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La pedagogía del siglo XXI

Sin una mejora en la formación de los docentes, no es posible esperar ningún desarrollo académico, social o económico en el país.

LOS ALUMNOS deben aprender habilidades y competencias para transformar los datos en conocimiento y sabiduría.. (Foto: Archivo )

Miércoles 13 de octubre de 2010 Isauro Blanco Pedraza | El Universal
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La proyección en el tiempo siempre nos da la oportunidad de soñar y convertir sueños en proyectos. Sin esta visión de futuro, la vida sería una tragedia.
 El destino de nuestro México está indefectiblemente ligado a la educación. Esta afirmación es recurrente desde todas las instancias políticas y sociales; sin embargo, en el mejor de los casos, no pasa de ser un mantra que adormece las buenas conciencias. Bajo el prisma de los resultados logrados en las pruebas internacionales, los niveles de competitividad profesional, el índice de distribución de la riqueza y los rangos comparativos mundiales de corrupción, tenemos que concluir con dolor que los adultos actuales no hemos hecho adecuadamente nuestros deberes educativos y que estamos heredando muchas deudas a la siguiente generación. A estos parámetros  hay que añadir el deterioro moral en individuos e instituciones políticas y públicas que ha dado origen a un presente contaminado por la mediocridad.
 Todos los proyectos empiezan con una visión de futuro, que supera los escollos naturales y activa los recursos para convertir un ideal en un hecho. ¿Cómo será la pedagogía de México en el futuro próximo? No quiero basar mi respuesta en lo que hemos hecho u omitido, sino en lo que deberíamos hacer a partir de ahora mismo, lejos de la complacencia o de la autodenigración.
El problema de la educación no tiene su origen en el aprendizaje sino en la enseñanza. Los maestros son el foco de la preocupación nacional y el origen de la solución educativa de un país.  Sin una mejora en la formación de los docentes, no es posible esperar ningún desarrollo académico, social o económico.
 El sistema educativo depende sobre todo de la calidad moral y profesional de las personas, no de los programas o herramientas educativas, incluyendo las nuevas tecnologías. El bien-ser y bien-estar de los maestros condiciona substancialmente el trabajo diario en el aula, donde los niños y adolescentes aprenden no sólo contenidos académicos, sino, sobre todo, valores sociales y actitudes positivas ante la vida en todas sus dimensiones. Esta necesidad sobre todo se ha incrementado por las turbulencias que afectan al matrimonio y a la estructura familiar.
En septiembre de 2007 McKinsey publicó un reporte  sobre los mejores sistemas educativos del mundo y los procesos adoptados para ubicarse en lugares de excelencia: How the World’s best-performing school systems come out on top.  La primera conclusión fue que “la calidad de un sistema educativo nunca es mayor que la calidad de sus maestros”; cita los ejemplos de Finlandia, Singapur, Corea del Sur, Holanda, Nueva Zelanda y algunos distritos educativos de EU y Canadá.  La selección, formación y retención de los mejores profesionales es el primer objetivo de los responsables de la educación.
  El aprendizaje está en un contexto marcado por el paradigma basado en internet. La realidad ha cambiado; el mapa de la enseñanza debe actualizarse para no extraviar el camino. Ante el exceso de información, los alumnos deben aprender habilidades y competencias para transformar los datos en conocimiento y sabiduría.
El foco del trabajo escolar no es la información sino el conocimiento. Para lograr este objetivo el sistema escolar debe añadir la andragogía a la metodología pedagógica. La enseñanza directiva, las clases magistrales tienen que abrir espacios para la investigación, el trabajo cooperativo y la autonomía de los alumnos para procesar la información. La andragogía propicia que los niños y adolescentes evolucionen gradualmente hacia los enfoques transformativos de la información para que ésta deje de ser un conocimiento inerte y adquiera el valor de herramienta intelectual. La identificación del escenario con los actores dará por resultado una mayor eficacia en el logro de un país educado. 
Un país con proyecto requiere de grandes dosis de heroísmo y utopía, pero es una utopía necesaria. La verdadera independencia de nuestro país en este siglo depende de mentes ilustradas. La revolución actual debe ser una revolución pacífica: la sintonía de la inteligencia y el corazón de un pueblo nuevo.
 

Doctor en Psicología por la Universidad de Penn State



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