A la mitad de la calle de Júpiter en la colonia San Simón, hay un altar a la Santa Muerte. Decenas de jóvenes juegan un partido de fútbol, otros conversan mientras se beben la tarde con cerveza.
Es un pedazo rebelde ubicado al norte de la ciudad de México, señalado como una cueva de maleantes y vendedores de droga. Incluso en diciembre pasado, las Unidades Mixtas de Atención al Narcomenudeo de la Procuraduría General de la República (PGR), realizaron un operativo y detuvieron a tres personas por posesión de cocaína.
Pero lo que en estos 100 metros de asfalto se gesta es un semillero de posibles delincuentes. Los jóvenes aquí no tienen expectativa de vida, ni siquiera tienen parámetros que los conduzcan por el camino de la productividad. Se asean y se arreglan para pasar mañana, tarde, noche, parados en las esquinas como si estuvieran esperando. Es una calle llena de vidas interrumpidas.
Es la juventud en este y otros espacios del Distrito Federal que además de estar sumidos en el estigma, están aislados de la sociedad de las oportunidades. Son visibles judicialmente, pero invisibles ante los ojos del Instituto Nacional de la Juventud. Rut Berenice, una joven con una niña de tres años, llamada Alondra, con lo que sueña es tener una tienda de abarrotes propia. Jesús —que cursó hasta sexto de primaria y trabajó temporalmente haciendo pulseras que vendía en Tepito, donde vive su padre—, piensa muchos minutos para decir qué es lo que le gustaría ser de grande y al final dice que no sabe.
Ariadna, una joven de 23 años, dice antes de entrar a trabajar a una fábrica de chocolates, su rutina diaria era pararse, ir al mercado, bañarse, leer la Biblia y después dar vueltas en el barrio: “Mis padres, no me dieron la oportunidad de estudiar, ni me enseñaron lo que es bueno y lo que es malo”.
Giovanni, tiene 12, es futbolista y su equipo preferido es el Pumas. A eso sale a la calle, sólo a jugar y después se mete a estudiar. Oswaldo de 19 dejó de estudiar porque sus padres son adictos, ahora ya no quiere seguir porque aprendió a reparar trailers.
Le da 200 pesos de gasto a su abuela, le compra los pañales al hijo de su hermana y lo demás se lo bebe. “Me baño, me salgo a ver que hay, pero nunca hay nada más que beber”, dice.
Otros caminos
A 11 estaciones de Metro de aquí, el escenario se pinta diferente. En Iztacalco. “El Memo” acaba de llegar con un auto que le presume a su novia Dulce María de 15 años. Aparte del vehículo, obtuvo de sus víctima un botín de tres mil 500 pesos.
“Ya tenemos varo para cotorrearla”, le dice a ella y a otros siete vecinos de su calle. La tarde y la noche se hacen cortas. Una patrulla los cacha abordo del automóvil en el que beben cerveza y vodka. “El Memo” y uno de sus cómplices escapan. Dulce María y los otros cinco son detenidos. El coche iba ser vendido al día siguiente a un tipo apodado “El Tío” que ofrece entre 3 y 5 mil pesos, pero la policía frusta las intenciones.
Lejos, muy lejos de la escena de la captura, en dos esquinas de la colonia Juárez, Manuel y Ricardo intercambian miradas. Tienen que mantenerse separados para que los clientes se acerquen. Es la vida de dos jóvenes que alguna vez trabajaron para la empresa Avantel con un sueldo base de 4 mil pesos.
Son pareja, desde hace dos años viven juntos. Un problema legal y la mala situación económica a pesar de tener empleos formales los orilló a tomar lo que ellos mismos llaman el “camino fácil”, el de la prostitución.
Ahora se alquilan, e intercambian saliva y caricias por 400 ó 600 pesos. “Tomamos la decisión medio en broma, medio en serio. Estábamos con el agua hasta el cuello porque unos meses antes de compartir casa nos habían acusado de robo agravado en pandilla a casa habitación. En Avantel ganábamos cuatro mil pesos al mes, sueldo que podemos ganar en una semana por trabajar media noche, así que lo dejamos”, comparten.
Olvidados por el gobierno
Se sienten discriminados. Ignorados. Piden una oportunidad. Un espacio más allá de la esquina de su barrio. Un foro donde expresarse. Tener su propia voz. Son 27 millones según datos del INEGI y dos de cada diez no forman parte de ninguna institución como la escuela, la religión o el empleo, describe la Encuesta Nacional de Juventud del 2005.
Sólo 10% de ellos cuenta con una profesión, aunque 72% tiene un trabajo que no se relaciona con la carrera que estudió. El resto, tiene estudios de secundaria, tres de cada diez son comerciantes. Su única institución confiable es la familia, según la encuesta.
Es la única que les ha respondido y que se ha adaptado a los cambios. “En la familia no hay error. Cuando los hijos se casan añaden pisos a la casa. Cuando la mamá ha salido a trabajar las abuelas cuidan a los nietos, cuando los adultos de 30 años siguen en casa, los padres se adaptan. Cuando caen en la cárcel, los apoyan y los sacan, si se puede”, dice José Antonio Pérez Islas, investigador de la UNAM y especialista en jóvenes.
“La familia se está adaptando a la modernidad, es la única institución que funciona. En un 80%, la familia les consigue su primer empleo, aunque se trate de una labor delictiva, pues también ese contacto los lleva a la delincuencia”, dijo el especialista.
Poca oferta laboral
El 10% de la población joven tiene una carrera universitaria, el resto son empleados que se dedican a la mano de obra a trabajar en empresas trasnacionales, al comercio informal o a delinquir. A ese 10% los estudios le sirven para conseguir un empleo, sino bueno por lo menos mejor pagado, que a alguien que sólo cuenta con la secundaria o preparatoria. Pero además existe la posibilidad del engaño.
La falta de acceso a la educación, las diferencias de sueldos entre hombres y mujeres —esta comprobado que cuando las carreras se feminizan, el salario disminuye— la discriminación laboral —actualmente no hay ningún reglamento para aceptar a jóvenes rapados, con piercing, o tatuajes— y el desempleo, son los factores que obligan a la gente a acudir a cualquier oferta laboral.
Hugo Italo Morales, presidente de la Comisión Laboral de la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación, dice que los esquemas de gobierno para empatar los requerimientos y demandas de las empresas con la oferta estudiantil fracasaron por la falta de promoción e incentivos hacia las organizaciones.
En la calle de Júpiter en el barrio de San Simón, dicen los jóvenes que hasta su esquina o la puerta de su casa no ha llegado ningún programa juvenil del gobierno del Distrito Federal.
Vías de escape
En la delegación Álvaro Obregón, Martín Ponce, director general de Atención a la Salud y Desarrollo Comunitario, asegura que suben y bajan las calles, las barrancas y vecindades, las escuelas y los parques para recuperar los espacios de convivencia y rescatar a la juventud del narcomenudeo.
El Circo Volador un lugar de expresión para darketos, punketos, metaleros, góticos, hip-hoperos y otros géneros, también se convierte en un respiro. Se ofrecen talleres de cartonería, batik, capoeira, danza contemporánea, ballet, teatro, cuento de terror y cursos de asistente de negocio Microsoft. “Es sólo el derecho de ser y vivir lo que se es. La mayoría de los chavos en el Distrito Federal vienen de la marginalidad y la jodidez y buscan su lugar en una sociedad que difícilmente tiene algo para ellos”.
En la calle Júpiter de la Colonia San Simón, la noche comenzaba a hacer presencia cuando Ariadna decía que sólo necesitaba una oportunidad para salir de su barrio de siempre, el empleo ya lo tenía como trabajadora de una fábrica de Chocolates, que entonces se convertía en su único vehículo de escape al que se aferraría a partir de ahora.
(Con información de Cinthya Sánchez, Alejandro Medellín, Alejandro Parra, Elizabeth Borges, Joel Cortés).