Y los desconsolados escuchan algo que suena a una promesa de justicia. Las campanas de Catedral doblan justo a las 20:30 horas, y el sonido del metal levanta una aclamación, es la voz de la manifestación contra la inseguridad, la que se propone que todos "Iluminemos México".
Todas las miradas voltean hacia la Catedral. La iluminación del Palacio Nacional se apaga. La plaza está a oscuras y el repique de las campanas viene de un fondo oscuro, como el presente sin luz de esa multitud dolida por los secuestros, los asaltos, las violaciones, pero sobre todo, por la impunidad y la corrupción.
Y luego, de la nada surge la música del Himno Nacional Mexicano. Por fin. Con música de banda, cantado. Y el mar de gente que dispersos, desordenados, habían entonado las estrofas sin ton ni son, se unifican entonces, "al sonoro rugir del cañón".
Es el final de una catarsis, la del miedo al crimen. La gente se alegra, aplaude, grita. Se siente poderosa: "Si no pueden renuncien. Que renuncien", dicen, "porque los políticos dan asco".
Encienden veladoras, las reúnen aquí y allá, en la acera y en jardineras; exhiben sus cartulinas, agitan sus banderas. Sonríen, pareciera que conjuran el mal del siglo.
Acaba a las 20:40 hrs. el doblar de las campanas y un largo aplauso agradece esa promesa de justicia.
Y caen las primeras gotas de una ligera lluvia, se abren los paraguas y la gente emprende el camino hacia afuera del Zócalo. Todo ha terminado.
-"¡Y si no pueden, renuncien!".
vrs/grg