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Conmociona a neoyorquinos el caso Spitzer

Conocido como el guerrero inmaculado por la mano dura con que persiguió la corrupción, los neoyorquinos se quedaron estupefactos al conocer que el gobernador de Nueva York es el cliente número nueve de un prostíbulo de lujo
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The New York Times
El Universal
Nueva York / El Universal
Martes 11 de marzo de 2008

08:21 La idea de que el gobernador Eliot Spitzer --el guerrero inmaculado que prometió llevar la ética al gobierno del Estado, el ex fiscal que persiguió la corrupción en Wall Street tan ferozamente que la gente le apodó Eliot Ness-- está involucrado en un escándalo de prostitución fue demasiado. Los neoyorquinos que pensaban que ya habían oído todo quedaron, para variar, estupefactos.

Los neoyorquinos se vieron en problemas para aceptar lo que funcionarios judiciales dijeron era parte de una declaración federal: que Spitzer, identificado solamente como el Cliente 9, había hecho arreglos para encontrarse con una prostituta de lujo en Washington la noche anterior al Día de San Valentín.

En círculos políticos de la capital, Albany, en pisos de remate de Wall Street, las personas no encontraban palabras para expresar su reacción, diciendo cosas como “no vas a creer esto” y, una y otra vez, “increíble”. Y dijeron que un gobernador que hace apenas un año se había calificado a sí mismo como “la aplanadora”, ahora había aplanado su carrera.

Sin creer del todo en la telenovela que se desarrollaba a su alrededor, legisladores en Albany pasaron el día escribiendo en sus Blackberry y hablando en sus celulares. Fue un derrumbe capaz de paralizar a un gobierno, “como Pompeya”, indicó un funcionario estatal.

Y la reacción no quedó confinada al Capitolio. Un hombre que conducía cerca de la casa del gobernador apuntó su dedo medio hacia la mansión en señal de molestia.

El gobernador no estaba ahí. Pasó al menos parte del día en Manhattan, después de cancelar toda su agenda pública. Estuvo en el centro, lejos de Wall Street, donde la animosidad perdura. Los operadores recuerdan que cuando era fiscal general del estado cimentó su reputación con la feroz persecución legal de altos ejecutivos por fraude y otras violaciones a las leyes bursátiles.

“Enlodó a mucha gente, y mire lo que ha hecho”, indicó Ben Clarke, quien trabaja para una compañía de tecnología con clientes en Wall Street. Sorbiendo un vino tinto en un café de la plaza Hanover, agregó que “la hipocresía es increíble”.

Otros neoyorquinos dijeron estar más que decepcionados de que alguien que alguna vez pareció estar por encima del mundillo político habitual hubiera caído en desgracia de forma tan poco decorosa.

“Me siento traicionada”, señaló Frances Kay, una empleada de la ciudad que vive en Queens. “Cuando contendió por la gubernatura sentí que su campaña tenía altos estándares, que él los tenía”.

De inmediato, el líder republicano de la Asamblea local, James Tedisco, y el presidente del partido republicano, Joseph N. Mondello, exigieron su renuncia. “Ha deshonrado su cargo y a todo el estado de Nueva York”, indicó Tedisco.

Joseph L. Bruno, el líder republicano del Senado que ha tenido una relación tormentosa con Spitzer, dijo que se sentía “muy mal por la esposa del gobernador, por sus hijos. Lo importante es que los servidores públicos hagan lo correcto, porque hay muchos retos allá afuera y es importante que gobernemos”.

“Ha perdido credibilidad a un grado tal que no puede seguir gobernando”, consideró el especialista en imagen y relaciones públicas, Owen Blicksilver. “Debe buscar el mejor arreglo posible y hacerse a un lado”.

Pero también hubo quienes recordaron el escándalo de Monica Lewinsky, que condujo al juicio político contra el entonces presidente Bill Clinton, y el arresto del senador Larry Craig, republicano de Idaho, quien fue declarado culpable de pedir favores sexuales en el baño de un aeropuerto el verano pasado. Ellos siguieron adelante, asumiendo en los hechos una postura de “¿y qué?”.

“Mientras haga su trabajo, ¿a quién le importa?”, señaló Laverne Lott, un consultor de ventas de Brooklyn. “Todos tenemos esqueletos”.

(*)Por James Barron /Traducción: Gregorio Narváez).


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