aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




La magia de las ollas de Juan Quezada

En medio de una comunidad de migrantes, el maestro alfarero persiguió un sueño para cambiar su futuro y el de su gente
La dedicación del alfarero en la creación de las piezas de barro le llevó a ganar en 1999 el Premio

PASIÓN. La dedicación del alfarero en la creación de las piezas de barro le llevó a ganar en 1999 el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Artes y Tradiciones Populares. (Foto: ESPECIAL )

Viernes 14 de septiembre de 2012 Redacción | El Universal00:10
Comenta la Nota

cultura@eluniversal.com.mx

Con su fértil imaginación y la destreza de sus manos, un hombre cambió la historia de un pueblo destinado a la miseria y el abandono. Y terminó también con la desesperanza de las pocas familias que aún lo habitaban.

El maestro Juan Quezada Celada. El alfarero. El hacedor de las ollas mágicas. De cerámica que cautiva. El creador de bellas obras transformó su vida y la de la gente de Meta Ortiz.

Sus ollas, como las llama, se cotizan en dólares. Objetos policromados, de barro y arena, se exhiben en importantes museos de EU, Europa y Asia, y en colecciones privadas.

En esta comunidad, los hombres que eran niños o jóvenes a mediados del siglo pasado, recuerdan que se fue el tren y se llevó los sueños. Cayeron los último árboles del aserradero y también la desolación.

Familias emigraron a otras ciudades o a EU.

La comunidad de Meta Ortiz, en el noroeste de Chihuahua, se quedó prácticamente sola. Los Quezada Celada -eran 11- se quedaron.

Pero en los años 60 del siglo pasado, el panorama era desolador. No había empleo ni apoyo para la agricultura. Las familias estaban destinadas a vivir en la marginación.

El maestro Juan cuenta que en ese entonces tenía unos 15 años. Siempre "fui muy inquieto y me gustaba mucho pintar". Afición que para sus padres era una pérdida de tiempo.

"Ponte a trabajar; deja de soñar", le decían cuando lo veían hacer mezclas para obtener colores y matices. Revolvía lo que encontraba o tenía: nopal, raíces, frutas, cochinilla.

Ajeno a lo que ocurría en su comunidad, dice que cuando era pequeño lo enviaban a las montañas por leña. Un día, al volver, bajó por un arroyo y se topó con una cueva. "Entré para ver si encontraba algo de valor", recuerda y dice que quizás era una tumba "de algunos de nuestros ancestros, por los objetos que encontré".

Agrega: "Vi unas piezas antiguas, enteras, bien cuidadas. Creo que se trataba de una tumba de algún matrimonio, por las cosas al alrededor".

Lo que más le llamó la atención fueron dos ollas. "Me quedé maravillado. Eran dos ollas: una blanca, colgada en la entrada; la otra, amarilla, colgada al fondo de la cueva", añade.

"En mi vida he visto ollas más hermosas que esas", manifiesta.

Desde ese día todo cambió. Su destino estaba marcado. Había hallado, sin quererlo, su vocación y su futuro. Pero también el de su pueblo.

Ahora los habitantes de Mata Ortiz son orgullosos alfareros. Todo se lo deben al maestro Juan, quien con su paciencia, dedicación y entrega, les enseñó la técnica que la cultura Paquimé empleó para la elaboración de vasijas y otras piezas.

Ahora los residentes son herederos de esa técnica, perfeccionada por el maestro Juan.

 

El esfuerzo da resultados

Platica que su inquietud, imaginación y destreza lo llevaron a descubrir, por si mismo, la forma de hacer esas piezas. Empleo diversos materiales, pero el resultado fue el mismo: se agrietaban o rompían. Pero "un día agarré una olla de la cocina. La trocé y observé la composición del barro. Descubrí que contenía arena... fui al río. Busqué la arena más fina. La lavé y la agregué al barro".

Elaboró las primeras ollas. Ya no se agrietaban con el cocimiento. Consideró entonces que eran buenas. Y emprendió la difícil labor de convencer a amigos y familiares de aprender a hacer ollas, pero la negativa de estos fortaleció su espíritu.

Pero una batalla más tenía que librar. "Dónde venderlas". Se acercó a unos comerciantes que traían mercaderías a Nuevo Casas Grandes. Primero les regaló algunas piezas, luego se las cambió por herramientas. Después se las compraban en cinco dólares.

Ya se había casado con Guillermina. "Mi compañera y mamá de mis ocho hijos", externa con orgullo. Como también lo hace cuando viene a su mente el día en que llegó a su puerta un "gringo".

Era 1975 cuando un día "vi una pick up frente a mi casa. Bajó un gringo. Se presentó como antropólogo y hombre de negocios. Me enseño varias fotos", rememora. Dijo llamarse Spencer MacCallum y explicó que encontró varias piezas de Quezada en Deming, Nuevo México. Desde que las vio, embrujado quedó e inició la búsqueda de artista.

Cruzo la frontera. Deambuló buscando una pista que le indicara dónde hallar al autor de esas "obras de arte".

Pasó por el poblado de Palomas, recorrió la comunidad de Ascensión. Hasta que llegó a Nuevo Casas Grandes. Ahí encontró la luz que le guiaría hasta la casa del maestro Juan.

El "gringo" fue al grano. Propuso un plan de negocios. Sencillo: le entregaba un cheque por adelantado y regresaba en un par de meses por las ollas.

En uno de sus viajes, el ahora su promotor de arte le mostró una lista de los museos donde se exhibirían las piezas. La primera galería donde se montarían fue en Nuevo México.

"Acudió mucha gente. Veía con alegría cómo observaban mis ollas. Fue todo un éxito esa presentación", comenta.

Sin embargo, admite que no fue fácil "conquistar" a los amantes del arte, pero de manera especial a los coleccionistas. El trabajo fue duro, pero la perseverancia fue mas grande.

Más viajes y exposiciones. Ya MacCallum era el férreo impulsor de la alfarería de Juan Quezada; la relación entre ambos creció hasta convertirse en una gran amistad.

Viajaron por la Unión Americana. Visitaron museos, donde se exponían sus piezas. Pero no se convenció de radicar en EU. "Nunca me gustó para vivir, ni poquito. Me gusta ir al otro lado, pero a visitar museos. Conocer el arte antiguo y moderno, nada más".

En su casa-taller crecía la producción, pero también su fama, allende las fronteras.

Un día flotó. No recuerda la fecha cuando levitó. Fue cuando "me informaron que había unos 85 museos esperando mis ollas. En ese momento no sentía los pies en la tierra. Era un sueño".

Ya era todo un personaje en el extranjero, pero en Mata Ortiz seguía siendo el maestro Juan. El hombre sencillo que compartía conocimientos y experiencias. Y lo que fue un pasatiempo era ahora un proyecto de vida para su familia y comunidad. Después de tanto "puchar y puchar aceptaron aprender. A todos mis hermanos los puse hacer ollas".

Evoca que "mi jefita estaba muy contenta y se sentía orgullosa de mí. Yo trataba de ayudar a mis hermanos. Éramos nueve".

Y así como "les enseñé a los míos, también a quienes deseaban hacer ollas. Aprendieron y también instruyeron a otros".

Lo bueno es que "nunca tuvimos dificultades para vender".

Trabaja con el mismo ánimo de siempre "en lo que mas me gusta hacer: mis ollas".

Tiene 72 años, nació el 16 de mayo de 1940 en Tutuaca, municipio de Cuauhtémoc, Chihuahua, pero le trajeron a Mata Ortiz cuando tenía 12 meses de vida.

Han transcurrido 50 años desde el día en que decidió hacer las ollas que "me han dado muchas satisfacciones". Prueba de ello es que en 1999 se le otorgó el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Artes y Tradiciones Populares.

El galardón ocupa un lugar preponderante en su casa, en cuyas paredes además penden felicitaciones y reconocimientos. Fotografías memorables, así como recortes de periódicos tanto nacionales como extranjeros.

Juan, el maestro, el hombre que siempre está dispuesto a trasmitir sus conocimientos dice que seguirá haciendo sus ollas "hasta que Dios me lo permita".



Comenta la Nota.
PUBLICIDAD