Al principio de la larga noche del domingo 2 de julio de 2006 no se sabía aún quién era el ganador de las elecciones, sólo se tenían las evidencias de que Roberto Madrazo, candidato del PRI, quedaba en un rezagado e irremediable tercer lugar.El triunfo se dividía entre Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Por el Bien de Todos, y Felipe Calderón, del PAN. La incertidumbre dominaba el ambiente por lo cerrado de los resultados. En los rostros de los cercanos a ambos abanderados dominaban las mandíbulas apretadas.
Los seguidores de López Obrador atiborraron desde temprano la plancha del zócalo, pero “ya desde las 11 de la noche teníamos la sensación de que algo turbio había ocurrido; el freno intempestivo del PREP; el silencio de Luis Carlos Ugalde. De haber ganado ellos, lo habrían publicitado inmediatamente”, dice un año después uno de los hombres cercanos al ex candidato.
Al mismo tiempo, en el tercer piso de la sede nacional del PAN, Felipe Calderón, reunido con su equipo de campaña, respiraba la sensación de frustración. Ésta terminó la madrugada del siguiente jueves, cuando casi al término del conteo preliminar de los 300 distritos en el IFE, por fin, sabiendo que era presidente electo, pudo dar rienda suelta al júbilo frustrado aquella noche.