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África ilumina la oscuridad a base de música y ritmo
Juan Solís
El Universal
Guanajuato, Guanajuato
Sábado 06 de octubre de 2007

Realiza Baaba Maal una fiesta africana en Guanajuato a pesar de todas las circunstancias que rodearon el concierto

jsolis@eluniversal.com.mx

En el inicio fue un grupo de hombres y mujeres reunidos en torno a una guitarra. El canto comienza lento, como un murmullo que sin querer se va introduciendo en los poros, al tiempo que el morado, el verde y el naranja de las túnicas penetra en las pupilas.

Es noche de jueves. El público concentrado en la Alhóndiga de Granaditas escucha casi en silencio. Tres rolas. Y entonces vino la explosión. El cantante senegalés dejó la guitarra, cambió su vestimenta morada por una de cuadros dorados y le dio paso a su majestad el tambor.

Baaba Maal había prometido una fiesta africana en Guanajuato y a pesar de todas las circunstancias que rodearon el concierto, cumplió. ¡Y de qué manera! La ventaja de África es que nada le es ajeno. Todos los ritmos salieron del Continente Negro y a él regresan para cobrar nueva vida.

De ahí que a los chavos, la fusión de instrumentos tradicionales africanos con la instrumentación del jazz les haya parecido conocida. Sonaba a son, blues, ska, reggae, incitaba a moverse a las jovencitas de pantalones untados, a los chicos de camisas desabotonadas. Y en escena, Baaba se ganaba al público diciendo en español “México quiere cantar, quiere bailar, México-África, México-África”.

El canto de Baaba viene desde el fondo de un continente, no desde el oscuro corazón de las tinieblas (con perdón de Conrad), sino desde el luminoso origen de la humanidad.

Apenas calentaba la noche cuando vino el primero de cuatro apagones. Del torrente musical sólo continuó el arroyo percusivo. En medio de chiflidos, el público encontró un hallazgo en el cielo estrellado. Si ya la música hermanaba a los congregados con la actualidad rítmica de un continente, la oscuridad y el asombro ante la bóveda celeste los vinculó, por unos instantes, con los ancestros de su especie, cuyo remoto origen se encuentra en la África profunda.

Vino la luz y continuó la fiesta, aderezada por el baile de dos jóvenes mulatas de largas piernas e incitantes movimientos. En las gradas la gente bailaba, no siguiendo una coreografía predeterminada, sino dejando al cuerpo seguir el ritmo por instinto.

De nuevo la orfandad de luz. Y a falta de antorchas, un bosque de luces emitidas por celulares irrumpió en la oscuridad. El espectáculo fue tan impresionante como los movimientos de cadera y cabeza de las bailarinas, como los saltos de los danzarines, como la aguda voz del tambor alargado que un músico sostenía con la axila.

A nadie le interesaba ya el programa. La fiesta estaba en su apogeo y los jóvenes tomaron el escenario. Baaba cantaba y los demás bailaban como el ritmo les daba a entender. Fue el cúlmen, el nexo necesario para un encore no exento de oscuridad. Pero ya nada importaba. La explanada era África, no la desolada y miserable, sino la festiva y pertinaz. El viaje al origen había terminado.



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