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La división marca su festejo

Celebraciones por separado, sin la presencia de sus dos principales figuras totémicas: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador, en un ambiente amargo
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Jorge Octavio Ochoa / El Universal
El Universal
Ciudad de México
Martes 06 de mayo de 2008

07:53 Las recriminaciones coronaron sus 19 años. Ambos bandos aprovecharon el festejo para intercambiar discursos de odio, de culpables y acusados. No más de dos kilómetros separaron a unos de otros.

Un pastel enorme esperaba el fin de los discursos en la expo Reforma, donde Alejandro Encinas y Leonel Cota encabezaron uno de los actos.

Música grupera, payasos y luchadores avivaron la fiesta de los chuchos, en el Monumento a la Revolución.

Celebraciones por separado, sin la presencia de sus dos principales figuras totémicas: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador, en un ambiente amargo, cargado de sarcasmos, de burlas y de agresiones verbales.

“Esta es la fiesta legítima”, se vanagloriaban los encinistas; esta es la fiesta “institucional”, advertían los chuchos, y hasta los reporteros pretendían endosarse parcialidades, atribuyéndose jefaturas de prensa de uno y otro bando.

Mordacidad como navaja de doble filo, para el cobro de viejas cuentas. Dos mundos, inventados por ellos mismos: “chuchilandia” y “pejelandia”, donde caben y no caben los herejes, las intrigas, los “chantajes”, “amenazas” y “presiones”, dependiendo el lado donde se esté.

Criticar al movimiento de Andrés Manuel López Obrador “es sinónimo de traición a este país”, tronó, admonitorio, Leonel Cota; se acabaron los tiempos del “dedazo”, del partido de una sola “línea”, advirtió tajante Guadalupe Acosta, desde el otro festejo.

Al añoso mausoleo del Monumento a la Revolución llegaron ríos de gente, armada con banderas amarillas, proveniente del estado de México, en su mayoría huestes de Alianza Democrática Nacional (ADN), que apoyan a Ortega, ávidos de fiesta y jolgorio.

En un costado de la explanada, ajenos a los discursos, cientos de perredistas se arremolinaron al pie de un ring para admirar las piruetas y llaves de los luchadores anónimos, parodiando a los “rudos” y los “técnicos”, los “Encinas” y los “chuchos”, respectivamente.

Recurso para atraer gente, aunque ésta luego no les preste atención ni en lo más álgido del discurso, ni cuando la voz parece que se va a desgarrar al próximo grito que busca exorcizar el sueño que flota entre otros miles.

Allá arriba, en el templete, el presidente sustituto Guadalupe Acosta, con el coordinador de los senadores perredistas, Carlos Navarrete; la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, y el presidente del Consejo del PRD, Camilo Valenzuela.

Todos ellos en torno a los chuchos, Jesús Ortega y Jesús Zambrano, en un festejo para recordarse, con la Sonora Santanera y otros grupos, entre globos, paletas y cilindreros, en una explanada casi llena y evidencias de acarreo: 30 camiones en los alrededores.

A cuatro cuadras de ahí, en lo alto de un salón para convenciones, los encinistas hicieron lo suyo, pero sin la presencia de los hombres del gobierno legítimo, ni de los funcionarios del gobierno del Distrito Federal.

Leonel Cota, Dolores Padierna, Gerardo Fernández Noroña, Alejandra Barrales en el centro del presidium, rodeados de sus más cercanos, en torno a un Alejandro Encinas que parece el agasajado más que el propio partido, en un discurso largo, soporífero y anticlimático.

Desparraman el verbo en uno y otro acto. Cada cual eligió su mejor rincón para relamerse las heridas, mirar por la ventana de la historia y observar la ruptura que se dibuja en el horizonte.


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