esta manera acceden a su ciudadanía.

La política debe exigir un tipo de ciudadano consciente y participativo que, en conjunción con medidas preventivas, disuasorias, represivas por parte de las instituciones de seguridad, así como medidas sociales, económicas y culturales por parte de las instituciones políticas, puedan revertir los procesos degenerativos que rompen el tejido social, las desigualdades sociales, y la desconfianza de los ciudadanos hacia sus instituciones. La responsabilidad debe ser compartida entre los ciudadanos y las instituciones; elementos como la calidad formal, la sanidad pública, la accesibilidad urbana, la calidad de servicios y actividades, la vigilancia, la iluminación, son algunos factores que relacionan el entorno con los habitantes y que generan un sentimiento de pertenencia que facilita la integración de los espacios públicos políticos en la vida cotidiana de los ciudadanos. No se ha encontrado mejor manera de garantizar la seguridad en el espacio público que la continuidad de su uso social, es decir, el uso cotidiano y permanente que la gente hace del espacio.

El espacio público es el mecanismo por excelencia para la socialización de la vida colectiva, allí se produce el intercambio, se aprende la tolerancia. Su negación es, por lo tanto, la exclusión de la vida colectiva. La calidad del espacio público definirá en gran medida a la ciudadanía. La creación de ciudadanía es un desafío ineludible que involucra tanto a los gobiernos como a los mismos ciudadanos, ya que la política no se restringe a las instituciones, partidos o elecciones; van más allá y abarca también las acciones colectivas que exigen más y novedosas formas participación ciudadana.

De tal manera, aquí hay una labor impostergable que consiste en contribuir en la búsqueda de nuevas formas de significación del ciudadano que puedan hacer frente a los grandes males que padece la ciudad, asumiendo la responsabilidad de sus acciones u omisiones, concientizándose de que sus acciones impactan en el entorno social, para lo cual, es necesario un mecanismo de control o contención y que conocemos como cultura de la legalidad. Una serie de usos y costumbres enfocadas hacia el respeto de las leyes, bajo el entendido de que seguir y respetar las leyes y normas de conducta básicas, es la mejor forma que tienen los ciudadanos de tener una mejor calidad de vida en comunidad.

 

Christian Díaz

Coordinador de Cultura de la Legalidad

Observatorio Nacional Ciudadano

@ObsNalCiudadano @ChristianDazSos

El Observatorio Nacional Ciudadano es una organización de la sociedad civil que vincula a las organizaciones civiles para potenciar su incidencia en las políticas y acciones de las autoridades.
 

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