J. Jaime Hernández / Corresponsal
El Universal
Washington, D.C.
Lunes 07 de abril de 2008
07:16 WASHINGTON.— Cuatro meses y 42 estados después del caucus que marcó el arranque de una histórica contienda demócrata en Iowa, las candidaturas de Hillary Clinton y Barack Obama dirigen la mirada hacia el grupo de los aproximadamente 800 superdelegados —congresistas, gobernadores y otros líderes del partido— que deberán mediar para evitar una convención sangrienta en agosto próximo.
Al acercarse el final de unas primarias que han registrado niveles récord de participación y han sacudido las estructuras del Partido Demócrata, el empate técnico que mantienen Clinton y Obama ha desembocado en una lucha que amenaza con fracturar al partido y malograr la oportunidad histórica de los demócratas por reconquistar la Casa Blanca.
“No hay razones para seguir esperando. No quiero que esto degenere en una batalla campal en la convención”, ha dicho Howard Dean, presidente del Partido Demócrata, preocupado por el cariz de una batalla entre Clinton y Obama que sólo favorece a los intereses del Partido Republicano.
Convencido de que Clinton difícilmente podrá alcanzar a Obama en el voto popular y en el número de delegados, Dean ha urgido a los 300 superdelegados que aún no se han pronunciado, a “hacer público” su pronunciamiento para evitar así un agónico final de contienda.
El llamado de Dean ha permeado entre un creciente número de superdelegados que hoy intentan evitar a toda costa el catastrófico escenario de 1980, cuando el choque entre las ambiciones del senador, Edward Kennedy, y los planes de reelección de James Carter, fracturaron al partido y allanaron el camino de Ronald Reagan a la Casa Blanca.
“Esto no puede ir más lejos sin perjudicar al partido”, ha advertido el senador por Connecticut, Chris Dodd, en alusión al creciente grado de desafección entre una base electoral que podría revertirse contra algunos demócratas que se jugarán su futuro en las boletas de noviembre próximo.
El primer síntoma de un reagrupamiento se produjo tras un cónclave realizado a finales de marzo en Montana, con la asistencia de 12 gobernadores. Según confirmó el gobernador de Tennessee, Phil Bredesen, durante ese encuentro los gobernadores asistentes “concluimos que había llegado el momento de dar un paso al frente y ejercer el liderazgo”.
Tras el encuentro de este grupo de superdelegados, Bredesen lanzó la propuesta de elegir al candidato con mayor número de delegados bajo el brazo. La iniciativa, respaldada por otros altos cargos del partido como Nancy Pelosi, líder de la mayoría en el Con- greso, provocó las iras de Hillary y de su esposo Bill Clinton, convencidos de que esta propuesta podría marcar el fin para su candidatura que aún cuenta con el apoyo de 243 superdelegados, frente a los 212 de Obama.
Tras las propuestas de Bredesen y Howard Dean, un importante grupo de superdelegados encabezados por Bill Richardson, el gobernador de Nuevo México; el senador por Pensilvania, Bob Casey; el gobernador de Wyoming, Dave Freudenthal; la senadora por Minessota, Amy Klobuchar y el ex congresista por Indiana, Lee Hamilton, decidieron dar un paso al frente para manifestar su respaldo a Obama.
El movimiento en favor del senador por Illinois ha permeado, además, entre algunos miembros que habían comprometido su respaldo a Clinton. Uno de ellos, el gobernador de Nueva Jersey, Jon Corzine, quien ha reconocido que, si al final de la contienda el voto popular no acompaña a Hillary, su apoyo podría cambiar en favor de Obama. “Sería muy difícil votar contra quien ha ganado el voto popular”, dijo Corzine.
A pesar de las presiones que le han urgido a abandonar la contienda, Clinton ha insistido que no piensa abandonar y que la última palabra la tendrán los electores.
Sin embargo, para algunos analistas como John Zogby, “si Hillay no gana por un amplio margen en Pensilvania, tendrá que ir preparando su retirada”, o dejar que el grupo de los superdelegados decidan por ella la contienda.