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El intelectual detrás de Benedicto XVI

Los especialistas se dividen: para algunos el Papa es un pensador en diálogo; para otros es ensimismado y dogmático
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Faceta. Son famosos sus encuentros intelectuales con Hans Küng y Jürgen Habermas; así como sus relaciones con Karl Rahner y Hans Hans Urs von Balthasar. . (Foto: Archivo )

MÉXICO | Viernes 23 de marzo de 2012 Yaneth Aguilar Sosa | El Universal15:21
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Joseph Ratzinger es uno de los más importantes intelectuales alemanes del siglo XX. Para algunos es un pensador en diálogo con el mundo, para otros es un intelectual dogmático. Son famosos sus encuentros intelectuales con Hans Küng y Jürgen Habermas; así como sus relaciones con Karl Rahner y Hans Hans Urs von Balthasar.

Ratzinger, convertido en Benedicto XVI el 19 de abril de 2005, es un autor prolífico de libros, que son muy leídos en el circuito de la enseñanza y la práctica de la teología católica; fue asesor y relator en el Concilio Vaticano II lo mismo que Hans Küng, su amigo y luego opositor.

Joseph Aloisius Ratzinger (Baviera, 16 de abril de 1927) se doctoró muy joven en teología y se convirtió pronto en uno de los catedráticos más buscados por los estudiantes en las universidades alemanas de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. Es para muchos uno de los intelectuales más influyentes del siglo pasado.

"Evidentemente estamos hablando de una de las mentes más lúcidas y brillantes que ha producido la iglesia católica en el siglo XX, su carrera académica habría de verse, ante todo, como la de un teólogo que se forma en el periodo de la entreguerra y la posguerra", señala el doctor en teología, Julián Arturo López Amozurrutia

El rector del Seminario Conciliar de México y colaborador de EL UNIVERSAL, asegura que el sentido de su ser teólogo de Ratzinger es el de la reflexión de la fe, el de identificar los contenidos de la fe católica y su relevancia para el hombre contemporáneo, por eso lo define como el exponente de una teología más afectiva, más dirigida al carácter estético que al carácter de pura reflexión abstracta; analiza la reconstrucción interior de lo que es la experiencia de fe.

También Mario Ángel Flores Ramos, teólogo por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y miembro de la Comisión Teológica Internacional, afirma que el actual Sumo Pontífice -el número 265 de la historia- "ha sido uno de los grandes teólogos alemanes de nuestro tiempo tanto por su amplia y profunda producción como por su interlocución con diversos ambientes".

El director de la Comisión de Cultura de la Arquidiócesis de México y profesor en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, agrega que aún como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger siguió produciendo en artículos, conferencias y algunos libros.

"Su línea ha sido profundizar en la renovación del Concilio Vaticano II tomando distancia de los radicalismos de corte político (teología de la liberación) o de corte secularista (relativismo moral y teológico)", señala Mario Ángel Flores Ramos, quien es una de las 30 personas elegidas por Benedicto XVI para integrar la Comisión Teológica Internacional.

Tras sus pasos intelectuales

Ratzinger tuvo una carrera meteórica. Luego de su participación en el Concilio Vaticano II, como asesor teológico del cardenal Josef Frings, fue nombrado arzobispo de Munich y luego aardenal ; en 1981 fue llamado a Roma por el papa Juan Pablo II, para hacerse cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El doctor en teología, Julián Arturo López Amozurrutia señala que algunos han querido ver en Ratzinger un cambio radical, de ser un "teólogo de avanzada" a convertirse en un teólogo conservador, pero dice que los escritos del alemán muestran una gran capacidad de diálogo. "Su manera de hablar no es de quien expone principios o tesis marcadas sino siempre de quien esta dialogando".

Sin embargo, no todos ven diálogo en el quehacer intelectual y en la obra de Joseph Ratzinger. Eduardo Arturo Carrasco, teólogo y presbítero de la iglesia anglicana, asegura que "la estructura de pensamiento de Ratzinger es acabada en sí misma, es sistematizada en sí misma, pero como es un monólogo no permite el diálogo".

El también comunicólogo reconoce el de Ratzinger es "un trabajo netamente apologético, desde sus posturas y en sus encíclicas y asesorías a Juan Pablo II deja ver un pensamiento que muchos consideramos dogmático, que consolida o pretende consolidar la hegemonía de esta concepción religiosa".

Ahí radican sus desencuentros con Hans Küng, teólogo suizo controvertido que a pesar de que el Vaticano le anuló su autoridad para enseñar teología católica, sigue impartiendo clases de Teología ecuménica en la Universidad de Tubinga, donde compartió el magisterio con Joseph Ratzinger, pero que poco a poco los dos teólogos tendieron a polos opuestos.

Pero en nada se parecen a los que sostuvo con el alemán Jürgen Habermas, un encuentro recuperado en un libro que en México publicó el Fondo de Cultura Económica, con el título Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización, del que Carrasco dice que la diferencia es que Habermas reconoce que Ratzinger es un pensador racional aunque no deja de ser apologético, mientras que Hans Küng, sigue siendo un crítico de su propia denominación religiosa.

"Al final Habermas termina en amistad con Ratzinger, mientras que la amistad de Ratzinger con Hans Küng se quebranta por su propias posturas", señala el presbítero a cargo de la parroquia anglicana de La sagrada familia.

Por su parte, Julián Arturo López Amozurrutia dice que con Hans Kung no tiene el nivel de intercambio intelectual como tiene en cambio con otros pensadores, en especial con Jurgen Habermas, que es uno de los filósofos más destacados del siglo XX y representante de la Escuela de Francfurt.

"Ese dialogo es una de las manifestaciones más claras, tanto de la postura de Ratzinger como de la capacidad que tiene de interactuar con los más altos niveles de reflexión, es decir, yo insistiría mucho en ese trabajo, no es de lectura fácil, de ninguno de los dos, pero sin duda sería como el reflejo del nivel que alcanza Ratzinger en el diálogo con el mundo", señala el doctor en teología.

Por su parte, Mario Ángel Flores Ramos hace referencia al tema que discutieron, el de la verdad y dice que los pensadores como Habermas no sólo se oponen a los dogmas religiosos y a la religiosidad en general (aunque no sean ateos militantes), sino que se oponen a algo más básico: el conocimiento de la verdad.

"Son agnósticos y con ello se quedan en los resultados inmediatos de las ciencias empíricas sin que se pueda hablar de una verdad trascendente, común a todos los hombres y menos del conocimiento de Dios. Lógicamente la postura de Joseph Ratzinger es acorde al optimismo antropológico del catolicismo que considera que no es fácil encontrar la verdad pero no es imposible. Al final Habermas condescendió al menos en la posibilidad de búsqueda común", señala el miembro de la Comisión Teológica Internacional.

Joseph Ratzinger ha escrito libros y encíclicas, destaca su tratado sobre Jesús de Nazareth del que lleva dos volúmenes publicados, pero también estuvo cercano a la revista Conccilium, que deja pronto y funda con Hans Urs von Balthasar la revista Communio.

Cuentan los que saben que su pensamiento ha sido congruente desde la juventud y que si algo ha cambiado con su ascensión como Sumo Pontífice es la forma, ahora sus discursos y reflexiones tienen una mayor formalidad o hace distinciones en quién es el que habla.

López Amozurrutia asegura que a nivel contenido no ve ningún cambio, pero que con todo es capaz de decir: "aquí estoy hablando como teólogo", "aquí esto hablando como Sumo Pontífice", pero en contenido distingue una continuidad entre quien era él desde jovencito a quien es hoy en la actualidad.

"Es posible que los modos de expresión adquieran novedades porque evidentemente su reflexión tiene una formalidad que debe tener como Sumo Pontífice; sin embargo, en muchas de sus intervenciones se sigue notando el estilo personal, incluso en sus encíclicas, en el modo de operarse se sigue manifestando la impronta de personalidad que tiene Ratzinger", concluye Julián Arturo López Amozurrutia.



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