Vícto Hugo Rascón Banda, in memoriam
Redacción EL UNIVERSAL
El Universal
Ciudad de México
Jueves 31 de julio de 2008




Gonzalo Valdés Medellín (*)

Luchadores, galleros, narcotraficantes, políticos en desgracia, indígenas tarahumaras, futbolistas, carniceros, secretarias... La gama de personajes creados por Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008) fue tan amplia como amplísimo es el espectro de la sociedad mexicana.

La ternura le afloró con los desposeídos; ternura que a veces señalaba acremente los yerros morales de los sistemas políticos injustos, arbitrarios y aberrantes. Y, pese a que la experimentación dramatúrgica le señaló rubros de iridiscencia ideológica, también es cierto que a Víctor Hugo Rascón Banda, si ha de ubicársele éticamente en algún extremo, siempre y por fuerza, habrá de hacerlo poniéndolo del lado de los más humildes. Porque Rascón quiso ser un dramaturgo popular. Pero no en un sentido vacuo, sino en un deliberado y radical centrarse en los procesos propios de la Historia y, ante todo, de nuestra historia, de los coletazos abruptos que hemos vivido en los últimos sexenios.

Del teatro de Víctor Hugo Rascón Banda he sido crítico de tiempo completo. De pronto no tuve más remedio que señalar algunas cosas en las que estaba en desacuerdo, en torno a alguna de sus obras, pero eso no quiere decir nada. Lo importante es la memoria emotiva que a flor de piel renace en mis recuerdos cuando evoco Armas blancas -obra nodal en la dramaturgia mexicana de fin del siglo XX-, o Contrabando o Playa Azul, por supuesto Máscara contra cabellera... o Voces en el umbral... o Los ejecutivos, El deseo, La mujer que cayó del cielo, Desazones...

Conocí a Víctor Hugo Rascón Banda, hacia 1984 cuando iba a estrenar en el Distrito Federal Máscara contra cabellera, dirigida por Enrique Pineda con la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv). Me acuerdo que lo entrevisté en el lobby del Teatro de la Ciudadela y fue una entrevista realmente lograda por el dramaturgo que se abrió de capa en torno a lo que pensaba del nuevo teatro, de la llamada 'Nueva Dramaturgia' -a la que ya él pertenecía generacionalmente-, y de la tradición escénica imperante hasta entonces con dramaturgos como Luis G. Basurto, Rafael Solana y, desde luego, los más cercanos en contemporaneidad, maestros y guías de las jóvenes plumas de entonces: Emilio Carballido, Sergio Magaña, Héctor Azar, Hugo Argüelles y Vicente Leñero.

De estos autores, sin duda alguna Rascón fue un heredero que prosiguió con la búsqueda de la experimentación y la denuncia social. Fue alumno de Argüelles, pero desde luego, se emparienta ante todo con Leñero, su maestro más cercano, de quien aprende -y aprehende- los lineamientos del teatro documento que decantaría justamente en obras como Máscara contra cabellera, ¡Que cierren las puertas...! y las obras maestras logradas en plena juventud: Playa Azul y Contrabando, la primera dirigida con eficacia suprema por Raúl Quintanilla y la segunda impulsada hacia la perfección irrenunciable por Enrique Pineda, quien además de Máscara contra cabellera y Contrabando dirigió ¡Que cierren las puertas...!, con tino manifiesto.

Pero en realidad, ahora que lo recuerdo bien, a Víctor Hugo lo conocí mucho antes, en una de las tantas funciones que vi de Armas blancas dirigida por Julio Castillo en el Sótano del Teatro de Arquitectura de la UNAM a principios de los 80 (creo que asistí, sin exagerar, a unas diez representaciones). Revivo la puesta de Julio como un enorme dechado de virtudes en el manejo actoral, el trazo escénico y la bellísima concepción plástica, sobre todo, así como en la fuerza vibrante y telúrica, carnal y exorbitadamente violenta con que dotó a los textos que componían la obra. ¡Qué tiempos! El teatro era entonces un templo de la creación y la subversión, y como tal, de la crítica, de la verdad y, sobre todo, de la esencia de lo mexicano.

Y justamente en eso es que el teatro de Rascón acertó plenamente: en rescatar las problemáticas, vivencias, idiosincrasias -que las hay y muchas-, tradiciones, la cultura del pueblo de México, con congruencia estilística.

Pero muchas cosas hay que reconocerle: su pasión por el teatro, la fidelidad a sus propias convicciones, el amor por el pueblo; su vocación por la denuncia... Imposible no recordar su paso por la crítica teatral -de la cual fue incisivvo rerpesentante en las páginas de la revista Proceso-, ni olvidar su inursión en la narrativa (como cuentista y memorialista) y su dedicación al tallerismo.

Fue mi tutor académico en 1989-90 cuando obtuve la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, primera generación, y lo recuerdo como un maestro muy atento, respetuoso de la visión de sus jóvenes discípulos, ecuánime, crítico y siempre abierto al intercambio de opiniones. También fue un impulsor genuino y generoso de la escritura de mi novela teatral Inacabado amor... y de mi fábula fáustica In Memoriam Salvador Novo: Ecce Novo o El tercer Novo.

Descanse en paz quien supo luchar por sus ideales, alcanzarlos y hacerlos crecer. Protagonista perseverante de nuestro ambiente teatral, Víctor Hugo Rascón Banda entregó lo mejor de sí mismo en sus textos más logrados, en los más sinceros. Y su dramaturgia, lo sabemos, ha quedado inscrita en la historia del teatro mexicano actual como sólo él lo supo hacer, en un estilo muy suyo, que habrá de ser recordado.

(*)Dramaturgo y crítico teatral.



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