El asesinato del niño Fernando Martí perpetrado por sus secuestradores nos ha llenado de indignación, tristeza y espanto no sólo por ese caso, de suyo terrible, sino porque, a pesar de su atrocidad, no fue un suceso excepcional.
En efecto, el secuestro es desde hace algunos lustros una pesadilla cotidiana. Es un delito extremadamente cruel y devastador. Las secuelas psíquicas que sufren el ofendido y sus familiares son destructivas y a menudo imborrables. Además, la alta incidencia de ese delito ahuyenta inversionistas, inhibe nuevas inversiones y provoca zozobra en toda la población.
Hay episodios más pavorosos que otros: con frecuencia nos enteramos de secuestros en los que se aplica tormento, se mutila o se asesina a la víctima. Se estima que el porcentaje de secuestros que concluyeron en asesinatos aumentó 80% en los últimos años. Los secuestros en su gran mayoría quedan impunes.
En la última década, la cantidad de secuestros ha aumentado. En 1998, según información del Sistema Nacional de Seguridad Pública, se denunciaron 724. En los primeros cinco meses de 2008 se tienen registrados 326, alrededor de dos diarios en promedio, por lo que de continuar esa tendencia en este año habrá más secuestros que hace 10.
Ese solo dato basta para considerar que la batalla se va perdiendo. Según estimaciones de la empresa británica de seguros Hiscox, México ocupa el segundo lugar mundial en número de secuestros, sólo superado por Colombia. Desde luego, el secuestro no es el único delito gravísimo que estamos padeciendo, pero por el impacto que produce podemos tomarlo como una de las manifestaciones más sintomáticas y brutales de la situación por la que atravesamos.
Y la realidad fáctica es peor que la oficial. En 2007 se registraron en el país un millón 578 mil 680 delitos.