A
pesar de los esfuerzos de los senadores John McCain y Barack Obama de
presentarse como candidatos dispuestos a romper con sus partidos con
tal de resolver los problemas, el debate económico con el que esta
semana iniciaron sus campañas para la elección general representa un
enfrentamiento clásico, una batalla entre la economía de la oferta del
lado republicano y la tradición demócrata de usar medios del gobierno
para tratar de reducir la desigualdad e impulsar la economía.
McCain, que alguna
vez se opuso a los recortes fiscales del presidente Bush debido en
parte a que favorecían a los ricos, ahora ha hecho de la extensión de
esos planes una parte central de su plan económico, que se basa
principalmente en el credo republicano de que las reduciones fiscales
estimulan la economía. Y está alentando otra muestra de conservadurismo
fiscal: una convocatoria a favor de un gobierno más pequeño y una
reducción del gasto.
A su vez, Obama
habla del tradicional objetivo liberal de tratar de redistribuir la
carga fiscal para disminuir la desigualdad económica y, al menos en sus
pronunciamientos públicos, no ha hecho énfasis en los aspectos
inspirados en los mercados ni en la meta de reducción del déficit de la
estrategia económica acreditada al presidente Bill Clinton y su
secretario del Tesoro Robert Rubin en los 90.
El plan de Obama
elevaría los impuestos a las personas que ganen más de 250 mil dólares
anuales al permitir que los recortes de Bush al estrato más alto
expiren, y ha indicado que consideraría la posibilidad de aumentar el
actual tope del salario sujeto al impuesto sobre nóminas del Seguro
Social.
En general, los
enfoques de ambos candidatos --provenientes de uno que ha sido descrito
como un “disidente” y otro al que a menudo se denomina
“postpartidista”-- se apegan con bastante rigor a las recetas
económicas tradicionales de sus partidos. Y esto es cada vez más la
base de los ataques entre ellos al tiempo que cada uno trata de
vincular a su oponente con una presidencia impopular.
Sin embargo, los
debates han estado influenciados por una dinámica impredecible en la
medida que la economía ha empeorado, obligando a ambos candidatos a
reconsiderar o recalibrar algunas de sus opciones. Cuando la crisis
hipotecaria se profundizó este mes, McCain decidió que se necesitaba
una mayor intervención federal para ayudar a los dueños a mentener sus
casas de la que había indicado antes.
Y el declive de la
economía hizo que Obama señalara en una entrevista esta semana que
podría “posiblemente diferir” parte de sus aumentos impositivos si las
condiciones económicas así lo recomendaban.
Una de las grandes
dudas sobre Obama es hasta qué grado combinará la más liberal
estrategia económica tradicional de los demócratas con el enfoque más
centrista de la administración Clinton, a veces conocido como
“rubinomía” por su secretario del Tesoro. Dicha estrategia otorgaba
gran relevancia a la reducción del déficit y al libre comercio, sobre
el cual Obama frecuentemente habló con frialdad durante las primarias
mientras cortejaba a los blancos de clase trabajadora, pero que en su
discurso del lunes señaló como “una causa en la que creo”.
Expertos fiscales
señalan que tanto el plan de Obama como el de McCain incrementrarían el
déficit, y que ninguno ha explicado adecuadamente cómo se financiarían
sus propuestas. Pero varios analistas señalaron que en su opinión el
plan de McCain incrementaría más el déficit.
Así, la economía se
convirtió en el primer tema de debate sobre la elección general, pero
lo único en lo que aparentemente ambas partes coincidieron es en que
están en desacuerdo. El martes McCain dijo que “ofrecemos opciones muy
diferentes al pueblo estadounidense”, mientras que Obama señaló el
lunes que cada uno tiene “una visión fundamentalmente distinta de a
donde conducir al país”.
(*) Michael Cooper y Larry Rohter / Traducción: Gregorio Narváez
vrs