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San Fernando, en agonía por el narco

Calles vacías, viviendas y comercios abandonados, huellas de balas en inmuebles, fachadas calcinadas, avenidas sin gente ni policías... Así luceel municipio donde se descubrieron fosas con cientos de cadáveres

ZOZOBRA. La automotriz Ford aún muestra las huellas de una batalla entre integrantes del cártel del Golfo y de Los Zetas, ocurrida en octubre de 2010. Tras el ataque, los vidrios del inmueble fueron destrozados y la fachada quedó parcialmente quemada, luego de que los sicarios incendiaron algunas unidades. (Foto: )

Domingo 08 de mayo de 2011 Marcos Muedano/ Enviado | El Universal
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SAN FERNANDO, Tamps.— La soledad y la inseguridad de este municipio se advierten al llegar a la “Y”, un cruce donde entroncan las carreteras que desembocan en Reynosa y Matamoros. Ahí comienza a notarse el abandono de casas, comercios, ranchos y lo que alguna vez fueron bodegas de sorgo. La violencia ha dejado sus grandes huellas en esta comunidad que está a punto de convertirse en un pueblo fantasma.

A unos metros del llamado Cruce de la Muerte, sobre la carretera 101, hay locales que alguna vez ofertaron a los viajeros carnes asadas, tacos, antojitos, bebidas y comida corrida.

“Esos puestos tienen más de dos meses que cerraron, fueron arrasados por los mañosos”, cuenta uno de los habitantes que, pese a la inseguridad, se niega a abandonar su vivienda.

“Todavía hasta hace unos meses era común observar que camioneros o paseantes se pararan a comer en alguno de los puestos, había mucha gente, uno les traía su refresco o su cheve y te daban una propina”, dijo.

Sin embargo, agregó el lugareño, “la fuente de empleo de muchos se terminó de repente, cuando comenzaron llevarse a la gente. Una de las personas de las que no sabemos nada es La Güera. Lo único que sabemos es que se la llevó un comando armado junto con otras dos mujeres y dos niños. Algunos dicen que las mataron, pero en realidad nosotros no sabemos nada de ellas ni de los niños. Esperamos que regresen, era gente de bien y trabajadora que no se merecía esto”.

La paz y la estabilidad de que gozó una población de más de 57 mil habitantes dedicados a la agricultura, la ganadería y a la venta de abarrotes, refacciones de autos, medicamentos, ropa o incluso artículos de pesca, quedó en el olvido por la llegada de grupos armados a sus distintas comunidades.

Metros adelante de donde fue vista por última vez La Güera, el municipio de San Fernando da la bienvenida a pobladores y turistas con una distribuidora de automóviles que aún muestra las huellas de la batalla entre integrantes del cártel del Golfo y de Los Zetas, en octubre de 2010.

Los pobladores relatan que en el interior del inmueble se resguardó uno de los grupos armados y, al ser descubierto, comenzó una reyerta que se prolongó por más de 20 minutos.

Tras el ataque, los vidrios del inmueble fueron destrozados y la fachada quedó parcialmente quemada, luego de que los sicarios incendiaron algunas unidades que se encontraban en exhibición. Seis meses después, la distribuidora de autos que se encuentra a unos metros de un letrero con la leyenda: “Bienvenido a San Fernando, Tamaulipas”, aún muestra los impactos de balas en la fachada.

La situación es tan grave que esta población es gobernada por un alcalde que despacha afuera de San Fernando, según cuentan habitantes de la zona.

La antesala del infierno

La disputa entre grupos armados y la desaparición de habitantes, comerciantes y pasajeros abordo de autobuses en las carreteras y caminos de terracería del municipio forma parte del silencio y del “toque de queda” que el narcotráfico ha impuesto en calles y avenidas de San Fernando, municipio que el 24 de agosto de 2010 dio la vuelta al mundo tras el hallazgo de 72 migrantes en un rancho que se localiza en las inmediaciones de la población.

Los cuerpos fueron descubiertos gracias a que uno de los migrantes de origen ecuatoriano logró sobrevivir al ataque y denunció ante las autoridades el multihomicidio que se registró en una de las comunidades.

El hallazgo de los 72 centroamericanos sin vida mostró la impunidad y el poder del narcotráfico en un municipio donde el temor a las represalias obligó a los habitantes a denunciar, a través de videos y fotografías en la red, el infierno que estaban viviendo.

Ejecuciones, enfrentamientos, ataques a las instalaciones de la Policía Municipal y hasta el video de un convoy de camionetas donde se escucha decir a las narcotraficantes “sorpresa”, son parte de las señales de auxilio que los pobladores emitieron a las autoridades para evitar una nueva barbarie.

Pese a ello, el 6 de abril la impunidad tendría un nuevo rostro con el descubrimiento de fosas clandestinas. Hasta el momento las autoridades han localizado oficialmente 183 cuerpos.

Este hecho acentuó el temor de una población que evita salir a las calles o, incluso, ha comenzado a migrar a municipios y estados colindantes o, de plano, a Estados Unidos.

Silencio sepulcral

“Usted lo puede verlo en las calles, están vacías, no hay nadie, los pocos que se atreven a salir es para comprar alimentos en los establecimientos que aún no han sido arrasados por los narcotraficantes. De verdad, esta es nuestra realidad, calles vacías donde se puede observar a uno que otro habitante caminando o en vehículos, pero de noche, esto se pone peor, todo está vacío, nadie sale a la calle, es un ‘toque de queda’”, relata uno de los habitantes que pidió no ser identificado.

El poder de los grupos armados se refleja en el primer cuadro del municipio, donde las calles y avenidas son recorridas sólo por algunos habitantes que se atreven a caminar por el municipio o a viajar abordo de sus autos para hacer compras de alimentos o realizar trámites realmente indispensables.

El silencio en San Fernando sólo es roto por el sonido de algunos autos o el aullar del viento en las calles convertidas en desierto. Ese silbido es el único morador que se atreve a recorrer las avenidas sin el temor a ser atacado.

“Tratamos de llevar una vida normal, pero en realidad no se puede, en cualquier momento pueden aparecer las caravanas de los narcos o suscitarse un enfrentamiento. Vivimos en el abandono, a nuestra suerte. La inseguridad y la falta de protección de las autoridades obliga a mucha gente a huir y a dejar sus casas en el abandono”, dice uno de los pobladores con tristeza.

La plaza Hidalgo, en la cabecera municipal de San Fernando, es una muestra del temor, de la soledad y de la devastación del narcotráfico.

“Hasta hace unos meses la plaza tenía vida, por las mañanas era común ver a las personas que venían a tramitar documentos a las oficinas de la alcaldía y a mediodía, la plaza se poblaba de niños y jóvenes que salían de las escuelas”, cuenta otro de los habitantes que quedan en este poblado.

“Por la tarde era común ver a parejas en las bancas o en el kiosco. Ahora, nada de eso pasa, ni niños ni jóvenes ni adultos se atreven a caminar, todo el día está sola, uno que otro se aventura a andar por aquí porque tenemos que comer, tenemos que trabajar bajo nuestro riesgo”, agrega el vecino que pidió no ser identificado.

“Si nos abandonan... se pone peor”

En los alrededores de la plaza Hidalgo, sitio donde se encuentra la presidencia municipal y la iglesia, aún se puede ver un par de comercios abiertos de comida corrida o una nevería que da servicio a unos cuantos habitantes.

Tal es el abandono de las calles en San Fernando, que los semáforos y señalamientos de tránsito son insignificantes para una población gobernada por la inseguridad, donde brilla la ausencia de la policía.

Autoridades locales explicaron a EL UNIVERSAL que la inseguridad ha obligado a los habitantes a dejar sus viviendas y empleos.

“La verdad es que los comercios pequeños y medianos ya se fueron del pueblo porque fueron a los primeros a los que pegó la inseguridad con el cobro de cuotas; después, la gente comenzó a huir, por lo que el dinero no existe, entonces fueron cerrando las taquerías, las paleterías y tiendas, que eran la fuente de empleo”.

Las autoridades, que por temor a los grupos armados pidieron que se omitieran sus nombres, reconocieron que es imposible calcular cuántas personas han migrado a otros estados.

“Yo siento que no hemos llegado a ser un pueblo fantasma. Sí se ha ido un gran porcentaje de la población, pero no estamos como el municipio de Mier, que era en verdad un pueblo fantasma, no estamos a ese grado. La gente sigue aquí, no hemos llegado a ese grado”.

Las autoridades estiman que los habitantes han comenzado a retomar la confianza. “Todo depende del apoyo que nos den las Fuerzas Armadas, porque si nos abandonan, esto se revierte y se pone peor de como estábamos”.

Al caer la tarde, la soledad se extiende como una mancha. Los habitantes obedecen el “toque de queda”. Hay que resguardarse y esperar a que salga el sol para comenzar un nuevo día.

El temor es inocultable, pero aún tienen la esperanza de que todo puede cambiar, de que algún día volverán a ser el pueblo que alguna vez sonrió.

 



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