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Eran días aciagos esos, los que todos alguna vez tenemos. Yo rondaba los veintitantos y quería ser periodista. Me ganaba la vida con diferentes trabajos y estudiaba como muchos de mis compañeros, la carrera de comunicación. Después de algunos textos echados a perder fui al El Universal; creo que el buen Leo Eduardo Mendoza deslizó en mis entusiasmos la posibilidad de colaborar en la sección de cultura.
La figura ahí era pues, Paco Ignacio Taibo I. Cuando yo llegaba a la Redacción, sólo me miraba, lenta y concienzudamente. Frente a la computadora, yo me instalaba ya, como "periodista de planta" o al menos así me sentía. Seguí estudiando y seguramente muchos de los textos entregados en su mesa de trabajo no eran publicables. Sin embargo, al revisar la edición del día siguiente, me veía impresa. Ahí estaba yo, publicando.
Por lo común, me sentaba a su vera a verlo dibujar ese gato, "su gato", a veces payaso, a veces incomprensible, a veces sabio... de cualquier manera, coincidíamos: nos gustaban los gatos.
Él no hablaba, me miraba de vez en cuando. Cuando terminaba el trazo, simplemente se levantaba de la mesa y se iba, yo me quedaba esperando en esos tiempos, una orden de trabajo o bien la nota que pudiera ayudar al sustento diario, a la experiencia de escribir. A esa mirada tranquila, a esa voz silenciosa le debo haber escrito por algunos años y haber vivido una "Redacción" como pocas. El Universal era en sus entrañas, un bullicio vivo, definitivo. Hice amigos, me fui a otras páginas.
Su muerte ahora me sorprende silenciosa. Nunca hubo entre nosotros una conversación, tal vez sí un intercambio casual de palabras, nunca una censura a mis textos. Paco Ignacio Taibo I: Gracias desde los días aciagos, gracias por el cobijo.
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