Crónica La tragedia desde Italia
Cynthia Rodríguez / Corresponsal
El Universal
Roma, Italia
Lunes 06 de abril de 2009

Al menos 160 muertos, 250 personas perdidas, 1500 heridos y miles de damnificados dejó el terremoto que sorprendió a los italianos cuando dormían

El terremoto llegó cuando casi todos dormían. Eran las 3:32 de la madrugada cuando los 6.3 grados de la escala de Richter se sintieron en las paredes y en los techos que se caían, en las calles y en los puentes que se abrían y dejaban en un instante a los pobladores de 26 comunidades de la región de Abruzzo en la total vulnerabilidad.

“El centro de Italia herido”, abrían los noticieros ya para las 5 de la tarde cuando el panorama estaba más claro de lo que hace unas horas había ocurrido.

Una angustia, mezclada de conmoción y desesperación atrapó a los pobladores, sobre todo aquellos que habían visto como su casa estaba destruida, los que no encontraban a algún familiar o a algún conocido. Los que se movían en la oscuridad, pues la energía quedó interrumpida y el polvo no ayudaba a notar la dimensión de su tragedia.

De cara a los escombros, los habitantes todavía confundidos por lo que había pasado, trataban de sobreponerse a las nubes de polvo que se levantaban en sus comunidades, a los gritos que no se paraban de escuchar, a los lloriqueos de todos los desesperados que no lograban organizarse aunque fuera un poco para buscar algo entre las piedras que continuaban cayéndose…

Con los primeros rayos del sol, la pesadilla comenzó a tomar forma. Las sospechas se convirtieron en realidad y en un segundo supieron que ya no tenían nada. Como Francesca, hasta ayer habitante de L’Aquila, una mujer de 70 años que lloraba la pérdida de sus dos sobrinas, una de 18 y otra de 26.  A las 3 de la tarde las dos muchachitas cambiaban las cifras de las pérdidas humanas, pues sus cuerpos eran sacados de la casa en ruinas.

De las ciudades más afectadas fue precisamente esta: L’Aquila, capital de la región, donde prácticamente su centro quedó destruido, el hospital principal de la ciudad tuvo que ser desalojado cuando las paredes comenzaron a caerse a pedazos y en la Casa del Estudiante, donde habitan los alumnos de la Universidad, se derrumbó.

En minutos el reparto de Urgencias fue improvisado en calles y estacionamientos cercanos donde tuvieron que organizar a los internos del hospital San Salvatore, donde informaron que al menos se encontraban 350 enfermos. Entre ellos, la historia de una mujer que daba a luz momentos antes del terremoto. Una niña a la que llamaron Gabriela y los medios bautizaron ayer como “la hija del terremoto”.

“Yo creía que ayer sería el día más feliz de mi vida y sin embargo no fue así, pues a pesar de que yo y mi hija estamos bien, no se sabe nada de nuestros amigos”, contaba la recién madre en los noticieros de televisión que decía que después de que le practicaron una cesárea, se tuvo que salir corriendo ante el inminente peligro.

Otras ciudades como Pagánica, epicentro del terremoto, Fossa, Onna y Castelnuovo, pueblos medievales que circundan las montañas del Gran Sasso, también sufrieron importantísimos daños. Desde el medio día de ayer las imágenes aéreas dejaban ver las ruinas en las que se habían convertido estas ciudades con más de ocho siglos de existencia.

A la mitad del día ya se cuantificaban 92 muertos, mil 500 heridos y miles de damnificados que ya desde la madrugada sabían que se habían quedado sin nada. Su patrimonio cultural destruido o gravemente afectado también hablaba de la magnitud de los daños. Como la basílica de Santa María Pagánica, donde fue coronado el Papa Celestino V a finales en el año de 1295, y que desde ayer ya no cuenta con su vistosa cúpula y las paredes estan a punto de caerse.

Sin embargo, como siempre pasa en estos casos, fueron las personas las que más dolían ayer. Vivas o muertas porque a pesar de que las horas pasaban y los cuerpos de auxilio iban pudiendo entrar a la zona, ya que desde la mañana se había cerrado la autopista A24 que va de Roma a L’Aquila, los más de 70 mil damnificados que se llevaban contados, todavía no sabían qué hacer, a dónde ir, a quién dirigirse.

Había incluso quienes no se atrevían, a pesar de su necesidad, de acercarse a los servicios médicos, pues su problema no se les hacía tan grave como el de otras personas. Así decían Manuela y Marco, un matrimonio abruzzese que esperaban en un estacionamiento de L’Aquila el inminente nacimiento de su segunda hija: Alice.

“Si necesitamos, pero en estas circunstancias se nos hace que hay personas que necesitan más de los servicios médicos que nosotros…, cuando Alice se decida a nacer, entonces nos acercaremos”, narraba Manuela que contó que todas las cositas que ya le había comprado a su bebé, habían quedado bajo tierra.
 
La segunda peor noche de sus vidas
 
Si ya la noche anterior los abruzzeses habían vivido lo que pensaban era la peor noche de sus vidas con el terremoto, todavía les faltaría por vivir algunas cosas.

Eran casi las 7 de la noche cuando la luz del día ya estaba prácticamente extinguida y de repente un aguacero llegó a esta zona, donde en algunos lados se convirtió en granizada.

Algunos de los campos al aire libre donde se habían predispuesto los albergues, en un dos por tres quedaron convertidos en lodazales donde los damnificados tuvieron que ser desalojados por segunda vez.

A media noche cientos de personas trataban de terminar esa jornada de terror en el frío de sus carros, otros más trataban de encontrar un acomodo en casa de algún familiar. “Lo que vivimos esta noche es inenarrable, créame, esta noche fue el fin del mundo”, narraba una anciana que quizá lo decía por los 158 muertos, las 250 personas perdidas, los mil 500 heridos y los 70 mil damnificados que hoy ya son historia.

vrs 



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