"Yo no tengo más mal que el de amores", decía un hondureño mientras esperaba ser cuestionado por alguno de los cinco médicos que consultaban a cada uno de los que llegaban al aeropuerto de esta ciudad hondureña.
Al menos ese tiene humor, decía otro mientras buscaba la manera de pasarse rápido. Otro más comentaba: "si le digo que vengo de México me dejan pasar asustados, vas a ver".
Todas estas frases se escuchaban mientras la gente avanzaba una por una. Los niños lloraban y las madres pedían pasar antes porque se sentían mal de estar allí paradas.
Una mujer de unos 35 años pedía moverse cuanto antes de ahí porque no fuera que en ese grupo de gente hubiera alguien con el virus.
¨¿Cuál es su nombre? ¿En qué países ha estado en los últimos 60 días? ¿En dónde se le puede localizar aquí en Honduras?¿Ha tenido usted alguno de los siguientes síntomas...? eran las preguntas que los médicos formulaban a cada visitante aún antes de llegar a migración o aduanas.
Los expedientes se habían acumulado desde la mañana en que les dieron los tapabocas y los formularios para darle seguimiento a un posible brote en Honduras y evitar cualquier propagación del virus.
A pesar de la alerta sanitaria, había quienes respondían malhumorados; otros, preocupados por pensar que "esa enfermedad que hay en México" se hubiese transmitido ya a Honduras consultaban a los médicos pidiendo más información en caso de sentir alguno de los síntomas.
Los médicos respondían amables y repartían folletos de la Secretaría de Salud de la Región de Salud de Cortés.
La información sobre la gripe porcina era escueta, pero clara, habla de los posibles síntomas, recomendaciones en caso de sentirse mal y los números telefónicos a los cuales llamar en caso de alguna emergencia.
Después de estar unos 20 minutos formados frente a los médicos, el espectáculo del aeropuerto no podía ser aún más impresionante.
Los agentes migratorios, los aduanales, los maleteros y hasta los revisores de los equipajes usaban su tapabocas.
"A mí me puede dar algo porque no lo uso, soy asmático y con esto (el cubrebocas) siento que me ahogo", así que espero que no pase nada y no venga esa enfermedad para acá, comentaba uno de los maleteros mientras sostenía las valijas de quienes habían solicitado sus servicios.
Pasando los últimos controles de migración y aduanas el tema era el mismo: su deseo que la enfermedad no llegue a su ciudad.