07:20 WASHINGTON.— Sin John Edwards ni Rudy Giuliani, la carrera por la presidencia de Estados Unidos se queda de un golpe sin dos de sus más serios competidores. Los votantes en las primarias los forzaron a irse, pero entre ambos existe un abismo en la forma de dejar del campo de batalla: son dos maneras opuestas de fracasar.
Edwards se va con la cabeza en alto después de pelear cara a cara con Hillary Clinton y Barack Obama entre los demócratas, pese a contar con muchos menos medios. El ex alcalde de Nueva York, por el contrario, se marcha por la puerta de atrás, habiendo dilapidado un enorme capital político. “Quizá vivió en una ilusión”, afirmó ayer The New York Times, mientras que The Washington Post lo califica de “irrelevante” y habla de una “mareante caída libre”, tan “precipitada como impresionante”.
Todo 2007 y hasta hace poco más de tres meses Rudy Giuliani era el gran favorito en las todas las encuestas. Era más que nunca “el alcalde de América”; el hombre al pie del cañón el 11 de septiembre de 2001, cuando hasta el presidente George W. Bush estuvo desaparecido.
El dinero también fluía. Al 30 de septiembre, Giuliani era el candidato que más dólares había recaudado con la excepción de Mitt Romney, que contaba con inyecciones extra de su multimillonaria fortuna personal.
Sin embargo, desde entonces todo fueron malas noticias y errores. Primero saltó el escándalo de un antiguo colaborador suyo procesado por fraude. Después los rumores de que usó fondos públicos para proteger a su novia, ahora su esposa, cuando era alcalde. A ninguna de estas acusaciones respondió con firmeza Giuliani, permitiendo que la neblina se posase sobre su ética.
Después renunció a hacer campaña en Iowa y a participar en New Hampshire y anunció a bombo y platillo que su campaña nacería con fuerza en Florida. La estrategia era increíblemente arriesgada: nadie ha ganado una nominación sin imponerse en alguna de las seis primarias iniciales.
En enero, Giuliani trabajaba los votos en Florida, pero sus esfuerzos resultaron en vano. Los medios no le dedicaban atención, y él tampoco hacía por atraerlos. Aún peor, los que sí le prestaban atención salían desencantados por su aparente falta de entusiasmo.
El declive era imparable. Giuliani lo sentía, pero no parecía hacer nada por ello. El resultado: un fracaso innegable.
Por su parte, Edwards también cometió errores y tuvo que enfrentarse a incómodas acusaciones, como su corte de pelo de 400 dólares, pero por el contrario, hizo también numerosas cosas políticamente adecuadas.
Encontró su nicho de votantes entre las clases medias y bajas, conformó un discurso claro y conciso que lo situó claramente en el espectro político, criticando a las grandes corporaciones y defendiendo los derechos de los trabajadores. Y mientras tuvo que afrontar la noticia de que el cáncer había vuelto al cuerpo de su esposa, Elizabeth, y esta vez de manera incurable.
Su problema no sólo fue que ese nicho de votantes no era lo suficientemente grande, sino sobre todo que enfrente se encontró a dos colosos, Hillary Clinton y Barack Obama, que polarizaron toda la atención e, inevitablemente, los votos. Edwards, el modesto hijo de un molinero de Carolina del Sur, vio un rayo de esperanza cuando quedó segundo en los caucus de Iowa, relegando por unos pocos votos al tercer lugar a Clinton. Pero fue sólo un espejismo, porque en todas las demás citas quedó tercero. Las matemáticas no salían, y ayer confirmó en Nueva Orleáns que abandona la carrera.