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Quedamos expuestos
El impacto de la crisis financiera podría ser tan grave para América Latina que termine con los avances económicos y sociales alcanzados en los últimos cinco años

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Peter Hakim
El Universal
Estados Unidos Viernes 21 de noviembre de 2008
 

Al iniciar el actual declive económico de Estados Unidos se aceptaba en amplios círculos que la calidad de la administración económica de Latinoamérica y su sólido ritmo de crecimiento de los últimos años habían protegido a gran parte de los países de la región de los peores efectos de la crisis y del estrangulamiento de crédito estadounidense (y posteriormente global).

Ahora, en contraste, la mayor parte de Latinoamérica enfrenta severos contratiempos económicos, debido a la turbulencia financiera internacional y a la descendente economía estadounidense —que han “secado” el crédito internacional—, así como a la reducción de las inversiones y de las remesas, al debilitamiento de los mercados de exportación en Estados Unidos y en todas partes, a la drástica depreciación de las monedas de toda la zona y al desplome de los precios de las materias primas.

En vez de poner de manifiesto la independencia económica de Latinoamérica, la crisis financiera ha evidenciado, irónicamente, la interdependencia y vulnerabilidad de las economías latinoamericanas ante los acontecimientos en Estados Unidos y a nivel internacional.

Evidentemente, países distintos serán afectados en formas distintas. Chile está en la mejor posición para afrontar la crisis debido a que, a diferencia de otras naciones de Latinoamérica, aumentó sus niveles de ahorro en los últimos cinco años y puede ahora implementar políticas contracíclicas. Tanto México como Brasil han manejado sus economías en forma prudente, pero México es más vulnerable porque es mucho más dependiente de los mercados estadounidenses y de las remesas, y debido a que los ingresos petroleros son de vital importancia para su economía y constituyen un amplio porcentaje de los ingresos del gobierno.

La caída de los precios de las materias primas recortará dolorosamente las exportaciones de Brasil, pero afectará su situación fiscal en mucho menor escala. Como México, los países de Centroamérica y el Caribe resultarán fuertemente afectados debido a su dependencia de Estados Unidos, pero se beneficiarán con el descenso de los precios de los combustibles y los alimentos.

Venezuela y Argentina sufren un riesgo particularmente grave por su dependencia en las exportaciones de materias primas, y porque sus economías han sido pobremente administradas y sus acreedores e inversionistas sienten que fueron tratados con dureza.

No obstante, al margen de estas diferencias, el crecimiento disminuirá significativamente en casi todos los países de Latinoamérica en 2009, lo que provocará un aumento del desempleo y la pobreza, un menor gasto y servicios del gobierno, una caída de las reservas y un incremento de la deuda. Lo que no sabemos es qué tan pronunciado será el descenso en el crecimiento ni cuáles serán sus repercusiones sociales y políticas. Ello dependerá de cuatro factores, ninguno de los cuales es fácil evaluar en este momento.

Uno es la profundidad y la duración de las recesiones en EU y Europa, y el declive del crecimiento en Japón, China e India. La visión optimista es que la economía estadounidense debe recobrarse en seis a nueve meses, pero esto se basa fundamentalmente en los precedentes históricos.

No existe una buena forma de pronosticar qué trayectoria en particular tomará la singular complejidad de circunstancias actuales. Todos los pronósticos sobre las actividades financieras y económicas han resultado ser demasiado optimistas, tanto en EU como en casi todo el resto del mundo (incluyendo China, donde el crecimiento anualizado en este trimestre podría caer a casi la mitad de su ritmo de 2007). Y los masivos paquetes de estímulos y de rescate que EU y países europeos están conformando para atender los problemas parecen estarse quedando consistentemente cortos en su objetivo de reconstruir la confianza de los consumidores e inversionistas y de descongelar los mercados de crédito.

Un problema en particular en relación con los pronósticos ha sido la incapacidad tanto de analistas como de funcionarios económicos de identificar todas las formas en que los países son vulnerables. Regularmente han sido sorprendidos —en Estados Unidos, en otros países desarrollados y en los mercados emergentes— por amenazas inesperadas. Nadie parecía saber, por ejemplo, que los sectores privados de Brasil y México habían realizado enormes inversiones en instrumentos derivados de alto riesgo, apostando en esencia a que el peso y el real eran invulnerables a una depreciación. Tampoco se mencionó el hecho de que las reservas de muchos países consisten principalmente de capital prestado, que de hecho es hipotecado contra los riesgos. Y es casi seguro que emerjan nuevas vulnerabilidades.

Todo esto sugiere que las naciones de Latinoamérica deben estar preparadas para sufrir resultados peores a los que ahora se están proyectando. Ciertamente, no debe suponerse que la región experimentará nuevamente una fase de descenso y recuperación en forma de “V” como las que tan frecuentemente ha registrado en el pasado. Esta ocasión probablemente veamos un periodo prolongado de bajo crecimiento y un ritmo menor de recuperación, similar a la crisis deudora de los 80.

Un segundo factor en juego es cómo responderán a la crisis Estados Unidos y las naciones de Europa y Asia. ¿Hasta qué grado avanzarán hacia estrategias internacionales de mayor cooperación que consideren los intereses de otros países, o cederán ante las presiones políticas internas y se centrarán en sus propias necesidades?

¿Mantendrán sus economías abiertas o es probable que atestigüemos un mayor proteccionismo, como lo ha pronosticado Richard Haas, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, además de realizar esfuerzos para mantener el capital para inversión en su propia casa? ¿Y aumentarán los nuevos recursos disponibles para las organizaciones financieras multilaterales o para préstamos directos a Latinoamérica?

La reciente reunión del G-20 en Washington fue desalentadora porque los acuerdos logrados fueron principalmente en torno de reformas para prevenir la siguiente crisis, con pocas ideas concretas sobre cómo atender la crisis actual. No obstante, Estados Unidos y la Unión Europea parecen dispuestos a perseguir estrategias de mayor cooperación: están haciendo algunos esfuerzos para coordinar sus respuestas y proponen aumentar el apoyo a las instituciones financieras internacionales.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento (CAF), por ejemplo, ya han establecido un fondo de 10 mil millones de dólares para ayudar a compañías necesitadas de crédito en Latinoamérica. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional casi seguramente recibirán recursos adicionales, que estarán a disposición de Latinoamérica.

Por su parte, la Reserva Federal de Estados Unidos ha puesto programas de intercambio, o swaps, de 30 mil millones de dólares cada uno, a disposición de cuatro mercados emergentes importantes (México, Brasil, Singapur y Corea) para ayudarles a impedir una mayor devaluación de sus monedas y evitar la implementación de tasas de interés altas que controlan las presiones inflacionarias pero inhiben el crecimiento. Pero podría volverse más difícil mantener estos esfuerzos si la crisis se prolonga y las condiciones internas en Estados Unidos y la UE se deterioran.

El tercer tema es: ¿cómo responderán las naciones latinoamericanas mismas a los problemas económicos que enfrentan?

Parece existir un consenso entre economistas de que, aparte de Chile, las naciones de Latinoamérica carecen de la capacidad fiscal que se necesita para implementar políticas contracíclicas. A diferencia de los gobiernos de Estados Unidos o de la UE, no cuentan con los recursos necesarios para estimular sus economías, ayudar a sus bancos y corporaciones, subsidiar a sus consumidores, defender sus monedas o proteger a grupos vulnerables. En la opinión de la mayoría de los analistas, perseguir esas iniciativas sin apoyo externo con toda probabilidad será un mal uso de los recursos y terminará frenando e incluso poniendo en riesgo una posterior recuperación económica.

Cuarto, tenemos una capacidad muy limitada para prever los cambios políticos que podría provocar el estancamiento económico (además de la creciente pobreza y desempleo, menos gasto del gobierno y una frustración cada vez mayor). En algunos países, la demagogia y el populismo podrían prosperar, y las políticas públicas resultantes podrían empeorar el daño económico. En otros, las políticas económicas ortodoxas, si se percibe que mantuvieron el daño en su nivel mínimo, podrían beneficiar a gobiernos más moderados.

Sin embargo, es probable que surjan tensiones políticas, junto con estrategias más polarizadas, en casi todos los países, por lo que las decisiones económicas serán un asunto de mayor conflicto.

En resumen, no existe una forma de predecir con precisión de qué forma la crisis financiera afectará a Latinoamérica. Es un error, empero, suponer: 1) que la región ha experimentado ya lo peor de los choques externos, o 2) que el efecto de estos choques se limitará en gran medida a una reducción del crecimiento, de la cual los países saldrán gradualmente para reanudar sus trayectorias expansivas previas.

Existen al menos ciertas probabilidades de que el panorama económico y político de Latinoamérica cambie en forma dramática. Una depresión profunda o prolongada (particularmente si se combina con una contracción fiscal aguda) podría hacer desaparecer los impresionantes avances económicos y sociales de los últimos cinco años en la región —entre los cuales están la aceleración de la expansión económica, el aumento de las reservas y la disminución de la deuda, reducciones impresionantes en la pobreza, una clase media floreciente y avances hacia una distribución más justa del ingreso— y tendría repercusiones políticas difíciles de pronosticar.

La creciente confianza internacional en el potencial económico de Brasil, Chile, México y otros países latinoamericanos podría perderse por algún tiempo, junto con la seguridad en sí mismos de tantos dirigentes empresariales, financieros, políticos y ciudadanos comunes de la región.

Lo que es peor, hay la posibilidad de que la crisis conduzca al colapso o casi colapso de algunas de las economías más vulnerables o mal administradas de Latinoamérica. Sobrevendría una serie de inquietantes consecuencias, y la recuperación podría ser lenta y dolorosa.

Esta crisis es diferente a las otras que han azotado a las economías latinoamericanas en los últimos años. Es un asunto global, en el que todas las economías importantes del mundo sufren de restricciones de crédito, escasez de capital de inversión, contracción de mercados, desempleo al alza y un futuro incierto. Y Latinoamérica es hoy una región profundamente globalizada. Más que nunca antes, su crecimiento y prosperidad dependen de las economías de Estados Unidos, Europa y Asia.

Probablemente pasará bastante tiempo antes de que esas naciones tengan otra vez la capacidad de ofrecer a los países latinoamericanos los mercados de exportación y el capital (en forma de préstamos, inversiones y remesas) que necesitarán para reavivar su destino económico.

Traducción: Gregorio Narváez

Presidente de Inter-American Dialogue

 

 

 

 
 

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