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El arribo a San Lázaro

Dos días antes de que Felipe Calderón rindiera protesta como presidente de la República, su equipo cercano ideó una estrategia a fin de madrugar al PRD que, con el PAN, tenía tomada la tribuna de San Lázaro
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    SERGIO JAVIER JIMÉNEZ
    El Universal

    Sábado 01 de diciembre de 2007

     sergio.jimenez@eluniversal.com.mx

    Dos días antes de que Felipe Calderón rindiera protesta como presidente de la República, su equipo cercano ideó una estrategia a fin de madrugar al PRD que, con el PAN, tenía tomada la tribuna de San Lázaro.

    Planearon una ceremonia, transmitida en cadena nacional, para el primer minuto del 1 de diciembre, apenas pasada la medianoche en donde se le entregó la banda presidencial a Calderón después de un análisis jurídico que corrió a cargo de César Nava, su hoy secretario particular.

    El equipo de transición de Calderón se encargó de organizar una ceremonia en la que el actual mandatario recibiera la Banda Presidencial de manos de un cadete del Colegio Militar, al cual se la entregaría Vicente Fox, presidente en turno.

    El equipo de Fox determinó que sí era viable organizar un acto protocolario en donde él se despojara de la Banda Presidencial y simbólicamente de la investidura, para entregársela a Calderón.

    Rubén Aguilar y Maximiliano Cortázar, responsables de las áreas de comunicación de cada equipo, fueron los encargados de que, así, disminuyera la tensión y la atención, sobre lo que ocurría en San Lázaro.

    El fin era dividir y restar tensión a la ceremonia de transmisión del Poder Ejecutivo a un nuevo titular.

    Las horas previas al arribo de Calderón fueron de cabildeo, llamadas telefónicas constantes, reuniones con coordinadores parlamentarios, intentos de acuerdo, pero en ninguno participó directamente el hoy mandatario, todo se dejó en manos de Santiago Creel y Héctor Larios.

    En días posteriores, les reconocería su colaboración.

    Sin embargo, hubo una ausencia notoria, según relatan quienes estuvieron detrás de la organización y planeación del acto y la estrategia: Manuel Espino, el dirigente nacional.

    Según datos recabados por este diario, Espino Barrientos siempre se mantuvo ajeno al acto.

    Alegría, al olvido

    La casona de la calle de San Francisco se convirtió en un hervidero de gente 72 horas antes de que Felipe Calderón rindiera protesta en San Lázaro como Presidente de la República.

    La pregunta de los medios de comunicación se hizo más que constante ante la cercanía del 1 de diciembre. ¿Va a ir Calderón a San Lázaro o habrá una sede alterna?.

    La respuesta del equipo de Calderón, que al principio era de incertidumbre, se convirtió en un sí, con un dejo de necedad.

    Calderón entraba y salía de la residencia a discreción. Su equipo lo hacía lo más rápido para no ser abordados por los medios que eran mantenidos detrás de las rejas colocadas por el Estado Mayor Presidencial.

    En el interior no había caras de alegría. No había felicidad. Los rostros de los coordinadores parlamentarios, el senador Santiago Creel y del diputado Héctor Larios, siempre fueron de preocupación.

    Los timbres de los celulares no dejaban de sonar y ellos de atender los últimos detalles de la ceremonia, además de preparar, con antelación y prácticamente en secrecía, la salida de Fox y la llegada de Calderón a Los Pinos, en cadena nacional, en vivo, en todas las radios y televisiones que quisieran tomar la señal de Cepropie.

    Aquel momento de lágrimas, de gritos de euforia y del baño de champagne que se dieron los panistas el seis de septiembre, cuando se le entregó a Calderón la constancia de mayoría se había quedado lejos.

    Había una sensación de reto, de preocupación sin llegar a la angustia, pero sí de inquietud de lo que ocurriría en el Palacio Legislativo el 1 de diciembre de 2006.

    Durante una junta del equipo del michoacano se tomó una determinación: ir a San Lázaro, así hubiera que hacerlo en medio de una andanada de agresiones de todo tipo. Ahora, a un año, el equipo del panista celebrará con un desayuno en Palacio Nacional, aunque la sombra de la protesta y la inconformidad de un sector de la población, aún lo sigue.


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