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Acuerdos y desacuerdos en Londres
Dos visiones, la anglosajona y la franco-germana, chocaron en la reunión, a pesar de las promesas de Barack Obama de promover modificaciones al sistema financiero internacional

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Eugenio Anguiano
El Universal
México, DF Viernes 03 de abril de 2009
 

A la memoria de Raúl Alfonsín, ex presidente de Argentina


La profundidad y duración de la actual crisis económico-financiera mundial ha superado los peores augurios. Cuando a mediados de 2007 afloró el problema de que algunos fondos de inversión libre (hedge funds) de Estados Unidos quebraban, porque sus carteras de inversión con alto contenido de valores respaldados con hipotecas de dudosa recuperabilidad se colapsaron, nadie imaginó que en cuestión de meses los créditos hipotecarios subprime habrían de poner de rodillas al sistema financiero estadounidense y al mundial.

Para el segundo semestre de 2008, el desastre bursátil y bancario había alcanzado su momento más crítico en EU, Gran Bretaña, Islandia (que ocupa el primer lugar mundial del Índice de Desarrollo Humano), Alemania y otros países. La fusión o quiebra de poderosos bancos de inversión de Wall Street, como Bear Stearns y Lehman Brothers, fue inevitable y llevó a la desaparición de ese tipo de instituciones, que habían surgido en la turbulenta era de la Gran Depresión y crecido exponencialmente durante el último cuarto del siglo pasado, al calor de la revolución tecnológica de las telecomunicaciones y la informática, y por la liberalización y desregulación de los mercados mundiales de dinero y capitales.

Para mediados de 2008, los gobiernos de las economías avanzadas habían intervenido en mayor o menor grado para aliviar la crisis crediticia que las hipotecas subóptimas y su desbocada bursatilización desataran. Primero, la FED estadounidense, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo (BCE) y otros similares intentaron revivir el mercado de dinero, reduciendo los intereses de redescuentos bancarios y de préstamos de fondos gubernamentales, inyectando directamente liquidez e incluso nacionalizando bancos, empresas hipotecarias y otras instituciones financieras privadas.

Ese intervencionismo estatal parece haber sido insuficiente: los bancos comerciales sobrevivientes dejaron simplemente de prestarse entre ellos y el papel comercial emitido por las corporaciones ya no tuvo compradores. El problema es que el mercado de dinero es la principal cadena de trasmisión del sistema capitalista y su catalizador es la confianza, de manera que cuando ésta se pierde aquél se seca, y ni las tasas de interés cercanas al cero nominal pueden reactivarlo (la llamada trampa de la liquidez). El siguiente paso para los gobiernos fue recurrir al gasto público como palanca para revitalizar los mercados financieros y, lo más importante, la economía real.

En las últimas semanas del gobierno de George W. Bush, el gasto federal estadounidense se incrementó no obstante resistencias de congresistas, en tanto Gordon Brown, en el Reino Unido, se adelantaba a todos en el uso de instrumentos fiscales de fomento. Pero incluso esto resultó insuficiente para evitar que el caos financiero arrastrara al sistema económico a una recesión global, misma que ha ido agravándose en vez de tocar fondo y rebotar.

El G-20, mecanismo ad hoc del FMI formado por países miembro del organismo que son los más representativos de las economías desarrolladas y emergentes, intensificó su papel de coadyuvante central en la lucha contra las crisis cuando convocó a la primera reunión a nivel de jefes de Estado o de gobierno de los miembros regulares del grupo, más España, encuentro que se efectuó en Washington, DC, el 15 de noviembre de 2008.

De allí salió una declaración conjunta que resumía las causas de la crisis actual y proponía una serie de acciones para estabilizar el sistema financiero, a la vez que sintetizaba los principios, que se supone son comunes, para reformar las instituciones de Bretton Woods y los mercados financieros, y un “plan de acción para implementar los principios de la reforma”; además, se instruyó a los ministros de finanzas y banqueros centrales de los países miembro del G-20 a que elaborasen, a más tardar el 31 de marzo de 2009, una lista de medidas concretas que sustancien el plan.

Esos preparativos marcarían la fecha tentativa para una segunda reunión cumbre del G-20, misma que finalmente se llevó a cabo el 2 de abril pasado. A su vez, esa cumbre fue precedida por una reunión de ministros y banqueros centrales, y por el cumplimiento anticipado de la preparación de una lista de posibles acciones específicas.

En la reunión del G-20 destacan dos grupos: uno que responde a la visión anglosajona de cómo enfrentar la crisis, que privilegia la intervención estatal vía gastos fiscales multimillonarios para revivir a los bancos comerciales y a otros intermediarios financieros, y con ello al mercado de dinero y capitales; y otro responde a la visión franco-alemana —la cual, sin mucho éxito, pretende representar a toda la Unión Europea—, cuyo objetivo es la conclusión de un acuerdo internacional para luchar contra los paraísos fiscales, limitar las remuneraciones de los altos ejecutivos de empresas financieras rescatadas con fondos públicos, controlar a los fondos de inversión libre, eliminar el papel de las agencias calificadoras y propiciar  un régimen regulador global.

Estas dos distintas visiones chocaron en la reunión de Londres, a pesar del anuncio del  presidente Barack Obama, la figura central del cónclave, de que su gobierno hará una profunda reforma de las normas y sistemas de control del sistema financiero estadounidense. El comunicado conjunto de esta segunda cumbre ocultó esos choques.

Otros actores centrales en los esfuerzos reformistas y anticrisis son China, Japón, India y Brasil. Los dos primeros por ser acreedores netos de EU y poseer cuantiosísimas reservas internacionales. Obama y su contraparte china, Hu Jintao, se reunieron al margen de la cumbre y convinieron en establecer un mecanismo denominado “diálogo estratégico y económico EU-China”, a fin de concertar soluciones. La participación de México pasó inadvertida, no obstante su alto peso económico relativo, hoy reforzado con una línea de crédito del FMI por 40 mil millones de dólares, más otros 30 mil millones aportados por la FED. 

Profesor e investigador del CIDE



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