Crisis global: recordemos 1980, no 1932
Robert J. Shapiro
El Universal
Estados Unidos
Viernes 21 de noviembre de 2008

El momento actual guarda más paralelismos con lo ocurrido en los 80 que con la década de los 30; ahora estamos en condiciones de evitar otra Gran Depresión

Aunque casi todos reconocen que la actual crisis económica es la peor desde la Gran Depresión, los retos económicos y los cambios en el panorama político nos remiten más a 1980 que a 1932. Es importante esta diferencia, pues una metáfora equivocada o una analogía histórica inadecuada que permanezca en la imaginación política puede generar graves errores.

Tanto en 1932 como en 1980 —y una vez más hace dos semanas—, el país rechazó enérgicamente al partido del presidente en funciones: la Casa Blanca y mayorías importantes en el Senado y la Cámara de Representantes pasaron, respectivamente, a los demócratas, después a los republicanos y ahora una vez más a los demócratas. En retrospectiva, es obvio que los reajustes políticos de 1980 y de años subsecuentes no generaron el mismo caos político de 1932 y de décadas posteriores.

En 1932 se desató una revolución en torno al papel del gobierno federal en la vida nacional y económica que sigue vigente, mientras que 1980 precipitó lo que era un cambio continuo de preferencias políticas de centro-izquierda a la derecha dominante, y la política pública siguió evolucionando dentro de un marco familiar.

Si los tiempos actuales fueran realmente más parecidos a la agitación de principios de los 30, el carácter básico del gobierno, la orientación fundamental de la economía y el papel del país en el mundo estarían todos en juego. Tiempos como aquellos requieren de cambios fundamentales y profundos tanto de política como en la política pública, con un electorado transformado y deseoso de respaldar grandes cambios. Y eso es justamente lo que estamos escuchando por parte de algunos miembros del Congreso, quienes demandan al presidente electo Barack Obama realizar cambios profundos y fundamentales en la economía, el sistema de salud, el uso de la energía y en Medio Oriente.

Y piden que lo haga tan pronto como asuma el cargo.

Si esto fuera 1932, necesitaríamos esos cambios para evitar divisiones sociales profundas y una enorme agitación política, además de un presidente como Franklin D. Roosevelt, que reconocería dicha necesidad y le haría frente.

El año de 1980 nos ofrece un modelo diferente y que parece más cercano al actual predicamento que vive el país. No existe una demanda popular de cambiar de manera esencial el papel del gobierno en la vida nacional y el papel del país en el mundo. En vez de eso, en una situación muy similar a la de 1980, el público demanda avances importantes en la calidad del desempeño del presidente en materia económica y de política exterior.

Sí, esta crisis económica será casi con certeza la más dañina desde los años 30. Sin embargo, aún existe una profunda diferencia entre la tasa actual de desempleo de 7% o incluso de 10%, y la tasa de desempleo de 25% registrada en la década de los 30. Una de las razones es que actualmente entendemos gran parte de los orígenes de nuestros fracasos económicos —lo cual no ocurría en 1932—, así que podemos razonablemente esperar que seremos capaces de afrontar estos errores sin cambiar de manera fundamental el papel del gobierno en nuestras vidas.

De forma similar, sabemos que enfrentamos profundos problemas con nuestro sistema de salud, especialmente un financiamiento que garantice su universalidad y mantenga su calidad. Si los tiempos actuales fueran una repetición de la década de los 30, el debate en torno al sistema de salud estaría enfocado en un sistema gubernamental de pagador único con estrictos controles de salarios y precios.

En vez de eso, el presidente electo Obama —y todos los candidatos presidenciales serios de este año— efectivamente prometieron enfrentar estos problemas de una manera seria sin tener que cambiar esencialmente el papel del gobierno tampoco en este ámbito. Si las condiciones políticas y económicas actuales nos remontan a 1980 y no a 1932 ¿cuál es la mejor dirección que podría tomar la nueva administración?

El presidente electo seguramente contará con un extraordinario nivel de apoyo por parte del público y del Congreso por algún tiempo; y él ha dicho, en muchas ocasiones y de distintas maneras, que su presidencia enfrentará los problemas del país a partir de lo surgido en las discusiones de política pública que ambos partidos han sostenido en la última década.
Si ese es el camino, la mejor estrategia que podría adoptar el presidente es buscar un cambio gradual, en vez de tratar de implementar una ola de acciones dramáticas en el Congreso en los famosos primeros 100 días. 

Para empezar, cuando un presidente fracasa en la implementación de medidas drásticas, es común que el apoyo político para un nuevo intento desaparezca. De cualquier forma, un cambio paulatino no significa que sea marginal o modesto. Por el contrario, puede ser un proceso político en el que la ronda inicial de reformas, digamos al sistema de salud, regulaciones, energía y políticas fiscales en el primer año, sea acompañada por una segunda ronda de reformas el siguiente año. Y si la nación tiene suerte, puede haber una tercera o cuarta ronda después.
Este es el momento para que la administración de Obama y el Congreso finalmente corrijan los sistemas que tenemos, y no —como lo fue en el caso de Roosevelt— para inventar unos totalmente nuevos.

Traducción: Gabriela Cornejo

Presidente de la Iniciativa para la Globalización de la Nueva Red Demócrata



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