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| Vícto Hugo Rascón Banda, in memoriam |
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Redacción EL UNIVERSAL
El Universal Ciudad de México Jueves 31 de julio de 2008 |
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Gonzalo Valdés Medellín (*) Del teatro de Víctor Hugo Rascón Banda he sido crítico de tiempo completo. De pronto no tuve más remedio que señalar algunas cosas en las que estaba en desacuerdo, en torno a alguna de sus obras, pero eso no quiere decir nada. Lo importante es la memoria emotiva que a flor de piel renace en mis recuerdos cuando evoco Armas blancas -obra nodal en la dramaturgia mexicana de fin del siglo XX-, o Contrabando o Playa Azul, por supuesto Máscara contra cabellera... o Voces en el umbral... o Los ejecutivos, El deseo, La mujer que cayó del cielo, Desazones...
Conocí a Víctor Hugo Rascón Banda, hacia 1984 cuando iba a estrenar en el Distrito Federal Máscara contra cabellera, dirigida por Enrique Pineda con la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv). Me acuerdo que lo entrevisté en el lobby del Teatro de la Ciudadela y fue una entrevista realmente lograda por el dramaturgo que se abrió de capa en torno a lo que pensaba del nuevo teatro, de la llamada 'Nueva Dramaturgia' -a la que ya él pertenecía generacionalmente-, y de la tradición escénica imperante hasta entonces con dramaturgos como Luis G. Basurto, Rafael Solana y, desde luego, los más cercanos en contemporaneidad, maestros y guías de las jóvenes plumas de entonces: Emilio Carballido, Sergio Magaña, Héctor Azar, Hugo Argüelles y Vicente Leñero. Pero en realidad, ahora que lo recuerdo bien, a Víctor Hugo lo conocí mucho antes, en una de las tantas funciones que vi de Armas blancas dirigida por Julio Castillo en el Sótano del Teatro de Arquitectura de la UNAM a principios de los 80 (creo que asistí, sin exagerar, a unas diez representaciones). Revivo la puesta de Julio como un enorme dechado de virtudes en el manejo actoral, el trazo escénico y la bellísima concepción plástica, sobre todo, así como en la fuerza vibrante y telúrica, carnal y exorbitadamente violenta con que dotó a los textos que componían la obra. ¡Qué tiempos! El teatro era entonces un templo de la creación y la subversión, y como tal, de la crítica, de la verdad y, sobre todo, de la esencia de lo mexicano.
Y justamente en eso es que el teatro de Rascón acertó plenamente: en rescatar las problemáticas, vivencias, idiosincrasias -que las hay y muchas-, tradiciones, la cultura del pueblo de México, con congruencia estilística. Descanse en paz quien supo luchar por sus ideales, alcanzarlos y hacerlos crecer. Protagonista perseverante de nuestro ambiente teatral, Víctor Hugo Rascón Banda entregó lo mejor de sí mismo en sus textos más logrados, en los más sinceros. Y su dramaturgia, lo sabemos, ha quedado inscrita en la historia del teatro mexicano actual como sólo él lo supo hacer, en un estilo muy suyo, que habrá de ser recordado.
(*)Dramaturgo y crítico teatral. |
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