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Crónica de un desnudo

Mi padre me llevó y me dejó sólo a unas cuantas cuadras de la zona marcada; ahí iba yo, solo, con ese frío de la mañana que cala hasta los huesos, pero con el único propósito de lograr estar ahí
Crónica de un desnudoCrónica de un desnudo
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Miguel E. Martínez Morales
El Universal
Ciudad de México
Miércoles 23 de mayo de 2007

 3:45 am, suena mi despertador y yo ya lo esperaba a él, era la hora que deseaba con ansia de un tiempo atrás, me alisté con ropa ligera, fácil de arrancar y que no estorbara, solamente una sudadera, un pants y mis tenis, tres cosas que cubrirían mi cuerpo y de las cuales me desprendería sin ningún temor.

Pasaban ya de las 4 y cuarto y yo seguía en casa iba un poco retrasado, pero con los ánimos de poder entrar y dejar el pudor detrás de todos mis temores, la cita: El Zócalo de la Ciudad de México; mi padre me llevó y me dejó sólo a unas cuantas cuadras de la zona marcada; ahí iba yo, solo, con ese frío de la mañana que cala hasta los huesos, pero con el único propósito de lograr estar ahí, entre la gente que también había decidido ser parte de esta historia.

Mientras más me acercaba, el número de gente ahí reunida se hacía cada vez más incalculable, razas, colores, estilos, edades, tamaños, miradas y pensamientos por fin se estaban volviendo uno solo. Me formo en una fila que no se veía donde empezaba, y que en pocos segundos tampoco se veía su final, todos con la incógnita de si sería la fila adecuada y con el temor de que en un largo lapso de tiempo nos dijeran: “esta es para los que no traen registro, la de entrada es aquella de allá”, a la vez que señalaban una hilera que pareciera no tener límite dentro del primer cuadro de la capital.

Todo eso quedó atrás cuando alguien pasó gritando, “con el formato en la mano se les va a ir dando la entrada”, la desvelada hasta el momento ya había tenido su primera recompensa; chavos, que al final se volvieron mis cómplices de esta aventura, empezaron a romper con el hielo, y comenzamos a ver las razones que nos llevaron a todos a la misma hora al mismo lugar.

Las causas eran diversas, pero ninguna con mala intención (o por lo menos nadie lo expuso así), locura, ser parte de esto, me animé de última hora, rebeldía; parecían ser las causas más justificadas; en mi caso, todavía me pregunto que hacía ahí. Conocido por ser un poco callado e introvertido (aunque ya en confianza creo que soy más abierto), me encontraba ahí, parado, sabiendo que nunca más los volvería a ver, o por lo menos no en la situación que ahí nos reunía.

Poniendo los últimos datos sobre la hoja de papel que sería mi boleto de entrada y mi único comprobante de que realmente había estado ahí. Fui avanzando hasta una valla en donde verificaban que nadie que no estuviera registrado, ingresara. Yo, con mi hoja en la mano, no tuve problema, al igual que la gente con la que ya había hecho un vínculo, solo dos cuadras nos separaban de donde sería el gran evento de este año. Un segundo retén nos pidió nuestro boleto, y nos dio el pase a más de una hora de haber llegado.

A cada paso que daba, el nervio invadía mi cuerpo y la adrenalina corría por mis venas, el Zócalo era cada vez mas inmenso y más imponente, y nos hacía ver cual hormiga sobre una gran mesa, nos fueron acomodando en los arcos, ya que una parte del conglomerado ya estaba sentado sobre la acera, y ahí permanecimos por espacio de 20 minutos, estábamos hombro con hombro, y no sabíamos si nuestros vecinos serían nuestros guardaespaldas dentro del evento, o solo momentáneos compartidores del aire que se respiraba.

En esos momentos, pude ver la cara de varios varones sonreír, ya que tenían a su lado a chicas -guapas o no era lo de menos-, ya que la mayoría éramos del sexo masculino, y era raro ver que alguna “niña” se atreviera a hacer lo que ya no estaba tan lejos de suceder.

La voz de un colaborador se escuchó a lo lejos y como pudimos nos levantamos para oír lo que decía; simplemente nos cambiaron de lugar y con ello perdí a la mayoría de los que yo ya consideraba mis camaradas. Pero eso no fue suficiente para disuadirme de despojarme de todos los prejuicios que sobre nosotros pendían de parte de la sociedad conservadora de nuestro país.

Solo un brother de 19 años quedó conmigo, después de que éramos como 6 o 7 los que ya nos sentíamos amigos, pero el ánimo que nos rodeaba era intenso y rápido hicimos la plática con un grupo de chavos que se veían igual de entusiasmados por el evento. Dos mujeres y 4 hombres, de no más de 25 años y con el ánimo que representa ser parte de una juventud que se aloca a la más mínima provocación.

El tiempo pasa y el mundo se empieza a desesperar, ya son casi 2 horas y media y no tenemos conocimiento de nada, en eso, un sonido de micrófono viciado se empieza a escuchar, todos sabemos que la hora esta por llegar, se empiezan a dar instrucciones, pero no logramos oír con claridad lo que se dice, y tenemos que limitarnos con hacer lo que el grupo de enfrente hace, para tratar de imitarlos, por momentos se alcanza a distinguir una voz en inglés, pero de todas maneras nadie a mi alrededor sabe que significa.

“Faltan 5 minutos” dicen por ahí, la adrenalina calienta la atmósfera y quita por momentos el frío que se siente sobre la plancha central. Silencio. Ahora. La gente comienza a despojarse de algo más que sus ropas, una libertad recorre el centro histórico. Nosotros somos los históricos de esta jornada. Unos corren hacia el asta bandera, que al igual que la multitud, esta desnuda, no hay símbolo patrio esta mañana.

Unos sonríen, otros se abrazan y unos cuantos más lloran, todos logramos hacer lo que parecía algo impensable, nos desnudamos ante una multitud, tiempo después se sabría que fuimos más de 18 mil los que lo hicimos, cada quien por una motivación diferente, pero al fin y al cabo por una causa conjunta. Tomarnos una foto en cueros.

Tomando nuestras posiciones copamos la plaza central de la capital, cada cuadro de 90 por 90 quedó ocupado por un alma, que pedía a gritos una liberación de esta magnitud, algunos quizás esperaron más de 40, 50 o 60 años para una convocatoria de este tipo, y por fin había llegado la invitación.

Haciendo el saludo a la bandera, acostados sobre el pavimento frío, y enconchados; sin importar el dolor sobre las rodillas, fueron las posiciones que tomamos, para que el artista pudiera hacer las tomas pertinentes, y así poder plasmar en un rollo, la valentía de miles de cuerpos que quisimos dejar un pedazo de nuestra intimidad al desnudo de todo el mundo, en un amanecer que nunca voy a olvidar.



 

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