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Celebrando por Lulú Petite

Nos fuimos a la cama alegremente, terminando cada quien de quitarnos la ropa que habíamos ya aflojado, completamente desnudos nos tiramos en el colchón y continuamos con el juego de besos, ternura, misticismo y caricias
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Lulú Petite Él me esperaba sentado en la orilla de la cama, mirándose nervioso en el espejo y frotándose las manos. (Foto: Lulú Petite )

Ciudad de México | Martes 10 de julio de 2012 Lulú Petite | El Universal08:47

Querido Diario:  
 
Él. Me ve y suspira. Se nota que le gusta mi cuerpo. Sonríe y se me queda viendo, es una mirada entre tierna y melancólica. Me observa en silencio (con cierta timidez) mientras camino en la habitación como reconociendo territorio. He estado ahí varias veces, no sé exactamente cuántas habitaciones tenga el motel, pero en esa en particular he atendido a varios clientes, siempre experiencias agradables. Siento que es una habitación con buena vibra.

Es una villa, de esas donde el cliente entra con todo y coche, lo deja en el garaje y sube a una habitación cómoda, con piso de madera, un baño bien equipado, con la regadera en una vitrina de cristal polarizado que permite ver, desde la cama, a quien esta ocupando la bañera. La cama es king size, con coordinados en azul oscuro y hay un juego de luces que permite modular la iluminación a gusto del cliente. Tiene una pequeña salita a un lado de la cama, el tocador es de madera, con un par de botellas de agua y un espejo grande, donde puedes verte cogiendo con los clientes. En el tocador está empotrado un reproductor de DVD y a un lado, atornillada a la pared está una pantalla de LCD con televisión de paga y algunos canales porno. El control remoto está a un lado de la cama, junto al teléfono.

Él está nervioso. No sabe por dónde empezar. Así es con los primerizos en este negocio, saben a lo que van, pero no cómo hacerlo, se sienten intimidados y, aunque saben que pueden, no se animan a empezar. Me gusta que sea así, le da un poco de ilusión al asunto, no digo que le ponga romance, pero al menos lo hace más sabroso.

Estaba a punto de recordarle que el pago es por adelantado, cuando sacó el dinero de la bolsa de su camisa y me lo entregó. Me encanta cuando me leen la mente de esa forma. Lo conté discretamente. Era el monto acordado. Lo puse en mi bolso y fui a lavarme las manos. Me miré en el espejo mientras me secaba, me acomodé el cabello, respiré profundo y sonreí -A chambear- me dije.

Regresé a la habitación portando esa sonrisa provocativa, con la mirada pícara y movimientos lujuriosos. Él me esperaba sentado en la orilla de la cama, mirándose nervioso en el espejo y frotándose las manos. Cuando me vio, se puso de pie y me miró con la cara seria y los labios temblorosos. Hay quienes van al sexo como a un examen de titulación o a una prueba de próstata, pero yo no tengo vocación de sinodal ni de proctóloga, así que lo tranquillicé.

-Relájate- le dije- te va a gustar- y le puse un beso en los labios.

Él me apretó contra su cuerpo, respondió al beso abriendo un poco los labios, dejando que su lengua probara la mía, apenas sintiendo el roce de la piel blanda y húmeda de nuestras bocas. Le desabroché la camisa besando su cuello, mientras él desabotonaba mis jeans y, al aflojarlos, trataba de meter sus manos para acariciarme las nalgas.

-Es imposible corazón- le dije al oído –son jeans muy ajustados-

Al fin se rio y, cambiando su objetivo me quitó la blusa y, con el sostén aún puesto, me dejó un par de besos en el nacimiento de mis senos, los tomó con cada una de sus manos y se les quedó mirando unos segundos como si estuviera palpando fruta madura, después me buscó los labios.

Nos fuimos a la cama alegremente, terminando cada quien de quitarnos la ropa que habíamos ya aflojado, completamente desnudos nos tiramos en el colchón y continuamos con el juego de besos, ternura, misticismo y caricias.

Él se recostó de espaldas, con los brazos a los costados y la mirada al techo, yo me recliné a un lado, rozando su pecho con mis pezones y repartiéndole besitos cariñosos en sus labios, en sus mejillas, en su cuello, en su estómago. Vi como se estremeció cuando le acaricié las bolas con las uñas y más cuando me llevé su erección a los labios.

Me monté en él y comencé a cabalgarlo con delicadeza, apoyando mi peso en las rodillas y dejando que mi sexo devorara al suyo en un meneo cadencioso y suave. Él gemía, se movía con torpeza, cerraba los ojos, me acariciaba el abdomen, las nalgas, los senos, rozaba con suavidad mis pezones usando la yema de sus pulgares. Me pidió que me pusiera de a perrito y así siguió, atendiéndome con entusiasmo hasta que me apretó de la cintura y soltó un chillido placentero. El condón estaba lleno a tope.

Él se tumbó en la cama boca arriba y me dejó que lo ayudara a limpiar nuestras travesuras. Regresé y me recosté a su lado, él sonreía con los ojos cerrados. Así nos quedamos hasta que terminó la hora. Era de esperarse, ya había cortado orejas y rabo como para esperar un segundo toro. Después de todo fue espléndido, especialmente para estar celebrando conmigo sus setenta y cinco años recién cumplidos.

Hasta el jueves

Lulú Petite

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