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Crónica: Las veladoras apagan la indiferencia
La neo Tenochtitlán sufrió un corto circuito por el multitudinario reclamo de miles de personas que salieron a las calles a quejarse de los abusos que padecen ante la mirada indiferente de las autoridades de seguridad

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Filemón Alonso-Miranda
El Universal
Ciudad de México Domingo 31 de agosto de 2008
00:10 Filemon.alonso@eluniversal.com.mx

Las veladoras apagan la indiferencia de la ciudad de México; la estabilidad del DF se ha roto para siempre. Ese "nunca más" al unísono ha unido las piezas de un corazón fragmentado por el arma de los delincuentes. La neo Tenochtitlán  sufrió un corto circuito por el multitudinario reclamo de miles de personas  que salieron a las calles a quejarse de los abusos que padecen ante la mirada indiferente de las autoridades de seguridad.

A las 18:30 horas  y a  150 metros de altura se puede ver cómo la semiesférica estructura de la estación del metro Insurgentes, en la línea rosa, expulsa comandos ciudadanos uniformados de blanco.  Los andenes de esa red de transporte son asaltados por ciudadanos que elevan al cielo su grito de guerra en contra de los atropellos y coacción de la libertad. Los vagones lucen repletos de individuos anónimos que llevan esperanza en sus labios.  Todos son hermanos de dolor; se cobijan, se ceden el paso y bajan armados con esperanzas de sumarse al contingente que marcha sobre Paseo de la Reforma.

Pasarela de miradas de todo tipo: verdes, café, oscuras y azules se apoderan de la calle Génova, hasta chocar con el poderoso tsunami  que se desplaza sobre Reforma. Mientras tanto, los emopunkdarketos, pasados rostros de la discriminación, observan incrédulos el tránsito de cientos de personas que repiten como canto de guerra  "Mé-xi-cooo-Mé-xii-coo". 

Entre lentes de cámaras y vendedores que vuelven una kermese la marcha Iluminemos México, cuatro españolas tomadas de la mano recorren Reforma. El cilindrero les extiende la mano para pedirles una moneda, pero ellas continúan  concentradas en su misión: pedir que cese la delincuencia en el país que han elegido como segunda patria desde hace 12 años. Una de ellas, Hilda, huyó de España tras el rescate de su marido, secuestrado en el Bilbao. "No sabes nitantito qué se siente cuando un familiar está en manos de los plagiarios; es algo no se lo deseo a nadie".  Mientras lo dice, su rostro es transmitido por un canal de televisión que sintonizan aquellos que prefirieron quedarse en casa.

grg

 
 

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