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Desnudos los cuerpos, las cicatrices colectivas afloraron

Del patriotismo que se ensanchaba: "Mé-xi-co. Mé-xi-co", a los ecos del Zócalo: "Voto por voto, casilla por casilla", y al alarde de las batallas femeninas: “Sí al aborto”. Los gritos en las inmediaciones del Palacio Nacional sonaron como siempre
Crónica: Y nos desnudamos en el Zócalo
´¡Uno, dos, tres!´: Corrimos y el frío nos erizó la piel

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    Juan Solís
    El Universal
    Ciudad de México
    Lunes 07 de mayo de 2007

    00:11 Acababan de sonar las nueve campanadas en la catedral metropolitana cuando el sudoroso, exhausto y emocionado Spencer Tunick aseguró que se vivía “un gran momento para el arte mexicano. He estado en Europa, pero algo pasa en la Ciudad de México. Es cultural, va a explotar y será grandioso.”

    Levantó su brazo en señal de victoria. Lo había conseguido. Más de 18 mil personas --según cifras de los organizadores-- habían acudido desde temprana hora al Zócalo capitalino para desnudarse y participar en la más grande instalación humana jamás vista en la Muy noble, Muy Leal y --ayer por la madrugada-- Muy encuerada Ciudad de México.

    Elena Cepeda, titular de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal reveló que, según los cálculos del GDF, habían asistido entre 30 y 35 mil personas. El hecho es que faltando diez minutos para las siete de la mañana, la plancha comenzó a poblarse de miles de capitalinos desnudos, que no tardaron en abarrotarla.

    El número de representantes por género no era equitativo. Predominaron los varones (tres cuartas partes del total según los organizadores). De piel dorada y sangre azul la mayoría, a juzgar por las sonoras goyas, que sonaban más nítidas que las instrucciones emitidas por las bocinas y rebotadas en todas las paredes que rodean el Zócalo capitalino. También sonaron los cánticos ya futboleros del Cielito lindo.

    Cuarenta y cinco minutos antes de la cita, la fila formada por los que traían su registro obtenido en una página web, rebasaba el kilómetro de longitud. La serpiente extendía su cuerpo por Palma, iniciando en Madero, doblaba en 16 de septiembre, volvía a torcerse en 5 de febrero y acababa en los Bajos de San Agustín (que así se llamaba hasta el siglo XIX la cuadrita de 5 de febrero, entre Uruguay y El Salvador).

    Otra fila surgía desde el mismo punto con rumbo contrario. Era la formada por aquellas personas que se inscribieron in situ. A la postre fueron dos mil. Hubo algunos que llegaron tarde y ya no pudieron entrar. En protesta hicieron una pequeña instalación sobre una camioneta de la UNAM, una extraña mezcla de la estética de Tunick y los métodos del Mosh.

    En la terraza de un hotel en la calle 5 de mayo, más de un centenar de reporteros vigilaban la plancha aguantando el frío. Al pelotón informativo había tratado de sumarse unas horas antes la vedette Wanda Seux, especialista en desnudos no tan artísticos ni tan masivos, pero igual de disfrutables. Todo fue en vano.

    Quince minutos antes de las seis, los participantes se acomodaban, aún vestidos, sobre el arroyo vehicular de la Plaza. El frío contraía la carne, pero ensanchaba el patriotismo. Mé-xi-co. Mé-xi-co, gritaban.

    Poco antes de las siete, denunciados por la luz de las farolas, los primeros cuerpos desnudos de piel ambarina atravesaron la plancha corriendo hacia el asta, también desnuda de bandera. Lo demás fueron variaciones sobre una misma consigna, cuerpos que al unísono se despojaron de todo, hasta de su desnudez.

    Ya sin ropa, y entre foto y foto, las más profundas cicatrices colectivas se mostraron a flor de piel. “Voto por voto, casilla por casilla”. Ya sin ropa, dueñas de su cuerpo y de su voluntad, las mujeres alardeaban sus victorias. “Sí al aborto”.

    Hubo helicópteros que violaron el inviolable espacio aéreo, hubo mirones en donde sólo tendría que haber participantes, hubo fotografías tomadas por miles de hombres que, celular en mano y ya vestidos, acechaban a las mujeres que aún participaban en una última toma en una de las esquinas de la Plaza.

    Por supuesto que hubo reclamos por parte de las víctimas del acoso, hubo denuncias por el pésimo sonido y por la desorganización que privó sobre todo al final de la instalación. Lo del celular era inevitable, y el mismo Tunick aseguró que era un factor de seguridad para muchos de los participantes.

    No obstante, para Gerardo Estrada, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, el saldo fue positivo. Cepeda se ufanó de que el respeto de los hombres fue absoluto, mientras que Mireya Escalante, representante de Tunick, habló de mujeres “libres y felices”.

    Cerca de las nueve todo había terminado. Vestidos, los participantes desalojaban la plaza por 16 de septiembre. Habían superado todas las expectativas. Otra victoria nacional en mayo. Otra vez, general Zaragoza, las armas mexicanas se habían cubierto de gloria.

    jcm



     

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