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Cárceles en México. Historia negra de 5 siglos

Corrupción, hacinamiento, fugas y motines han sido las constantes. Historiadores documentan un pasado que está presente

Celda de San Juan de Ulúa. Cuando subía la marea, el agua llegaba hasta las rodillas de los prisioneros que tenían que permanecer pegados a la pared. (Foto: Fototeca/ELUNIVERSAL )

CIUDAD DE MÉXICO | Domingo 26 de febrero de 2012 Abida Ventura | El Universal
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El sistema carcelario en México tiene ya varios siglos de historia. Desde las jaulas  prehispánicas, donde guardaban a los condenados a muerte, hasta las fortalezas como San Juan de Ulúa o las penitenciarías como el Palacio Negro de Lecumberri.

Estos espacios de encierro pasaron de ser un lugar de resguardo y vigilancia, a un espacio de sentencia y readaptación social.

Aunque en la época prehispánica no existían las cárceles como actualmente se conocen, se sabe de dos lugares en los que los delincuentes eran retenidos, de acuerdo a las faltas  cometidas: el quauhcalco o lugar de los enjaulados, donde estaban condenados a muerte, y el teulpiloyan, donde se econtraban quienes eran acusados de cometer faltas civiles.

Las penas iban desde confiscación, destierro, esclavitud, hasta la muerte. Este régimen penitenciario indígena sería sustituido durante el periodo colonial por un sistema carcelario  español que se basó en leyes como la de Siete Partidas, la Novísima Recopilación y las
Leyes de las Indias.

Entre otras disposiciones, destacan las que indicaban que
cada preso debía pagar el derecho de carcelaje, que los espacios de encierro deberían estar divididos para hombres y mujeres, y que se debía disponer de un sistema de limosnas para la alimentación de los reos.

Según la historiadora Valeria Sánchez Michel, las principales cárceles en la ciudad de México, durante la Nueva España, eran la Real Cárcel de Corte, que se ubicaba en lo que hoy es el  Palacio Nacional, donde se encontraban los reos que habían sido sentenciados para ir a las galeras; la Cárcel de la Ciudad, que resguardaba a los que estaban sentenciados a trabajar en obras públicas, como desazolvar las acequias y reparar los empedrados, así como la cárcel de indios en Santiago Tlatelolco.

Otra de las instancias encargadas de reprimir los delitos fue el tribunal de la Acordada, cuya lúgubre prisión acogía a los delincuentes más peligrosos de la Nueva España.

Las reglas de funcionamiento en estas cárceles eran las mismas, comenta la autora del libro Usos y funcionamiento de la cárcel novohispana: el caso de la Real Cárcel de Corte a finales del siglo XVIII (Colmex), pero las condiciones de vida eran totalmente diferentes.

"Siempre había un sacerdote, que se encargaba de oficiar misa los domingos y de administrar los sacramentos. Algunas, como la de Corte, tenía su enfermería; había un médico que, al menos  una vez a la semana, atendía a los reos enfermos", comenta la investigadora.

Otra de las características de las cárceles novohispanas era que el reo, además de estar encerrado, tenía a su cargo su propia manutención. "El gobierno novohispano no se hacía
cargo de ellos. Si los familiares no les llevaban comida, tenían que sobrevivir de la caridad", comenta la investigadora Sánchez Michel.

La recolección de limosnas estaba a cargo del "procurador de los pobres", quien era la persona encargada de conseguir los recursos para alimentar a los reos que habian sido abandonados. "Te - nía que ver que los reos tuvieran la mejor atención posible, en cuanto a alimentación, y así evitar que se les murieran de hambre ", dice la investigadora.

La alimentación variaba de acuerdo con la actividades que los presos tenían que realizar. Por ejemplo, a los reos de la Cárcel de la Ciudad se les proporcionaba una ración un poco más abundante, ya que tenían que trabajar para cumplir su sentencia. Esta ración, indica la historiadora, consistía en atole y un pambazo, de desayuno; una libra de vaca y dos pambazos,
de comida, y frijoles con tortillas, para la cena. 

De Belem a Lecumberri

Fue hasta principios del siglo XIX cuando se comienza a reglamentar las condiciones en las cárceles. Las reformas iban desde instaurar de manera obligatoria el trabajo, hasta la creación de un fondo de cárceles para alimentar a los presos pobres. Para mediados del siglo, todas las
cárceles de la República ya estaban divididas en departamentos para incomunicados,
detenidos y sentenciados. Sitios ya construidos durante la Colonia, como la fortaleza de San Juan de Ulúa o la cárcel de Belem, sede de un antiguo colegio novohispano, marcarían el
régimen penitenciario ejercido durante los primeros años del porfiriato.

De acuerdo con el historiador Antonio Padilla Arroyo, la cárcel de Belem fue una de las prisiones más representativas de finales del siglo XIX, ya que sustituyó a la cárcel nacional de la Ex Acordada y precedió a la Penitenciaria de Lecumberri.

"La cárcel de Belem marca el tránsito entre la Ex Acordada y la de Lecumberri, que representaba a la cárcel en su concepción moderna ", comenta. 

El investigador de la Universidad Autónoma de Morelos asegura que con la construcción del Palacio Negro de Lecumbrerri se buscaba poner fin a las condiciones precarias que los reos vivían en la cárcel de Belem, además de que se buscaba la readaptación del delincuente:

"Con Lecumberri, la cárcel ya es un modelo de readaptación, de regeneración de los delincuentes", comenta el autor de Criminalidad, cárceles y sistema penitenciario
en México, 1876 1910 (Colmex ).

En medio de las condiciones precarias y aún con las mayores medidas de seguridad, fueron comunes las fugas y los motines. Las fugas más comunes, comenta Arroyo Padilla, eran la de los bandoleros, que eran la forma de delincuencia más organizada. Son célebres las de Jesús Arriaga, mejor conocido como Chucho el Roto, así como las del delincuente español Higinio Granda y otros reos que más tarde integraron la mítica Banda del Automóvil Gris.

Célebre es también la astucia con la que Pancho Villa logró escapar de la cárcel de Belem y de Lecumberri. "En el caso de la cárcel de Belem logra escaparse porque se viste mujer, y de Lecumberri se fuga por la puerta grande, sin que nadie se dé cuenta", relata el historiador.

A manera de anécdota, Padilla Arroyo recuerda uno de los intentos de motín, durante el traslado de los presos de la cárcel Belem a Lecumberri: "Los presos comienzan a protestar por el traslado
porque se hablaba de que Lecumberri sería el modelo de control carcelario, y pensaban que iba a ser más imposible cualquier fuga".

Afortunadamente, agrega, el motín fue descubierto y Porfirio Díaz impuso todo el aparato de Estado para evitarlo. Aunque poco a poco se fue transformando el concepto de cárcel, las condiciones de vida en estos lugares de encierro eran muy parecidas a las de hoy, afirma
el especialista: "Son las mismas condiciones de vida que tenemos ahora: corrupción, hacinamiento, fugas, motines. s la misma historia", concluye.

 



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