"Cuando me llevaron del hotel a la comisaría de policía, la radio del coche ya estaba comentando el asunto. Los periodistas llamaron a la policía antes de que me detuviesen para ver si podían dar la noticia. No podía creerlo. Pensé que iba a despertarme de aquella pesadilla, ¿sabes? Me doy cuenta de que si hubiera matado a alguien, no habría interesado tanto a la prensa
"Pero tirarse, ya me entiendes, a chicas jóvenes... Los jueces quieren tirárselas. Los jurados quieren tirarse a chicas jóvenes, ¡todo el mundo quiere tirarse a chicas jóvenes! No, entonces comprendí que iba a ser otro de esos montajes impresionantes".
Así comienza la narración de la entrevista que el escritor inglés Martin Amis (Oxford, 1949), le realizó al entonces recién fugado de la justicia estadounidense, el cineasta Roman Polanski.
A la luz de los últimos hechos en relación con el famoso director polaco-francés, aquel encuentro resulta revelador.
La entrevista de referencia, que fue incluida en el libro de Amis Visitando Mrs.Nabokov, es transcrita casi íntegramente por cortesía de editorial Anagrama, para KIOSKO.
"Nunca me había pasado esto" es la clase de comentario que en labios de Roman Polanski jamás estará justificado. Si ocurren cosas raras, le pasarán a personas como él. A pesar de su reputación de urdidor, de persona eufórica, de insensible matón, Polanski ha sido, en muchos aspectos, un juguete del destino.
Cuando habla de forma entusiasta y, tal vez, una pizca en tono sentimental, sobre todas las promesas y esperanzas, el estilo y la libertad de los años sesenta, le parece a uno que no existe víctima más obvia y patente de las extremas ironías de aquel decenio.
Para Roman, los sesenta fueron años llenos de energía y logros, que terminaron (como, en cierto sentido, terminaron para todos los demás) el 9 de agosto de 1969 con el sangriento asesinato de su esposa embarazada, Sharon Tate.
Su periodo de recuperación se vio entonces jalonado de artículos constantes y odiosamente insultantes en la prensa, en los que se daba cuenta de cómo el señor y la señora Polanski habían abierto la puerta a su propio castigo y perdición (experimentación con drogas, degradación, extraños rituales, etcétera). No fue su primera experiencia de desmedidos padecimientos y humillación. Ahora está metido en una clase de lío completamente distinto.
Primero me dirigí a su piso, estilo Hockney, una verdadera monada, entre los Campos Elíseos y el Sena. Pocos edificios de pisos habrá en París más elegantes: Marlene Dietrich solía ocupar allí un piso, como también algún digno miembro (o de otro tipo) de la dinastía Pahlevi.
Esperé unos minutos en la sala de estar carente de libros mientras el ágil mayordomo de Polanski me preguntó si prefería mi vaso de cerveza coronado de espuma o no.
Opté por la espuma y no hube de arrepentirme. Polanski salió puntualmente de su dormitorio; vestía tejanos hechos a medida y camisa azul con iniciales.
Andaba con paso y gesto vivos y parecía tener unos dieciseis años, impresión que no se desvaneció tras varias horas en su compañía. Pensé que su éxito considerable y comprobado con las mujeres tenía mucho que ver con tal circunstancia.
Contemplando al pequeño Roman, las mujeres no sentirían el deseo de verse maltratadas por un priápico y problemático director de cine; tan sólo querían llevarse al pobre niño abandonado escaleras arriba y dejar que se durmiera sollozando en sus brazos.
| Lee mañana en la edición impresa de EL UNIVERSAL la entrevista completa a Roman Polanski realizada por Martin Amis |
mzr