Todo fue un impulso casi de último momento, nos lanzamos Haydeé, Nayely y yo. En la madrugada, camino al zócalo, todo es pura adrenalina (llegaremos a tiempo? podremos participar y registrarnos?), el taxi se encuentra con su primer embotellamiento un domingo a esas horas desmañanadas. Vemos por las ventanas a las personas en sus coches, algunos con hojas blancas en las manos, y sabemos que van al mismo lugar que nosotras. Nos da gusto, y nervios, empezamos a ver los rostros y contar... parecen muchos más hombres que mujeres... qué chido que seamos tantos...
De plano nos embotellamos, y le pagamos al taxi para continuar a pie. Muchos caminan por el mismo lugar al mismo destino. Somos muchísimos, qué chido, ojalá que no encontremos a alguien conocido (vendría el asalto del pudor), hay una fila interminable de gente esperando con sus registros en la mano para entrar al zócalo. Un chavo nos empieza a hacer plática y se nos pega. Buena onda. Pero no queremos cerca rostros ni medianamente ni fugazmente conocidos... logramos perderlo, logramos arrebatar un formato entre otras manos nerviosas, logramos entrar al zócalo (rapidísimo, sin formarnos!). Nos acomodamos en el primer espacio libre, donde la gente espera sentada, con sus bolsas de plástico para guardar lo que traen puesto junto a ellos. Llevan esperando ya un buen rato. Estamos al lado de una pareja gay ya madura, de buen humor, que nos cae bien y no nos hace sentir amenazadas. Ya se nota el toque mexicano: se arma la ola. Se escucha la porra de la UNAM. Nos reímos de gusto, de risa, y de nervios. Algunos están tendidos en el suelo y tratan de dormir. Tranquilos. En son de paz, venimos todos. Muchos vienen con el novio o la novia, el esposo o la esposa. Nos van moviendo de un bloque a otro. No sabemos cuántos somos pero sí que somos muchos y que faltan muchos más por entrar. Nos llegan instrucciones aisladas. Más adelante de donde estamos sentadas se ha armado el relajo con algunas chavas en el balcón de un hotel, abajo gritan ¡Güera! ¡Güera!, chiflan, y una güera en el balcón finge quitarse la ropa. Como eco, por aquí y por allá, la porra UNAM se llama y se responde. El clima es festivo y juguetón. Le gritan a los que van entrando al zócalo (casi una hora después que nosotros) hue-vo-nes, hue-vo-nes! Yo me muevo un poco nerviosa, la adrenalina me quitó el sueño, el frío y el cansancio. No quiero conocer a nadie, no quiero ubicar rostros, sin querer me doy cuenta de que hay dos chavos muy guapos cerca de mí, qué nervios.
Nos va llegando el cansancio. Empieza a caer la luz, la adrenalina se diluye y el cuerpo recuerda que esa noche no durmió nada.
Se acerca el momento. Pasan hombres cargando escaleras de metal, para Spencer y su traductor. Ahí viene Tunick, (con cara de gringo, y el cabello muy corto). Él trae un altavoz y el traductor otro. Dice algo sobre la posición "A" y la multitud dice Aaaaaaaaah, el traductor se muere de la risa, Spencer no entiende. Le preocupa tanta gente relajienta y medio irreverente: "Esto no es una fiesta o un festival, no es una manifestación política, es una obra de arte y para que funcione deben escuchar (por favour, please!), guardar silencio, seguir las instrucciones."
Pero esto es México. Y todo tiene siempre un sabor festivo. No somos sólo peones obedientes, fichas atentas para el tablero. Somos alegres, todo lo hacemos como una fiesta, y somos un desmadre. Tunick dice algo sobre "rellenar la parte de atrás" y la multitud se ríe sin que el artista se de cuenta de que se albureó a sí mismo.
Paciencia. Se acerca el momento. Todavía no, todavía no... "We are racing against the sun", dice Spencer, todo debe ser rápido, con la luz del amanecer, sin sol. Se aclara poco a poco la plancha, la catedral, palacio de gobierno. Spencer nos habla desde lo alto de un balcón, altavoz en mano. "O.K. Take those clothes of". Nos desvestimos apresuradamente, nerviosas. La gente grita Wuuuuuuuuuu!, aplaude, como si estuviéramos en un concierto, y el concierto somos nosotros, todos. Nos anuncian que rompimos el récord de Barcelona. Salimos desnudos hacia la plancha del zócalo, y la multitud aplaude y corea Mé-xi-co Mé-xi-co!.
Estamos ahí en igualdad de circunstancias. Igual de expuestos, igual de vulnerables. Tal vez eso es lo que impide que haya "pasados de lanza". La fragilidad la compartimos todos.
Tomamos, cada uno, nuestro cuadrito de piedra en la plancha del zócalo, pero qué difícil organizar con el altavoz a tantos miles de personas, mexicanos para colmo... mientras llegan las instrucciones por allá atrás empiezan otra vez a armar la ola... muévanse tres pasos hacia atrás, ahora 20 a la derecha, no dejen cuadros vacíos... atrás hay espacios vacíos, muévanse hacia allá... hace frío y todo parece tomar mucho más tiempo del que esperábamos en estar listo para la foto.
Y somos puros cuerpos desprotegidos, en el frío mañanero, temblando un poco, sin cómo esconder la pancita, las pecas, la celulits... imperfectísimos somos (y hermosos). Respiramos profundo. Guardamos silencio para la foto (sin sonrisas, por favour please). Este momento es poético. Qué vulnerables y qué audaces somos, qué expuestos y qué fuertes... y somos un montón (qué bueno).
Sale la foto. Aplaudimos. Aquí viene lo bueno. Posición "B", tendidos de espaldas sobre el suelo frío; no levantarse (por favour please), tenderse por completo, no levantar la cabeza. Todo se aligera con el humor reinante. No vemos los rostros ni los cuerpos pero oímos las voces... alguien imita re-bien el tono y el acento de Tunick y dice Por favour please, Spencer, por favour please, toma ia la maldita fotou! Todo parece durar eternidades y uno ahí tendido en el suelo frío, y alguien dice "le están cambiando el rollo a la cámara", "fueron al Sanborns a comprar pilas"... y todos nos reímos, la breve comunidad de desconocidos que en ese momento nos encontramos cerca... ( es lo que más recuerdo, reír muchísimo una risa medio nerviosa y medio feliz.) Vemos el cielo azul aclarándose y unas palomas volando cerca del asta bandera, la misma voz imitadora de Spencer dice "miren, miren volar el pajarito, miren cómo vuela", y quién sabe por qué, en parte quizás de pura alegría, nos reímos todos otra vez.
Sale la foto. Aplaudimos. Agradecidos por poder levantarnos finalmente del suelo.
La posición "c" es más incómoda y dura más tiempo, o el tiempo parece más largo para los pies adoloridos. Pero el humor en los que están al lado sigue aligerándolo todo...
Nos movemos hacia 20 de noviembre... unos empiezan a corear mientras caminamos: vo-to por vo-to, casilla por casilla, es una buena parodia y entendemos el chiste y nos reímos otra vez... Alguien sale con "Norberto! Rivera! El pueblo se te encuera!, y lo coreamos de buena gana.
Hay gente en los balcones de hoteles, y azoteas, de mirones, algunos con binoculares. La multitud les chifla y les mienta la madre, alguien les grita: ¡Bola de acomplejados! Dos hombres se suben a un poste de luz y hacen la mímica de un stripteasse mientras abajo les corean tuubo, tuubo!
Esta y la siguiente toma son en las que me siento más expuesta. Pero el clima ya no está tan cargado de nervios, mucho frío solamente...
Para la última foto nos requieren sólo a las mujeres. Ya estamos más cansadas, no oímos bien las instrucciones, y vemos cómo la simetría inicial se rompe porque los hombres ya vestidos pueden vernos a lo lejos mientras seguimos desnudas. No es lo mismo una manifestación organizada con pancartas, al grito espontáneo que otras corean, ahí, desnudas en el zócalo capitalino: Ni una muerta más! y: Sí al aborto! Y aunque esto es arte y no una manifestación, para colmo feminista (qué flojera), hay un subtexto innegable de afirmación como mujeres y de rechazo a las violencias que son todavía parte de nuestro mundo.
El clima entre puras mujeres ya no tiene toda la tensión de los momentos anteriores, y más bien nos sentimos hermanas y solidarias, y fuertes... Me nace una especie de amor, de ternura inconmensurable por nuestros cuerpos valientes desprovistos de todas sus máscaras y disfraces cotidianos. No somos la imagen que controlamos y diseñamos todos los días, cuando nos vestimos y nos maquillamos y nos adornamos el cabello... aquí somos sólo quienes somos.
En fin. Me alegro. Sucedió, y yo estuve ahí y fui parte de todo... y más que el asunto histórico, más incluso que la reflexión artística de Tunick, la experiencia tiene para mí un significado íntimo, de afirmación personal: No tener miedo. Porque en el fondo de todas las cosas, lo que me ocurrió este domingo en la mañana, es que fui libre.