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Chiapas: El agua se llevó un pueblo sin agua

Sobrevivientes narran cómo el alud se tragó a varias personas
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Alejandro Suverza
El Universal

Miércoles 07 de noviembre de 2007

00:06 alejandro.suverza@eluniversal.com.mx

JUAN DE GRIJALVA, Chis.— Un fuerte zumbido alarmó a la región. Varios habitantes pensaron que la presa Peñitas reventó. Eran las 20:00 horas cuando el viejo Santos Cartagena miró su reloj, mientras escuchaba su grabadora en la noche quieta. Segundos después, ésta dejó de sonar y la oscuridad lo envolvió.

Su casa estaba en la parte alta de Juan de Grijalva. Su hijo, que vivía más abajo, subió de inmediato. Y ambos, con una lámpara de mano, bajaron y alumbraron un poblado que había desaparecido. “Eso fue de un pasón, quién sabe cómo pasaría”, dijo.

En la más dramática paradoja, el agua se llevó un pueblo que nunca había tenido agua potable.

Las explicaciones técnicas del derrumbe —hasta el momento mantiene a 25 personas desaparecidas y más de 500 damnificadas—, describen que el domingo una cordillera de cerros se desgajó sobre el río Grijalva y provocó una enorme ola que arrancó de tajo el caserío. Sólo quedaron cimientos. Hoy sobre el Grijalva, con una profundidad de más de 100 metros, hay dos lomas enormes de tierra y piedras que no deberían estar ahí.

Aureliano y su testimonio

Los horarios coinciden. En el poblado estaban las casas del pastor Porfirio Díaz y de su madre Corita Buochot, que no podía caminar. No hacía mucho que la misa en la iglesia adventista había terminado aquí. Y Aureliano García Balboa había tomado su lancha para trasladar a los vecinos de las diferentes comunidades establecidas a lo largo del río.

No pudo llevar a nadie a su destino porque después del zumbido sintieron que el agua les empujó con todo y embarcación.

Casi 12 horas después, aún con las botas y ropa enlodadas, platicaría su relato. Decía que la lancha iba llena, pero él y otro compañero sobrevivieron, ya que “aquello”, fuese lo que fuese, partió la lancha.

Cualquier cosa podía pasar en esta región cercana a Peñitas y a menos de 15 kilómetros del volcán Chichonal, que hizo erupción en 1982 y les aterró. Les temían a ambos eventos. Algunos aún se preguntan si fueron las lluvias o movimientos del “titán”. Por eso, muchos corrieron y sólo pararon hasta que el zumbido cesó; se quedaron toda la noche en el monte junto con sus familias. Otros, se refugiaron en lomas más altas. Los más arriesgados acudieron al lugar para saber si alguien se salvó.

Las condiciones eran harto adversas. Era de noche, estaban incomunicados desde el sábado. Las lluvias los dejaron sin líneas de teléfono y a veces sin luz; aquí no hay señal que capte el celular y la única opción es la banda civil. Después de que regresó la energía eléctrica, las bocinas con altoparlante de algunas comunidades informaban a la población que tenían que salir para la cabecera municipal de Ostuacán. Sabían que algo había ocurrido, mas ignoraban el qué.

El regidor Emilio García Hernández, habitante del poblado vecino Playa Larga, mantenía contacto con la presidencia municipal para saber qué ocurría; cerca de las 3:00 horas, don Antonio Buochot tocó a su puerta y le informó que la comunidad Juan de Grijalva desapareció y que su propio hijo había corrido a la loma.

A las 6:00 horas del lunes, en tres lanchas fueron río arriba a buscar sobrevivientes. Cerca de la zona del desastre, los militares les instruyeron irse pues era muy peligroso. Poco antes, se toparon con el hijo del agente municipal del poblado, Milton Navarro, arrastrado por la corriente hasta que se aferró a un árbol; les contó que gritó a su padre (Abimael) para advertirle, pero no lo escuchó porque permanecía atento a la banda civil, mientras su madre (Rosa Bouchot) corría para la loma. Desde su guarida vio como era tragada por el agua.

“Nadie lo puede creer. Dicen que no hay muertos, pero hay un montón”, dijo Emilio García; y nombran a Abina, su esposo e hija, al pastor Porfirio Díaz y su madre Corita, a Lorenzo y Roberto López, a Crispín Hernández, a Genaro Sánchez y Miguel Ruiz.


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