Supo manejar una pistola 9 milímetros desde los 15 años. Adicto al cristal y a la cocaína, vivía una vida de violencia en la que vio morir a casi todos sus amigos y en la que estuvo a punto de sucumbir.
Más de tres años le tomó salir de ese círculo. “Caí hasta lo más hondo. Me entraban ataques de delirio de persecución. Pensaba que en cualquier momento me iban a matar”, recuerda Jesús, de 17 años.
“Cuando mataron a uno de mis amigos, desde un coche en marcha que nos disparó, supe que yo sería el siguiente. Escapé de milagro y durante semanas me escondí en casa. Sabía que vendrían por mí.
Pero luego se desataron ataques masivos y murieron aquellos para los que yo trabajaba. La muerte de mis jefes fue una señal de Dios porque gracias a ello pude alejarme de la organización”.
Cuando cumplió los cinco, sus padres decidieron emigrar a Estados Unidos, para dejar atrás un cinturón de miseria de ciudad Nezahualcóyotl.
“Cuando llegué a Los Ángeles los demás niños me decían que yo era un mojado. Me trataban de lo peor. Me insultaban y me pegaban. Y yo no entendía porque ellos, morenos y de origen mexicano, me veían diferente. La profesora anglo nos insultaba. Nos decía que los inmigrantes éramos criminales y no merecíamos estar en este país”.
Ex miembro de la “Eighteen Locos”, una de las más violentas pandillas de Los Ángeles, supo lo que era manejar una pistola desde los 15 años.
A los 14 años fue reclutado. “En las escuelas hay varias pandillas. Y todos se dedican a reclutar a niños. Y muchos lo hacen con amenazas. A veces no te queda otra. En mi caso, pertenecer a una pandilla me sirvió para que nadie se metiera conmigo”.
Al final, fue un policía quien lo sacó adelante. “Juan Ramírez, que en paz descanse, nunca me quitó el ojo de encima. Me dijo que nunca era tarde para cambiar. Me dijo que él era la mejor prueba mientras se arremangaba la camisa y me enseñaba el tatuaje de la cruz que llevaban los Pachucos. Supe entonces que era tiempo de escapar y salvar mi vida. Por eso siempre le estaré agradecido”.