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El desayuno desnudo

Una curiosa des-individualización, la democracia de la carne que mucho se ha comentado, donde todos éramos simplemente personas sin ropa, reloj, zapatos, lentes, auto o cartera
El desayuno desnudoEl desayuno desnudo
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Jorge Alberto Angulo Fonseca
El Universal
Ciudad de México
Miércoles 23 de mayo de 2007

 Había un tráfico inusual en la ciudad. Al salir de casa, a las 4 de la mañana, parecía más bien la noche temprana de un día normal. Nos preguntamos, medio en broma, si toda esta gente iría a la foto. A las 4:20, cuando tomamos Avenida Juárez, había un congestionamiento. Madero estaba cerrada, también las calles alrededor del zócalo: ya no había dónde estacionarse. Rodeamos la Alameda y bajamos frente al Museo Mural Diego Rivera. De ahí, a pie. Se unían decenas, luego cientos. Al llegar a Allende, eran miles en la fila. Más adelanté para ver el acceso, donde los no registrados reclamaban su entrada. En la cola, gente pedía y regalaba formas de registro para que la dejaran pasar. Poco a poco avanzamos, entregamos el papel y nos acomodaron bajo los portales frente al Palacio Nacional. Ahí esperamos. El ánimo era de euforia, nervios. Sonaron goyas, el "Cielito Lindo", Mé-xi-co, Mé-xi-co. Así nos dábamos ánimo.

Todavía era noche cerrada. Seguía entrando gente, pero nadie podía pasar a la plancha, así que nos movieron a la esquina del edificio de gobierno local. A mi lado había un grupo de jóvenes, todavía con las marcas de bronceado de la playa y acentos 'fresas'. Al otro, un hombre moreno, en shorts de correr, y su mujer, extrañamente vestida con un vestido negro largo. Tunick habló pero no lo escuchamos por un falso contacto en el sistema de sonido. Era una carrera contra el tiempo, contra la luz. De la derecha, sacaron a una chava cargando; decía: "creí que podía hacerlo, pero soy demasiado gringa y estoy demasiado peda." Risas nerviosas. Ya empezaba a clarear. Se acercaba el momento y muchos nos quitamos camisetas y zapatos. Tres dos uno y todos a desvestirse con movimientos incómodos, apretados entre la muchedumbre. Salió la ropa interior, y ya se podía ver la marea de cuerpos que entraba a la plaza mayor. La ropa a una bolsa, y sin dudarlo, avanzamos.

Al caminar, nos volteamos a ver y comentamos lo surreal de la escena: cuándo te hubieras imaginado desnudo en el zócalo, al amanecer. La mayoría sonreía, algunos corrían y saltaban para quitarse el frío. Por supuesto, era imposible no mirar a los otros. Al hacerlo, una curiosa des-individualización, la democracia de la carne que mucho se ha comentado, donde todos éramos simplemente personas sin ropa, reloj, zapatos, lentes, auto o cartera; nada había de lo que diariamente marca la diferencia entre clases. Ya en la plancha, recibimos instrucciones; pasos hacia adelante y hacia atrás para llenar mejor el espacio. Una enorme tabla gimnástica de todas edades y condiciones. Finalmente, las fotos. Tunick era una figurita lejana en un balcón. De frente, click. Acostados con la cabeza orientada hacia el mástil, click.

Al terminar la tercera toma, la posición de 'concha', creímos que todo había terminado así, anticlimático. Pero nos dirigieron hacia 20 de noviembre, como una enorme manifestación sin reclamos ni violencia. Ondearon banderas de seda de color, saludamos a los policías y mirones en las calles aledañas. Invitamos a las monjas y enfermeros del Hospital de Jesús a bajar y desnudarse. Un camillero respondió quitándose la camisa. Acomódense y más fotos: arriba su mano derecha, ahora la izquierda, click click.

La desnudez ya ni se notaba, sólo el sentimiento de absoluta libertad sin inhibiciones. Las pocas personas que al principio se cubrían el sexo con la mano dejaron de hacerlo. De regreso al zócalo, nos mandaron a los hombres a vestir. Las mujeres posarían en una foto extra. Al encontrar mi bolsa y cambiarme, nada me parecía raro, pero al ver a la primera mujer pasar desnuda ante la mirada de una jauría masculina, vi el error. Varias mujeres rompieron filas, mentaron madres y se fueron de la última foto. Algunos hombres habían reaccionado y hacían vallas, o airados manoteaban los celulares y cámaras que apuntaban con morbo.

Cuando todos estábamos vestidos, la sensación era como haber corrido una carrera: físicamente agotados, pero emocionados y contentos. Y el día apenas empezaba.



 

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