El colapso del plan de rescate del sistema financiero fue producto
de un fracaso más grande: el de la dirigencia política en Washington,
en un momento en que el mundo esperaba que Estados Unidos contuviera la
crisis económica que se viene en cascada.
De
la Casa Blanca al Congreso y a la campaña presidencial, los
protagonistas principales no juntaron los votos que necesitaban en la
Cámara de Representantes. Aparentemente, no comprendieron ni
respondieron en forma convincente a la intensa oposición al acuerdo
surgida entre los ciudadanos. Permitieron que la política partidista
aflorara en un momento delicado.
Si
existía alguna duda de que el presidente Bush había quedado
políticamente impotente debido a sus tribulaciones de los últimos años,
ésta desapareció el lunes, cuando, a pesar de sus súplicas personales y
de un esfuerzo de cabildeo total de la Casa Blanca, los republicanos de
la cámara baja abandonaron su plan.
Aunque
algunos legisladores rechazaron el plan con base en sus méritos --y
considerando que nadie había enfrentado antes una situación así, no hay
un "manual" probado para hacerlo-- segmentos importantes de ambos
partidos, plenamente conscientes de que sólo faltan cinco semanas para
las elecciones, decidieron que favorecer la propuesta sería arriesgar
su propio futuro político.
También,
según muchos analistas, fallaron los líderes de ambos partidos al
llevar el proyecto al pleno sin saber si tenían los votos para
aprobarlo, una mala decisión en cualquier época, pero especialmente en
este caso ante el riesgo de que los mercados y el muy debilitado
sistema financiero reaccionaran negativamente.
El
representante John Boehner, líder de los republicanos en la cámara
baja, instó apasionadamente a su partido a reunir la voluntad para
aprobar el paquete. Luego de que dos tercios de sus correligionarios
votaron en contra, intentó atribuir el fracaso a un discurso de Nancy
Pelosi, demócrata presidenta de la Cámara de Representantes.
Pelosi
cumplió entregando los votos demócratas que había prometido, pero no
pudo juntar los suficientes para evitar una derrota que podría ser
recordada por mucho tiempo.
Los
candidatos a sustituir a Bush, los senadores John McCain y Barack
Obama, estaban lejos de Washington, convertidos en actores secundarios,
en el mejor de los casos, en los esfuerzos para resolver una crisis que
uno de ellos heredará.
La
ruptura, aunque fuese temporal, puso en dramática evidencia las
dificultades para manejar situaciones de emergencia que evolucionan
rápidamente a través del lento e inherentemente político proceso
legislativo. Y a pesar del raro acuerdo de los líderes de ambos
partidos, el abismo entre lo que los legisladores escuchaban en
Washington y lo que han estado oyendo en sus distritos demostró ser
demasiado difícil de ignorar para muchos, particularmente los
republicanos.
En
la Casa Blanca, colaboradores dijeron que el presidente se ocupó
asiduamente de los teléfonos para cabildear a una decena de
legisladores. Sin embargo, numerosos republicanos, incluyendo
legisladores y veteranos de administraciones pasadas, dijeron que era
muy poco, muy tarde. Dijeron que Bush debió haber convocado a los
legisladores a la casa presidencial y asistido al Capitolio para
promover personalmente el proyecto.
"Probablemente
debió organizarse un acercamiento antes de que éste se llevara a cabo
en los últimos dos días", señaló el representante Adam Putman de
Florida, miembro de la dirigencia republicana y que respaldó el
rescate. "Pero es muy difícil tratar con una administración saliente" -cuyo poder se desvanece- "que con una que apenas inicia".
(Por Jackie Calmes / Traducción: Gregorio Narváez).