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Crónica de Tunick

Pensé que ya no llegaría, que el factor no-puntualidad que me caracteriza me iba a privar de participar en la instalación del Zócalo. Justo a las 4:35 horas sobre la calle de Madero me encuentro con una fila enoorme...
Crónica de TunickCrónica de Tunick
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Alejandro Rizo
El Universal
Ciudad de México
Miércoles 23 de mayo de 2007

 Pensé que ya no llegaría, que el factor no-puntualidad que me caracteriza me iba a privar de participar en la instalación del Zócalo. Justo a las 4:35 horas sobre la calle de Madero me encuentro con una fila enoorme que se encamina a una pequeña carpa. Muchos se forman (incluido yo) mientras otros avanzan sin tomar en cuenta la cola de gente. Esto no avanza. Una llamada a mis amigos que quedaron de llegar ahí mismo. No contestan. ¡Qué cabrón este güey!, dejó de seguro su celular en el coche. Trato de perder el tiempo buscando gente conocida. Ja, ese tipo se parece a mi maestro del CCH.

Avanzamos por fin dos pasos sólo para descubrir que se accesa más rápido sin formarse (pero aun así no me salgo de la fila). Una persona usando un altavoz no deja de hacernos indicaciones pero es tanto el murmullo de la gente que no se entiende nada. Por fin logramos llegar a la carpa y descubro que la gente que llega formada sobre la calle de ¿palma? converge con nuestra fila maderista. Un policía auxiliar me dice que es mejor salirme de la cola para meterme por la esquina contraria de la calle, ¿o sea que me meto por ahí donde están todos los representantes de los medios amontonados?

Con todo no parece mala idea. Huyo de un tipo con micrófono que en versión topless pretende entrevistarme y me colo por entre dos vallas donde un elemento de seguridad del DF me exige que me quite la gorra (¿para qué?) y que entregue mi forma de registro debidamente firmada a la señorita que se encuentra más adelante. Habiendo concedido mi pase de entrada me hacen correr con gorra en mano para sentarme justo enfrente de la banqueta del hotel Majestic junto con otras chorro mil personas que, contentas, también toman lugar en el frio piso dando la espalda a Palacio Nacional. Una llamada más a mis amigos. La misma respuesta. Transcurre el tiempo entre buscar conocidos y soportar a los tipos al lado mío que con el pretexto de ser muy mexicanos no dejan de gritar porras a quien pase por enfrente. Batos bastos.

En total abren cuatro cervezas que no sé de donde salían. Hasta a mí se me antojó una cervecita. ¡Chinge a su madre el tunick! ¡ya se tardó! dice el basto. No, mejor ya no quiero cerveza. Primeras pruebas de sonido. Dejan caer por el balcón superior del Majestic una manta con una gran letra A y la imagen correspondiente a la posición de pie. ¡Aaahhh! gritan muchos a manera de escolares, risas (¿te cae que sí me tengo que encuerar? falta poco).

Goyas, porras y por fin: ¡Hola México! dice Spencer en claro acento gringo.

Gritos, emociones (falta menos, ¿y dónde carambas están mis amigos?) Se pide silencio y esta sería la primera sorpresa del día: completa mutis para escuchar atentos. Incluso mis compañeros patriotas callan y escuchan. Se dan las indicaciones y nos piden esperar un poco más. Llegan las goyas y surge el coreado y no bien aprendido Cielito Lindo. Nuevamente Spencer se dirige a nosotros y el frío se hace más evidente, pero más bien tiemblo porque estoy solo y porque irremediablemente voy a tener que desnudarme. Tal vez si soy el primer individuo que se desnude no sufra tanto. ¡Uno, dos… tres! dice el señor Tunick. Rápido, quítate los zapatos primero, ¿o sería mejor quitarme la playera primero? El contacto de mis pies con el piso frío me hace querer voltear a los demás: Color rosa, mucho color rosa a mi alrededor, y yo sigo en medio de aquella masa con mis bóxers rojos todavía puestos. Cuando pude por fin despojarme de todas las conexiones materiales que me ataban a este mundo mucha gente ya se dirigía a ubicarse según las instrucciones dadas.

¡Qué extraño!, el piso del Zócalo en algunos puntos es tibio y confortable.

De aquí soy, justo en este cuadrito voy a posar y no me pienso mover. ¿Qué dijo Spencer? ¿Que nos recorramos hacia atrás? Soy medio sordo y encima el gringuito quiere que avancemos más hacia atrás, no voy a escuchar las indicaciones. Ay, aquí el piso ya no está calientito, aquí esta frío. Volteo para todos lados y sigo sin ver a mis amigos, tal vez eso sea bueno, porque el piso frío hace que mi anatomía no luzca precisamente esplendorosa. ¿Ya tomaron una foto? Híjole, no sonreí. Spencer pide entonces (según los que están delante de mí) que saludemos a la bandera, eso no me gustó pero pues obedezco.

Ahora quitan la manta que muestra la letra A y ponen la de la letra B (mostrando que debíamos tirarnos al piso boca-arriba). Huy, esto va a estar peyorativo, no creo que mi pálido trasero soporte la heladez del piso. Pero el problema no fue el trasero, sentir el adoquín frío en la espalda dolió. ¿A qué hora amaneció? El cielo está muy bonito, a pesar de que ayer llovió en la noche no alcanzo a ver ni una nube. Pinche pájaro, no más no se te ocurra hacer una gracia encima de nosotros. Entonces me obligué a voltear a mi alrededor, la imagen que vi sería otra gran sorpresa: Un mar de piel con olas grandes y pequeñas hacían una tempestad de humanidad. Ver un horizonte colmado de gente es algo que nunca voy a olvidar. Otra vez de pie y ya ponen la manta con la tercera posición… ésta es la que me temía. Ay cómo tardan en acomodarse, yo por lo pronto ya siento las rodillas y los pies adoloridos por la forzada posición fetal que nos pidieron.

Risas, muchas risas. Albures, mucho albures y más risas todavía. Je, ¿me estarán viendo mi trasero expuesto? No lo sé y me vale. Con los ojos cerrados es más fácil estar en esta posición. Nuevamente de pie, y ahora nos dirigen a la calle de 20 de noviembre. No quiero estar rezagado, camino rápido, rápido.

Ahora estoy casi hasta adelante. ¿Habrán venido mis amigos?, no los veo.

Desorden total, nadie sabe hasta dónde hay que caminar, el Palacio de Hierro ya quedó atrás. Mejor me regreso un poco. ¡Júntense lo más que puedan unos a otros dando la espalda a la catedral por favor! grita una chica por un magnófono. Muy bien, hago lo que piden. Ya estamos pegados, muy pegados.

¡Levanten su puño derecho! Okay. (¿Alguien me rozó la nalga?) ¡Levanten su dedo índice! (¿Quién carajos me habrá torteado? ¿voltearé o no?) ¡Norberto Rivera, el pueblo se te encuera! Ja, ja. Es entonces que convocan a mujeres únicamente a enfilar rumbo de Palacio Nacional.

Como ya me puedo vestir corro apresuradamente con la premura de no poder encontrar mi ropa. ¡Uf!, ahí está mi bolsa. La desnudez queda atrás. Ya terminó. Me hubiera gustado ver el tipo de cámara que usa Spencer. ¿Qué hago?, ¿busco a mis amigos?, ¿prendo un cigarro? (no, ese vicio ya lo dejé). Mejor me voy. Llegando a los andenes del metro Bellas Artes me doy cuenta de la tercera sorpresa del día: dejé mi gorra en medio de aquel mar de tropa. ¡Mierda! Pero valió la pena… con todo y que sigo solo.



 

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