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La tratan como reina

El caminar de Sandra Ávila Beltrán por el penal de Santa Martha Acatitla no pasa inadvertido. La acompañan internas para lo que se le ofrezca. Reparte besos, saludos y alguna frase al oído de otra reclusa

Sandra Ávila Beltrán en el penal de Santa Martha Acatitla. (Foto: Especial )

Martes 15 de enero de 2008 JOSÉ GERARDO MEJÍA | El Universal

sociedadyjusticia@eluniversal.com.mx

V estida con blusa y pantalón beige entallado, chamarra corta afelpada en tono mostaza con adornos formados con lentejuelas doradas, gruesos lentes blancos contra el sol que combinan con sus zapatos de tacón que la levantan 11 centímetros del piso, Sandra Ávila Beltrán sale de su celda, la zona más aislada del penal de Santa Martha Acatitla, para darle voz a su cautiverio.

El maquillaje en tono oscuro y las pestañas bañadas en rimel agrandan sus ojos, por lo que su rostro contrasta con aquellas fotos de su detención cuando miraba a la cámara entre coqueta, altiva y, literalmente, sin rubor. Eso sí, hoy como ayer sigue con la sonrisa tatuada.

Sí, con su esmerado arreglo parece que dejó su celda del segundo nivel del dormitorio A para irse a una cena ambientada con música de banda y después, bailar de manera obligada una de sus canciones favoritas a mitad de la pista.

A diferencia del resto de las internas, Ávila Beltrán identificada por las autoridades como La Reina del Pacífico, originaria de Tijuana, pero avecindada desde niña en el estado de Sinaloa, recibe ahí a sus familiares y no, en los dos grandes patios como lo hacen el resto de las internas.

“Es por seguridad”, comenta en su oficina el subsecretario de gobierno capitalino, Juan José García Ochoa, quien subraya que desde la muerte de El Caníbal, hacen marcaje personal a Sandra para evitar otro “suicidio” y de paso, la avalancha de críticas en su contra.

García Ochoa conoció a Sandra días después de que se ella se quejó ante la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal porque el lugar estaba atestado de chinches, por lo que se fumigó de inmediato.

A mediados de octubre, el funcionario acudió a un acto donde se dieron a conocer algunas actividades de las internas. Los presentó la directora del penal femenil, Margarita Malo, y de acuerdo con algunas de las internas que estuvieron presentes, García Ochoa hizo una caravana que remató con un enfático: “¡A sus órdenes, señora!”. Cuando se le cuestiona, él lo niega y asegura que solamente preguntó que cómo la estaban tratando, no más.

Es jueves 9 de enero, la cita está pactada a las 11 de la mañana, aunque ella se presenta unos minutos tarde porque se estaba bañando, según explica Ricardo, custodio con modales de empleado de la diplomacia que anuncia el arribo del embajador, y no, de un uniformado acostumbrado a lidiar con unas mil 800 reclusas en turnos de 24 horas de trabajo por 48 de descanso.

“Sí, mis compañeros me critican por eso. Dicen que aquí hay mucha escoria, que debo ser duro, pero las internas son seres humanos. Quiera Dios que yo nunca esté como acusado”, confía luego de santiguarse. “Amén”.

Ese día, Ricardo es el guardia que escolta a las visitas de Sandra tras pasar la aduana de ingreso general hasta llegar a la planta baja del edificio A. Ahí hay un amplio comedor, hileras de sanitarios, dos áreas verdes y un patio enfrente. Arriba están las celdas. Es el hábitat de Sandra desde finales de septiembre.

Cuando hace su arribo, la llamada Reina del Pacífico llega con el cabello suelto, aún húmedo, en un tono que pasó de negro a negrísimo, acompañada de una custodia y un trío de internas a sus espaldas, que lo mismo le alcanzan cigarros o que van a la tienda que está a unos cuantos metros, siempre viendo hacia todos lados sin ver.

A su paso, Sandra va repartiendo miradas que tienen regreso, también hay besos, saludos y alguna frase al oído de otra reclusa que termina con una sonrisa cómplice.

Se mueve como si llegara a un restaurante del club de moda para tomar tés de sabor exótico con un grupo de amigas que van a hablar de todo y de nada.

Su voz, actitud y semblante son los de una mujer que acaba de estrenar camioneta del año y no los de una acusada que está en la agenda de Estados Unidos para ser extraditada por sus presuntos nexos con el narcotráfico tras ser detenida el 28 de septiembre de 2007.

“Creo que la confianza en mí misma, es algo que molesta, pero no entiendo por qué”, comenta molesta, al momento que aflora su acento norteño. Cuando habla, mueve su mano izquierda donde destaca un anillo blanco con piedras incrustadas que parece quebrar su dedo anular.

Se le pregunta si llevaba puesta la joya cuando le robaron sus pertenencias, por lo que abre más los ojos para aclarar que “adentro, nadie me ha hurtado nada, pero afuera, las autoridades federales me robaron mi libertad”.

A la par de la salutación, ella se decide por el área verde que está a su derecha y señala una mesa de las 12 que están debajo de las dos palapas que tiene esa esquina y que ya limpia la más menuda de sus acompañantes.

En los patios, las mesas que están debajo de las palapas se alquilan a los familiares hasta en 50 pesos, mientras que las plegables se cotizan en30, dinero que se reparten un puñado de internas, custodios y otras autoridades.

Las otras dos internas, también vestidas de beige, pero ellas sí, con moda tipo uniforme escolar —colores oficiales de las que aún no han sido sentenciadas— se sientan unos pasos más allá, en tanto la custodia ocupa la mesa más cercana a Ávila Beltrán.

En esa zona están las reas que no tienen visita, por lo que el aislamiento provoca un ambiente cordial, casi como de centro de reflexión.

La uniformada baja el volumen del radio para reforzar el silencio y por sus gestos, parece que quiere hacer crecer sus orejas, pero tras moverse de un lado a otro, agacha la cabeza con resignación.

La oficial es la única autorizada para estar en la celda de Ávila Beltrán hasta que la releven; además, puede estar otra interna, la que ella ha autorizado para llevar a cabo el aseo, lavar su ropa, o cocinarle, como lo hacen con las que pueden pagar.

Así, evita el llamado rancho, que es el desayuno, comida o cena que se preparan en el penal y que La Reina ha probado en alguna ocasión. Ese día, sus familiares le llevaron comida, por lo que esta vez se abstiene con un ensayado, por melodioso “no, gracias”.

Mientras platica, sus compañeras le preguntan si quiere esto o lo otro, a veces a gritos desde las escaleras de otros pisos, lo que rompe con el ambiente de monasterio, pero no, ella ya se tomó un café.

Al parecer no tiene celular, como ocurre con muchas de ellas, ya que en una de sus bolsas lleva una tarjeta ladatel, opción que usa cada vez más frecuentemente, aunque se queja de que las casetas están muy dañadas.

Por disposición oficial, cuando una persona del exterior reciba una llamada del penal, debe escuchar una grabación donde se le notifica el origen de la misma, sin embargo, unas casetas la tienen y otras no, ya que las internas se cooperaron para pagar algunas líneas libres.

El motivo, muchas de las reclusas llaman a los domicilios de otras internas para extorsionar a los familiares, ya sea para dar protección o para cobrar adeudos por compra de drogas y préstamos, o bien, simplemente quieren el anonimato, que no sepan dónde están.

Una de ellas es Teresa, quien hace unos días la regresaron a su celda con todo y maleta por algún papeleo, por lo que las decenas de abrazos quedaron en un simulacro de despedida. Teresa, cuando otorga un préstamo, exige 100% de intereses sobre el monto en un plazo de 24 horas; Si hay atraso, presiona a la rea, a su familiar durante el día de visita o de plano, llama a su casa y a la par, la deudora es golpeada junto con otras internas más.

El encuentro con Sandra es obligado. Es para que decida si concede o no, una entrevista, situación que no la emociona porque “se han escrito muchas mentiras sobre mí, parece que hay línea de la PGR”.

Se le propone una entrevista telefónica, aunque finalmente acepta el encuentro porque, “cuando hablo me gusta que me miren a los ojos”, remarca para romper el silencio.

Mañana, en la última entrega, Sandra Ávila Beltrán hablará acerca de su proceso de extradición.



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