22:08 Figura escuálida y una voz entera (aunque severamente criticada) que podría envidiarle cualquier veinteañero. "¡Bobby!", le gritaron unos. "¡Maestro!" respondieron otros. "¡Poeta!" insistieron algunos más.
Sin emitir discurso alguno a la audiencia, Bob Dylan se colgó la guitarra y entonces cantó para 10 mil personas en el Auditorio Nacional.
Habían pasado 17 años desde la primera vez que El poeta del rock se presentó en el Palacio de los deportes, en lo que fue (según la opinión de los que estuvieron ahí) una noche "desafortunada", por aquello del pésimo audio del lugar.
Pero ésta, su segunda vez de Dylan en el Distrito Federal, fue muy diferente.
No hubo abucheos, sino ovaciones y muchas muestras de respeto, además de cientos de jóvenes encantados de admirar a la leyenda viva más importante del rock y otras centenas más de fans de antaño que admiraban sorprendidos la entereza con la que Dylan se desenvolvió sobre el escenario.
El primer concierto (de los dos que Bob Dylan ofrece en esta capital) fue una noche en la que destacó el blues, aunque también el cantautor recordó su etapa folk.
El repertorio representó un recorrido por sus canciones más conocidas, tales como Rainy day women, It ain't me babe, Watching the river flow, Masters of war y The leevee's gonna break.
En un escenario clásico donde sólo se dejó ver la esbelta figura del músico de Minnesota y su banda de cinco mosqueteros, el ganador del premio Príncipe de Asturias 2007 pudo lograr que muchos de sus admiradores tocaran Las puertas del cielo.
Al principio la audiencia se mostró asombrada, aún no creían que tenían a esta leyenda delante de ellos.
Al paso de las tres primeras canciones, la gente se contagió de energía, a pesar de ello ni un gesto pudieron robarle al intérprete.
El concierto concluyó después de casi dos horas con su clásico Blowin' in the wind y la más coreada del concierto Like a rolling stone.
fml