08:24 La Royal Academy of Arts londinense muestra a partir de este viernes un conjunto de obras maestras, fruto en gran parte de la pasión coleccionista de dos industriales rusos con un certero instinto que les permitió descubrir, antes que muchos, el valor de los pioneros del arte del siglo XX.
La estrella es sin duda el monumental cuadro de Henri Matisse "La danza" (1910), pero hay muchas otras joyas de ese maestro francés, de Picasso, Cézanne, Van Gogh, Renoir, Vlaminck, Braque, Derain o rusos como Goncharova, Malevich, Kandinsky, Punin o Tatlin, que hacen sin duda de la exposición, que podrá visitarse hasta el 18 de abril, la más importante del año en la capital británica.
"La danza", un cuadro de 260 por 391 centímetros, que muestra a un grupo de seis figuras femeninas bailando en corro, sobre un fondo verde y azul, es la respuesta de Matisse al desafío lanzado por Picasso con "Las señoritas de Aviñón".
Es una obra cuya inquietante energía, bárbara y primitiva, unida a la asombrosa economía de colores y estilización de trazos, representa, como la de Picasso, aunque de modo muy distinto, una ruptura total con la pintura tradicional.
Si, influido por el arte africano, Picasso había llevado con "Las señoritas de Aviñón" en 1907 el primitivismo a extremos desconocidos en el arte europeo occidental, su rival Matisse se vio obligado a responder, y lo hizo al año siguiente primero con el enigmático cuadro "Bañistas con una tortuga" y con "Armonía en rojo", que puede verse también en la exposición londinense.
Serguéi Schchukin, uno de los dos ricos industriales rusos, vio "Bañistas con una tortuga", vendido a otro coleccionista, quedó fascinado y encargó a Matisse una obra en las mismas tonalidades verdes y azules, y fue entonces cuando el francés creó "La danza".
Schchukin llegó a anular en determinado momento el pedido, tal vez temeroso de la reacción negativa de la crítica a su primitivismo sin concesiones, y estuvo a punto de comprar en su lugar un Puvis de Chavanne, mucho más tradicional, pero finalmente y por fortuna rectificó.
Schuchkin no fue sólo hasta 1914 el más fiel de los clientes de Matisse, su pintor favorito, sino que también compró numerosos Picassos que, partiendo de la ruptura de "Las señoritas de Aviñón" documentan su rápida evolución hacia el cubismo.
Llegó a poseer hasta 37 obras de Matisse, 16 de Gauguin, dieciséis de André Derain, cuatro de Van Gogh, ocho de Cézanne y nada menos que cincuenta de Picasso, y su casa se convertiría pronto en cita obligada de los artista de vanguardia rusos: desde Tatlin hasta Larionov, Goncharova o Malevich.
El segundo coleccionista ruso, Ivan Morosov, al igual que su amigo frecuente viajero a París en busca de lo último en pintura, reunió una colección de trescientas obras maestras de pintores del impresionismo y postimpresionismo francés como Monet, Bonnard, Renoir, Gauguin y Cézanne, entre todos, su artista favorito.
El estallido de la Primera Guerra Mundial puso fin a aquellos viajes a la capital francesa, y tanto Schchukin como Morosov se concentraron en sus negocios hasta que en 1918 los bolcheviques nacionalizaron sus negocios y sus colecciones.
La colección de Schchukin, quien mientras tanto había conseguido huir de Rusia a Kiev con un pasaporte falso y una muñeca llena de diamantes, se abrió al público ruso al año siguiente con el título de Primer Museo de Pintura Moderna Occidental.
Morozov siguió algún tiempo aún en Rusia, y sufrió la humillación de que el Estado le nombrase director adjunto de su propia colección nacionalizada, hasta que finalmente se refugió en Suiza con su esposa y sus hijos.
Los dos museos se fusionaron en 1928 y se cerraron al público en 1948, y, por un decreto del dictador José Stalin, sus colecciones se repartieron entre el museo Pushkin, de Moscú, y el Ermitage, de San Petersburgo, aunque hasta 1974 no volvieron a exhibirse en su totalidad, entre otras cosas porque los responsables soviéticos preferían el arte académico.
La llegada a suelo británico de las obras maestras de esas y otras importantes colecciones, como la galería Tretiakov, ha estado precedida de tensiones entre Londres y Moscú derivadas de la negativa rusa a extraditar al Reino Unido del hombre al que se reclama por el misterioso asesinato del ciudadano de aquel país Alexander Litvinenko.
La exposición estuvo a punto de cancelarse cuando Moscú dijo que no podía aceptar las garantías británicas de que las obras estarían protegidas frente a cualquier intento legal de confiscarlas en caso de demanda de los herederos de los dos coleccionistas rusos.
Finalmente, el Gobierno británico publicó un decreto que da seguridades a Moscú de que las obras podrán volver a Rusia tal y como salieron.
mzr