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| Tabasco: El rescate con cuerdas, lento y tortuoso |
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Cinthya Sánchez
El Universal Sábado 03 de noviembre de 2007 |
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Los rescates en las colonias inundadas son lentos y tortuosos
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cinthya.sanchez@eluniversal.com.mx VILLAHERMOSA, Tab.— Los rescates en las colonias inundadas son lentos y tortuosos. Así fue el de Mario Morales, de 90 años, quien fue auxiliado por personal del gobierno del estado y por voluntarios que llegaron de Veracruz. Media hora tardó en abandonar su cama de enfermo para salir por la terraza de su edificio; su esposa Mercedes, de 80 años, también tuvo que recibir la ayuda. Esperaron dos días incrédulos de que el agua les llegaría al primer piso del edificio que habitaron por décadas, pero la seguridad se terminó cuando el agua comenzó a mojar sus pies. Irán al albergue del Centro de Convenciones, el más grande de Villahermosa. Mario y Mercedes son parte de los damnificados que están siendo evacuados lentamente en lanchas. Tanto los rescatados como sus salvadores miran los helicópteros de Felipe Calderón y del Ejército mexicano que lo custodian. “Por qué no vienen para acá.. Desde allá arriba se debe ver muy bonito”, comentan los afectados. Son pocas las lanchas que recorren las calles convertidas en río; las manejan rescatistas de la Cruz Roja, de Protección Civil y de la población solidaria. “El Ejército y el Presidente brillan por su ausencia”, dicen con tristeza. Quienes no flotan, caminan entre agua; a veces les moja sólo hasta las rodillas y otras hasta el pecho. Lo hacen despacio “porque cuando no se sabe qué se pisa, hay que irse con cuidado”. Llevan las manos ocupadas con bolsas, comida, agua, fruta, papas fritas o galletas que sacaron de todo lo que flota en las calles anegadas. Caminar no es fácil, ya que se debe hacer agarrándose de las cuerdas que la propia gente amarró de casas y postes del tendido eléctrico, porque la corriente en algunos lugares es tan fuerte que ha sido capaz de voltear camiones de doble remolque. Salir de las casas, la prioridad Aunque el riesgo es lo de menos, porque salir de las viviendas se ha convertido en una prioridad. En el aeropuerto esperan hasta 14 horas para abordar un avión que los lleve a donde sea. Lejos del agua. Pelean por los lugares y están dispuestos a entrar a los aviones a constatar que no se vaya ninguno con un asiento vacío. Los únicos transportes que pueden con las corrientes de agua son los vehículos anfibios o los camiones con rin 35, que sin cobrar un peso suben desde rescatistas, médicos, reporteros y a quienes buscan un alojamiento seco. La gente tiene miedo de que las reservas de comida y agua se terminen y que la punta de la ciudad de Villahermosa se convierta en una isla, donde se acaben los alimentos y el agua. No hay orden. Todos caminan con los rostros sin expresión, llevan y traen cosas. Todo el día se dedican a buscar desde agua hasta familiares de los que no saben nada. En la calle no hay música, el calor es húmedo y el olor remite al pescado y los mariscos. La gente anda descalza, con chanclas y sólo algunos afortunados calzan botas de hule. Deambulan con el cabello seco y los rostros llenos de sudor. Con las ropas húmedas y el pensamiento concentrado en una petición: que no crezca más el agua.
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