En un país como México, los dioses en el destierro, para decirlo con la voz del poeta alemán Heinrich Heine, están al acecho. Los ídolos se insinúan detrás de los altares, las basílicas se montan sobre las pirámides, y debajo y sobre el calendario cristiano con sus santos y santorales, sus días de guardar y sus días enmascarados, bajo las fiestas civiles subyacen y se yuxtaponen los calendarios mágicos y rituales de los antiguos cultos prehispánicos.
La profundidad con que se arraiga el culto a la Virgen de Guadalupe —antigua Señora Tonatzin— gravita en torno a una incandescente ambigüedad. Al aliento florido de rosas de la Virgen de Guadalupe lo impregna de incienso copal el soplo hechicero de la Tonatzin.
La santidad en México está desgarrada, abierta en canal, como para un sacrificio, a una piedad pululante, popular y tribal que viene, inmemorial, de confines recónditos. Figuras como la del Santo Niño de Atocha, el Santo Señor de Chalma, cultos como el de San Judas, el de la Mano Poderosa o el del Jesús del Gran Poder mueven multitudes dentro del perímetro de la Iglesia instituida. A este paisaje milagroso y milagrero, que ya hace de nuestra parva República una suerte de parque temático de las potencias espirituales, se ha de añadir el que trazan, a la manera de otra suburbia imaginaria y a la par histórica, las cifras de otras figuras de la devoción popular como la de la india mazateca María Sabina —personaje, por cierto, que debería estar más presente en la historia de nuestra literatura y en particular de nuestra lírica— o la del santo de los narcocomerciantes, Jesús Malverde.
Estos personajes heterodoxos si bien prosperan en la periferia van constituyendo espacios clave de la geografía de la piedad popular, y pasan a ser sinónimos de concordia y de diálogo entre la nueva religiosidad que transcurre entre fronteras virtuales y Facebook y las rancias liturgias de la doctrina adquirida. Cabe, de todos modos, hacer matices, aun ahí, y distinguir entre las figuras que tienen o dominan palabra y aquellas que sólo se expresan mediante hechos y actos.
La santidad no está nunca lejos de la historia —y menos de la geografía—. Todo culto tiene un lugar, responde al geomagnetismo de determinada latitud. Nuestro país-pirámide, nuestro continente nacional mexicano está sembrado de túmulos y zigurats, de montes, montañas y barrancas hasta el punto de que, al preguntársele a uno de nuestros más eminentes arqueólogos cuántas zonas arqueológicas tiene México, respondió nuestro querido maestro Eduardo Matos: sólo una...
En términos históricos, por otro lado, los territorios llamados mexicanos han estado a lo largo y ancho de los últimos dos siglos en continua disputa y querella. México, tierra prometida, santuario, es y ha sido también como otras tierras santas y sagradas objeto de discordias y disputas enconadas, crónicas, inveteradas.
Uno de esos episodios fue el del conflicto religioso bautizado acertadamente por el historiador franco-mexicano Jean Meyer como cristiada. Tal designación recubrió, ennobleciéndola, y por así decir salvándola, una porción amplia del suelo y el subsuelo histórico de México. Ese movimiento de origen campesino y rural dio pie a la aparición de mártires, testigos de su fe, sacrificados y ejecutados por las armas entonces autorizadas. Muchos años después muchos de ellos serían reconocidos como santos o candidatos a santos por la Iglesia.
Pero hubo otros sacrificados, en el otro bando, en los otros bandos a quienes el movimiento generoso del perdón y la salvación instituida no ha tocado. Entre esos caídos están los anónimos a quienes la piedad popular pone flores y cruces a la vera de los caminos en que han caído víctimas de esa otra guerra vergonzosa que representan los accidentes de tránsito.
Estos hechos pueden abrir los ojos del observador sobre la ambigüedad histórica de una categoría —la de los santos— que en México tiene cédula y fecha en la Fiesta de todos los Santos, fiesta de la muerte y de la vida que expone hasta qué punto en México se encuentran en constante movimiento y acomodo las fuerzas que dan forma a los rumbos sigilosos del país llamado como la ciudad llamada a su vez como un grupo de familias —los mexicas, de quienes nos pretendemos en parte herederos, en parte rehenes.
Cierto y desierto. La canonización sólo puede ser objeto y materia de la burocracia religiosa, pero el hecho de que prosperen y pululen alrededor o fuera de ella otras figuras de santidad llama la atención sobre la existencia de redes subyacentes o latentes de farmacias espirituales e ideológicas alternas que, por el solo hecho de existir, llenan un vacío, cumplen una o varias funciones, satisfacen hambres desde un plano oblicuo.
En otros países de esta región —como por ejemplo Venezuela o la República Dominicana— la dualidad del héroe o del jefe político, la ambigüedad del culto y devoción a figuras civiles o militares embebidas de carismática energía es aceptada y aceptable como un dato de geográfica índole. Del mismo modo que hay maracuyás, se han dado los cultos a Bolívar o a Trujillo, cuyas figuras gravitan en los rituales de la santería y a las veces en la morada precaria del más pobre. Algo similar sucedió con Napoleón Bonaparte y, entre nosotros, las leyendas de Francisco Villa y de Emiliano Zapata se acrisolan y transmiten, como la del Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, en la forma retórica consabida de la tradición oral popular.
Incluso los héroes de la Reforma liberal son objeto, si no de culto, al menos sí de calendarios con claro propósito didáctico.
Estas cifras de la devoción, estas cantidades hechizadas para evocar la voz órfica de José Lesama Lima pautan las horas del reloj adentro en el almanaque nacional. Y así, más allá de la espuma de los días que propone adoraciones tan espurias como efímeras, el lenguaje mismo se despliega como un campo santo de la celebridad y de la santidad, transformando en nombres de objetos —objetivando, verificando— los nombres propios: así tenemos un hidalgo, un napoleón, un sambenito, una guillotina, leche pasteurizada...
Desde luego, en ese horizonte está la toponimia que ha sabido llamar a este mundo nuevo —América— con la denominación de uno de sus primeros cartógrafos, Américo Vespucio, y a muchos en sus países con sus apelativos de sus figuras heroicas: Colombia derivada de Colón, Bolivia de Bolívar, para no hablar en México de ciudades y estados como Guerrero, Quintana Roo, Ciudad Juárez, toponimias todas hechas al parecer para arrancar una sonrisa al dios Hermes, cuyos sacerdotes consignaban que lo que está en los cielos copia o transcribe lo que yace por los suelos. Y así, al infinito viceversa.
Escritor, premio Xavier Villaurrutia 2008