00:08 La exigencia de las mujeres de “Ni una muerta más” y “Sí al aborto”, se convirtió en indignación cuando quedamos en condiciones desiguales: los hombres vestidos y nosotras desnudas frente al Palacio Nacional, posando una última foto para Spencer Tunick, que quiso tomar a mujeres acostadas con los ojos cerrados y con la cara volteada hacia la Catedral Metropolitana, pero agradeció a los hombres su participación y les indicó que “podían vestirse”.
La ropa impuso la diferencia que durante más una hora no existió entre hombres y mujeres, las cámaras de los teléfonos comenzaron a dispararse para capturar a mujeres que, como en una vitrina sin cristal, éramos agredidas por las miradas.
Ahí comenzó el descontento y la propuesta femenina de no apoyar más al artista; sin embargo pocas se atrevieron a cruzar solas la plancha del Zócalo para buscar su ropa.
Hasta ahí nos dimos cuenta que esa era “la sorpresa” que había anunciado Tunick, cuando daba las instrucciones a través de un equipo de sonido que fue tan malo que la gente cercana al Palacio Nacional no lo escuchaba.
Atrás habían quedado los gritos de “México, México” a una sola voz; el “Voto por voto, casilla por casilla” que con mucho humor echamos al aire al caminar por la avenida 20 de Noviembre; el “Norberto Rivera, el pueblo se te encuera”; o los aplausos de “Sí pudimos”, los “goyas” y las “olas”.
Había pasado más de una hora desde que Tunick había iniciado la batalla contra el sol a la cuenta de “uno, dos y tres”, ese tiempo donde hombres y mujeres se despojaron de todo para compartir su desnudez que los puso en igualdad de condiciones, espacio en el que las miradas se posaban sin mayor agresión; donde no importaban las “llantitas”, estrías, cicatrices, amputaciones o la participación desde una silla de ruedas.
Tiempo donde lo único que lastimaba era el viento y el pavimento de la plancha del zócalo, que enfrió las espaldas y dejó marcas en las rodillas y en los muslos. Pero no causaron dolor las miradas ni los roces con el cuerpo del vecino; nadie miró mal a una pareja de mujeres que se abrazaban para contrarrestar el frío, todos se concretaban en vivir el momento, a ser parte de la obra.
El inicio fue más mágico que el final. Privaba un placer natural sin pudores cuando Tunick dijo: “Todos a la plancha” y en el arroyo vehicular sólo quedaron bolsas de plástico con ropa, pantalones y chamarras amontonadas en el pavimento, a resguardo del staff del fotógrafo estadounidense que fue rebasado por los ciudadanos que llegaron desde Nuevo León, San Luis Potosí, Hidalgo y muchas otros estados del país.
Al final quedó el mal sabor de boca en las mujeres que tuvimos que vestirnos entre hombres que sacaban fotos con su teléfono, aunque no faltó el aplauso solidario de muchos de ellos que nos hicieron menos duro el retorno al mundo real.