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'Alimentaba a Íngrid a cucharitas porque no podía comer': Cabo Pérez
William Humberto Pérez Medina, liberado junto con Betancourt, se convirtió en el hombre de confianza, el enfermero y el baluarte de la ex candidata presidencial
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El Tiempo / GDA
El Universal
Jueves 03 de julio de 2008
18:44
A trote para alcanzar el vehículo que lo llevaría al Hospital Militar a un chequeo médico, el cabo primero del Ejército William Humberto Pérez Medina recuerda que la primera vez que vio a Íngrid Betancourt fue hace cuatro años en un campamento del frente primero de las FARC en Guanía.
Ella estaba en un grupo de civiles y él en el de los militares. Apenas si se podían ver entre las malas condiciones a las que eran sometidos, pero no alcanzaban a cruzar palabra.
Luego las FARC ordenaron conformar grupos mixtos de policías, militares y civiles, y en uno de
ellos, de 10 secuestrados, coincidieron Íngrid y el cabo Pérez.
Desde entonces este guajiro de 33 años, que ingresó al Ejército porque consideraba la milicia como un reto para su vida, pero especialmente para ayudar al sustento de sus padres y de sus seis hermanos (dos mujeres y cuatro hombres), se convirtió en el hombre de confianza, el enfermero y el baluarte de la ex candidata presidencial.
"Me decían que yo era el enfermero, el médico y hasta el sicólogo de Íngrid", afirma el suboficial.
Los dos comenzaron a fortalecer la amistad cuando en los noticieros radiales informaban sobre el vaivén de las novedades sobre el acuerdo humanitario y la ex candidata le preguntaba qué salida le encontraba él al conflicto y también sobre el camino que los llevara a la libertad.
"Hacíamos debates hasta el punto de que llegábamos a confrontaciones por las diferencias de pensamientos. Yo le decía que mejor no habláramos de eso porque siempre discutíamos, que nunca nos pondríamos de acuerdo porque ella era política y yo tenía una visión de la guerra distinta", recuerda el Cabo.
La razón de los debates, dice, tenía relación con la posición de Íngrid frente a una salida negociada que los llevara a la libertad y de paso condujera al país hacia la paz. Mientras que Pérez insistía en que la única salida era derrotar militarmente a las FARC para obligarlas a negociar.
"Si no son derrotados (las FARC) militarmente no es posible que se sienten a negociar", dice Pérez.
Sin embargo, fueron las crisis de salud de la ex candidata las que los unieron más en medio de las condiciones de cautiverio porque con sus conocimientos médicos, Pérez logró quitársela a las garras de la muerte.
Dice que la ex senadora enfrentó problemas de paludismo, que eran superados rápidamente con medicinas. Pero el momento trágico y dramático lo comenzó a padecer en el 2007 porque a las dificultades del cautiverio se mezclaron situaciones depresivas y "de salud muy graves".
"En solo dos meses llegó a un estado muy lamentable en el que casi se muere. A ella -afirma el suboficial del Ejército- le dio una depresión muy profunda que no la dejaba comer. Al no ingerir alimentos comenzó a sufrir de úlcera, de infección intestinal y se deshidrató. Y a eso hay que sumarle el efecto de tener una cadena pegada al cuello 24 horas", precisa el cabo Pérez.
Fue entonces cuando el cabo sacó a relucir los conocimientos de enfermería que aprendió en el Hospital Militar. Allí trabajó ocho meses en salas de cirugía.
"Como enfermero no puedo medicar pero en orden público es mi responsabilidad atender a los soldados y salvarles la vida. Y con ese mismo pensamiento atendí a Íngrid Betancourt", señala el militar.
Entre las condiciones adversas de la selva recuerda que un día sorpresivamente le quitaron las cadenas y aprovechó para acercarse a ella con el objeto de darle ánimos.
"Comencé a hablar con ella y me dijo que se quería morir, que mirara como la tenía la guerrilla.
Eso me conmovió. Yo le decía: todo el mundo está pendiente de usted, no se deje morir, debe ser fuerte y salir adelante", agrega Pérez.
Pero Íngrid insistía en no comer y a veces tenía que enfrentar dificultades hasta para bañarse porque no tenía alientos para caminar hasta el río debido a su debilidad.
"Le iba a dar un masaje en la espalda y duraba cinco días porque no se podía mover del dolor. No caminaba porque le daban calambres y tenía la espalda llena de espasmos", afirma el cabo.
Luego de suministrar medicamentos, entre estos uno para la úlcera gástrica, le inyectó una dosis de trabajo emotivo con énfasis en la importancia de sus hijos y el esfuerzo de su madre
Yolanda Pulecio por la liberación.
Con esos diálogos sobre la familia Íngrid levantó el ánimo y comenzó a comer, aunque con la ayuda y la insistencia del suboficial.
"De a cucharitas la alimentaba todo el día. En la foto que le dio la vuelta al mundo -en la que íngrid se ve decaída y muy delgada- ya el estómago le funcionaba mejor y le había controlado la infección intestinal con 12 bolsas de suero", dice Pérez.
Con el paso de los días la ex candidata empezó a recobrar la fortaleza y a caminar sin ayuda. "Ya no se caía y al ver su mejoría a mí me daba energía".
Ahora en la libertad, a pesar de las huellas y el sufrimiento que le dejaron 10 años de secuestro desde los hechos ocurridos en El Billar (Caquetá) en marzo de 1998, afirma que "adoro este uniforme y quiero seguir en mi Ejército".
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