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El futuro de la agricultura

La industria biotecnológica ha generado muchos mitos; uno de ellos, el más fuerte, es que los transgénicos acabarán con la escasez de alimentos y el hambre
México, DF | Viernes 27 de marzo de 2009 Aleira Lara | El Universal
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Durante décadas, tanto la ciencia como las políticas de agricultura fueron dominadas por el paradigma de la revolución verde, el cual se basa en el uso de insumos químicos y que trata a la tierra, el agua y a los agricultores como elementos prescindibles de la producción. La huella ecológica de la agricultura industrial es ya demasiado grande para ser ignorada.

En la actualidad se plantea la implementación de cultivos transgénicos como una siguiente fase de la revolución verde. Este tipo de cultivos continuarán con la sobre explotación de los recursos naturales.

La industria biotecnológica, pretendiendo vendernos una imagen de empresa altruista, se ha encargado de difundir mitos de su tecnología transgénica. El más fuerte de ellos es que los transgénicos acabarán con el hambre y las crisis alimentarias.

Estos problemas no se resolverán con la introducción de semillas transgénicas; al contrario, los cultivos transgénicos pueden agravar el problema del hambre y el endeudamiento de los pequeños productores porque requieren de mayores inversiones en semillas caras y grandes cantidades de agrotóxicos. Las semillas transgénicas no están diseñadas para resolver el hambre de los pobres, sino para producir mayores ganancias para las corporaciones y sus accionistas.

En México, el maíz se ha vuelto el blanco de dichas empresas —Monsanto, en primer lugar, seguida por DuPont, Pioneer y Syngenta—, que pretenden a toda costa liberar sus variedades de maíz transgénico. El campo mexicano representa un gran negocio para la industria, pues en los países donde se ha autorizado el cultivo de maíz transgénico ha quedado claro que es imposible la coexistencia con variedades convencionales, nativas y orgánicas. La contaminación transgénica de un centro de origen y diversidad genética de un grano —y México es el centro de origen del maíz, el grano más importante del mundo— representa el monopolio total del mismo.

Científicos de primer orden han demostrado que el maíz transgénico no ha incrementado el potencial de rendimiento de los cultivos. De hecho, los cultivos transgénicos de primera generación no fueron creados para aumentar el rendimiento sino para resolver problemas específicos en la producción del maíz (plagas y hierbas), los cuales varían según las condiciones agronómicas y la tecnología aplicada a cada zona agrícola.

En  México no tenemos problemas con malezas ni con el gusano barrenador europeo para los cuales fueron creados el maíz Roundup Ready y el Bt, respectivamente. Aunado a esto, en estados como Sinaloa se alcanzan rendimientos de hasta 14 toneladas por hectárea con maíz convencional y sin necesidad de usar herbicidas y plaguicidas. ¿Para qué queremos un maíz transgénico que plantea serios riesgos al medio ambiente y a la salud humana si tenemos variedades convencionales y nativas que pueden incrementar rendimientos significativos?

A pesar de todas estas evidencias el gobierno mexicano con un proceso irregular y tramposo ha modificado el Reglamento de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados para allanar el camino de las empresas como Monsanto para liberar sus patentes de maíz transgénico.

La política agroalimentaria que impulsa el gobierno mexicano está basada en el modelo de agricultura industrial, es decir, la implementación de monocultivos transgénicos que terminan con la biodiversidad, consumen grandes cantidades de energía y de agrotóxicos, ello con tal de exprimir la mayor cantidad posible de valor económico de cada pedazo de tierra en el corto plazo, sin prevenir impactos socioeconómicos, ambientales y generacionales adversos. La agricultura industrial es uno de los principales causantes del calentamiento global a través de la emisión de gases de efecto invernadero (emite 14% de los GEI a nivel global).

Incluso cuando la agricultura industrial crea ganancias, no es sustentable en el largo plazo y daña las áreas rurales de las que depende nuestra provisión de alimentos; no cubre las necesidades de ingreso, seguridad alimentaria y alimentación diversa y saludable de las comunidades locales.

Ha llegado el momento de reconocer cuan falsa es la “promesa” de la agricultura industrial y la ingeniería genética. Es tiempo de apoyar la verdadera revolución agrícola que satisface las necesidades de las comunidades locales y el ambiente, restablece la tierra y permite a los pobres combatir el hambre, los desplazamientos y el agotamiento de su cultura y recursos. Los gobiernos deben empezar a hacer su trabajo en lugar de destinar grandes recursos para cubrir las necesidades de la agricultura industrial y de las empresas de agrotóxicos y transgénicos.

El futuro de la agricultura descansa en la biodiversidad y en una agricultura intensiva que trabaje con la naturaleza, no contra ella; una agricultura que se pueda adaptar a un clima cambiante con una diversidad de razas y variedades de maíz como con las que cuenta nuestro territorio.

Millones de agricultores en todos los continentes están dando testimonio de que los cultivos orgánicos y biodiversos pueden incrementar la seguridad alimentaria, reponer recursos naturales y proveer de una mejor vida a los productores y a las comunidades locales.

Coordinadora de la campaña de agricultura sustentable y transgénicos de Greenpeace México



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