Enterrador, panteonero o trabajador funerario son oficios en los que pocos piensan como una aspiración o una opción de empleo pero que son el sustento de familias enteras y en los que se tejen historias que se escuchan con frecuencia.
Entre los relatos que recuerdan estos hombres destacan invariablemente los de las novias muertas, ya sea cuando son enterradas o cuando, según han visto con sus propios ojos o escuchan a través de otras personas, salen de las tumbas y caminan.
En un recorrido por panteones y funerarias se encontró varias historias. En una antigua agencia de funerales cercana a la estación de Bomberos de Azcapotzalco trabaja Emilio Macías, quien desde hace más de 25 años se dedica a atender el negocio.
El hombre comentó que hay muchas historias en ese negocio que por estar cerca de una Agencia del Ministerio Público, la 14, recibe frecuentemente casos de muertes violentas, desde atropellados y baleados hasta aplastados en accidentes diversos.
Señaló que pocas son las personas que piden que se embalsame a sus muertos, "simplemente se limpian, se arreglan, algunas veces se maquillan y se les deja guapos para que luzcan en la última reunión familiar y de amigos en honor a ellos" .
Cuando mueren por causas violentas, explicó, siempre se les practica la necropsia, y los cuerpos son entregados cosidos desde el tórax hasta el vientre bajo. También casi siempre se les saca el cerebro para ser examinado y los médicos legistas sólo evitan hacer incisiones en la frente para que no se vean cuando está en el ataúd.
Expresó que una de las historias que le resultó de interés fue el caso de una mujer soltera, de 33 años, quien murió de cáncer. "Su hermana estaba aquí junto conmigo y me trajo un vestido de novia nuevecito, lo compró para ella, para enterrarla con ese vestido, porque era su última voluntad" .
"Fue hace como ocho años, cuando la señora que me trajo el vestido me dijo: `déjela bien bonita, ella siempre quiso casarse, pero era muy enojona; tuvo muchos pretendientes, porque fue muy bonita, pero su mal genio, su altanería, porque sabía que era bonita, nunca le permitió ver a ningún hombre a su altura'" , relató.
"Desde muy joven decía que ella solamente se iba a casar con un hombre muy rico que le aguantara todo, pero nunca lo encontró, y a los 29 años se enteró de que tenía cáncer. No sé dónde le pegó la enfermedad, pero desde entonces supo que sus días estaban contados" , finalizó el entrevistado.
Juan Carlos Cano Lucas tiene 18 años de edad y desde hace 10, cuando apenas era un niño, su padre, hoy difunto y enterrado en el mismo panteón de San Isidro donde él trabaja, lo llevó para que comenzara a ayudarle con las labores.
Se trata de un joven enterrador que no sabe de otro tipo de trabajos. Hace lápidas, cava fosas, limpia tumbas, exhuma cuando se cumplen siete años de un entierro. A su corta edad y con 10 años de trabajo tiene dos historias que vale la pena contar.
Una de ellas surgió cuando una señora que visitaba una tumba le pidió que le llevara agua para lavar su lápida. Cuando él llegó con la cubeta vio que la mujer saltaba aterrada y pidiendo auxilio, pues decía que "mi marido está vivo, acaba de pegar aquí junto a la cruz, se quiere salir. Ayúdame a sacarlo" .
El joven recuerda que primero trató de calmarla y le recordó que su marido tenía más de dos años enterrado y que era imposible que estuviera vivo, que quizás las personas que estaban a unos 30 metros de ella pudieron haber movido algo que a ella le pareció que provenía de ahí abajo.
Otra de las historias no es propiamente suya sino de su padre, César Cano, fallecido el 9 de enero de 2008, quien cuando bebía de más se quedaba a pernoctar en el panteón. Sólo que en una ocasión, ya de noche, encontró algo cuando caminaba entre las tumbas.
Relató que mientras avanzaba hacia la casita donde duermen los veladores escuchó ruidos, y al voltear vio que caminaba frente a una multitud una mujer vestida de novia que le llamaba, pero él no se acercó, sino que corrió llamando a los veladores.
cgb