Si por el público fuera, Misha Maisky hubiera tocado durante dos, tres, cuatro horas. Antes del concierto, el parque frente al Templo de la Valenciana estaba ocupado por una treintena de personas angustiadas porque no alcanzaron boletos. "¡Tienes que preguntarle a todos los de la fila, ruégales!", le decía una mujer a su marido quien, en efecto, comenzó a recorrer la fila con un letrero en el pecho: "Por favor, necesito dos boletos".
En el atrio, la fila de melómanos con boleto se había formado desde las diez de la mañana en espera de un buen lugar en el templo. El recibimiento a Maisky reveló un halo de popularidad: aplausos y uno que otro grito de emoción ante su sola presencia.
Silencio. Maisky cierra los ojos. Concentrado, alza el vuelo de su arco para comenzar el Preludio de la Suite no. 1 en sol Mayor de Bach. En ese momento se entiende la angustia de quienes se quedaron afuera del templo, sin boleto y sin poder sentir la melancolía de la pieza interpretada de manera precisa y preciosa por el músico ruso.
Ese momento parece ser el que ha sublimado a Maisky: antes de comenzar una Suite, incluso entre cada movimiento, se detiene para hacer un silencio, es un momento de meditación imposible de describir: ¿se comunica con su interior? ¿con su dios? ¿con su instrumento?
Es un instante tan importante que en la segunda parte del concierto tuvo que rectificar. Algo no había funcionado, el silencio no había sido lo suficientemente profundo antes de comenzar la Suite No. 5 (famosa por complicada). El público sufrió un ataque de tos colectivo y a unos segundos de haber comenzado, Maisky se detuvo, levantó la mano en señal de disculpa, y recomenzó.
Al final del programa, el público se mostró necio en hacerlo regresar dos veces a pesar de que obviamente el violonchelista estaba en el límite de sus fuerzas. A la tercera vez, aunque los aplausos continuaban, Misha Maisky se retiró del Templo de la Valenciana en donde una de esas huellas imborrables del Cervantino.
mzr