00:01 sergio.jimenez@eluniversal.com.mxOSTUACÁN, Chis.— En medio del lodo yace una libreta de catecismo y en ella aparece una lista con los nombres de los evangelizadores adventistas del pueblo Juan de Grijalva.
“Ella salió con nosotros; ésta otra tiene una niñita que se le quebró la cabecita; a él y su esposa decimos que ya no existen, vivían allá abajo, a esa hora ellos ya estaban durmiendo”, relata Víctor Sánchez, uno de los sobrevivientes, quien da detalles de los nombres de la lista, todos ellos sus conocidos pues era el responsable del centro de salud.
Algunos salvaron la vida, otros quedaron sepultados por miles de toneladas del fango causado por el desgajamiento del cerro en Juan de Grijalva; ahora sólo queda en pie la base del asta bandera de la escuela.
“A José Manuel Herrera lo atendíamos en el centro de salud porque se quebró una ‘pata’... pero se vino el cerro y lo ‘jallamos’ (hallamos) más tarde allá —señala—, atorado en el árbol, pero no se murió... ahorita ya está a salvo gracias a Dios, dice que el agua lo subió y lo bajó, quedó desnudo, el agua le quitó la ropa”, cuenta en su relato.
Muchos de los habitantes ya se encuentran en un albergue. En el pueblo quedan sólo dos hombres que atestiguan la llegada del presidente Felipe Calderón, quien recorre la zona y escucha los testimonios de quienes corrieron y corrieron de noche hacia la montaña para no ser arrastrados por la ola de agua y lodo.
Samuel Sánchez le cuenta a Calderón: “Yo perdí mi camioneta, se la arrastró el lodo... pero el río también se llevó a mi padre... nomás a mi madre la pude sacar”, y se le quiebra la voz. Se hace el fuerte y le dice al mandatario: “Yo te conocí en tu campaña, te puedo comprobar que te apoyé, fui tu coordinador”, y saca de su cartera la tarjeta que lo identifica como panista. “Lo hice por convicción de tener un presidente con el corazón en la mano, este es el momento en el que necesitamos de ti”.
Calderón le responde: “Les vamos a echar la mano, muy comprometido, independientemente del apoyo que te agradezco... gracias”.
El caso de Salomón Ruiz es aún más triste, perdió a cinco familiares entre sus papás, hermanos y sobrinos.
Por el suelo hay ropa hecha jirones, pedazos de trastes, postes de luz torcidos por una fuerza sobrehumana que deja ver su esqueleto de varillas y, a la distancia, una casa torcida que aguantó el arrastre de varias decenas de metros, pero que no sucumbió al deslave.
“Queremos los cuerpos”
La demanda sólo es una en el albergue de los sobrevientes, en donde Calderón escucha llantos e intenta apaciguar la tristeza: Que se recuperen los cuerpos de los familiares, sólo quieren darles un entierro digno. Calderón y el gobernador Juan Sabines se comprometen a ello, aunque la tarea se calcula titánica.